Todo lo que Dalgliesh sabía de la infancia de Emma había sido dicho en estos fragmentos inconexos de conversación en el que cada uno exploraba con pasos vacilantes el interior del pasado del otro. Al jubilarse, el profesor Lavenham había rechazado Oxford en favor de Londres y vivía en un piso grande de uno de los edificios eduardianos de Marylebone, dignificado, como la mayoría, con la denominación de «palacete». El edificio no estaba muy lejos de la estación de Paddington, con su línea regular de tren a Oxford, donde el profesor era un frecuente -y, sospechaba su hija, a veces demasiado frecuente- comensal en la mesa de los profesores. Un ex sirviente de la universidad y su esposa, que se habían mudado a Camden Town a vivir con una hija enviudada, acudían a diario a hacer la limpieza y volvían más tarde a preparar la cena del profesor. Cuando se casó, él tenía más de cuarenta años y, aunque ahora tenía sólo setenta, era perfectamente capaz de cuidar de sí mismo, al menos en las cosas esenciales. Sin embargo, los Sawyer se habían convencido a sí mismos, con cierta connivencia por parte del profesor, de que estaban ocupándose con devoción de un distinguido caballero necesitado de ayuda. Sólo el adjetivo «distinguido» era adecuado. Los antiguos colegas que visitaban los palacetes Calverton opinaban que a Henry Lavenham le había ido muy bien.
Dalgliesh y Emma cogieron un taxi para ir a los Palacetes y llegaron a la hora convenida con el profesor, las diez y media. El edificio había sido repintado hacía poco, el enladrillado era de un desafortunado color que, según Dalgliesh, recordaba al del filete de ternera. El espacioso ascensor, revestido de espejos y con un fuerte olor a cera de muebles, los llevó a la tercera planta.
La puerta del número 27 se abrió tan puntualmente que Dalgliesh sospechó que su anfitrión había estado vigilando la llegada del taxi desde la ventana. El hombre que tenía enfrente era tan alto como él, con un rostro hermoso de huesos prominentes bajo una mata de pelo rebelde de color gris acero. Se ayudaba de un bastón, pero sus hombros estaban sólo ligeramente encorvados, y los ojos oscuros, el único parecido con su hija, habían perdido su brillo pero observaban a Dalgliesh con una mirada tan penetrante que desconcertaba. Iba en zapatillas y vestido de manera informal, pero su aspecto era inmaculado.
– Pasad, pasad -dijo con una impaciencia que daba a entender que se estaban demorando en la puerta.
Fueron conducidos a una gran estancia delantera con una ventana en saledizo. Evidentemente era una biblioteca; de hecho, dado que cada pared era un mosaico de lomos de libros y que en el escritorio y prácticamente en todas las demás superficies no había más que montones de libros en rústica y revistas, no quedaba sitio para otra actividad que no fuera leer. Frente al escritorio, una silla de respaldo alto había sido liberada de sus papeles, que ahora se amontonaban debajo, lo que, a juicio de Dalgliesh, le daba una singularidad desnuda y en cierto modo de mal agüero.
Tras retirar su silla del escritorio y tomar asiento, el profesor Lavenham indicó a Dalgliesh que hiciera lo propio con la silla vacía. Los ojos oscuros, bajo unas cejas ahora grises pero curiosamente con la misma forma que las de Emma, miraban fijamente a Dalgliesh por encima de unas gafas de media luna. Emma se acercó a la ventana. Dalgliesh pensó que ella se estaba disponiendo a pasarlo bien. Después de todo, su padre no podía prohibir el matrimonio. Emma deseaba su aprobación, pero no tenía intención de dejarse influir por el consentimiento o el rechazo. De todos modos, habían hecho bien en ir. Dalgliesh tenía la incómoda sensación de que debía haber ido antes. El comienzo no era propicio.
– Comandante Dalgliesh, supongo que digo bien el rango.
– Sí, gracias.
– Creo que esto es lo que me dijo Emma. He hecho conjeturas sobre por qué está haciendo lo que, para un hombre ocupado como usted, debe de ser una visita a una hora un tanto inoportuna. Me siento obligado a decirle que no figura en mi lista de buenos partidos. De todos modos, estoy dispuesto a incluir su nombre si sus respuestas son las que requiere un padre afectuoso.
Así que estaban en deuda con Oscar Wilde por el diálogo de este interrogatorio personal. Dalgliesh se sintió agradecido; el profesor muy bien pudo recuperar de su obviamente aún buena memoria algún pasaje abstruso de una obra dramática o narrativa, seguramente en latín. Pensó que pese a las dificultades podría aguantar el tipo, por así decirlo. No dijo nada.
– Creo que es lógico -prosiguió el profesor Lavenham- indagar sobre si tiene ingresos suficientes para procurar a mi hija el nivel de vida al que está acostumbrada. Emma se ha mantenido a sí misma desde que se sacó el doctorado, al margen de ocasionales e irregulares subvenciones generosas por mi parte, seguramente destinadas a compensar culpas anteriores como padre. ¿Debo entender que tiene suficiente dinero para que los dos vivan cómodamente?
– Cuento con mi sueldo como comandante de la Policía Metropolitana, y mi tía me dejó una fortuna considerable.
– ¿En fincas o inversiones?
– Inversiones.
– Esto me satisface. Entre los impuestos pagados por uno durante su vida y los pagados tras su muerte, las fincas han dejado de ser un negocio y un placer. Dan a uno una posición y le impiden mantenerla. Es todo lo que puede decirse sobre los bienes raíces. ¿Tiene casa propia?
– Tengo un piso con vistas al Támesis en Queenhithe con un usufructo de más de cien años. No poseo ninguna casa, ni siquiera en el lado poco elegante de Belgrave Square.
– Entonces le aconsejo que adquiera una. No creo que una chica de carácter sencillo y nada mimada como Emma pueda residir en un piso de Queenhithe con vistas al Támesis, aun con un usufructo de cien años.
– Me encanta ese piso, papá -dijo Emma. El comentario fue pasado por alto.
Con toda evidencia, el profesor había llegado a la conclusión que el esfuerzo por seguir tomando el pelo no guardaba proporción con el placer que le procuraba.
– Bien -dijo-, me parece satisfactorio. Y ahora creo que la costumbre es ofreceros a los dos una copa. Personalmente no me gusta el champán, y el vino blanco me sienta mal, pero en la mesa de la cocina hay una botella de borgoña. Las diez cuarenta de la mañana no es precisamente una buena hora para empezar a beber, por lo que sugiero que os la llevéis con vosotros. No creo que vayáis a quedaros mucho rato. O si no -añadió esperanzado-, podríais tomar café. La señora Sawyer me dijo que lo había dejado todo preparado.
– Preferimos el vino, papá -dijo Emma con firmeza.
– En tal caso, encargaos de serviros vosotros mismos.
Fueron a la cocina. Habría sido descortés cerrar la puerta, así que ambos se las arreglaron para reprimir el impulso de romper a reír. El vino era una botella de Clos de Bèze.
– Un vino excelente -dijo Dalgliesh.
– Porque le has caído bien. Me pregunto si, por si se daba el caso contrario, había una botella de peleón esperando en el cajón de su escritorio. De él no me extrañaría.
Regresaron a la biblioteca, Dalgliesh llevando la botella.
– Gracias, señor. La guardaremos para una ocasión especial, que esperamos sea cuando pueda venir a vernos.
– Quizá, quizá. No suelo cenar fuera, sólo en el college. Tal vez cuando mejore el tiempo. A los Sawyer no les gusta que me aventure por ahí en las noches frías.
– Esperamos que vengas a la boda, papá -dijo Emma-. Será en primavera, seguramente mayo, pero te lo haremos saber en cuanto sepamos la fecha.
– Pues claro que iré, si me encuentro bien. Considero que es mi deber. Según el Libro de la Oración Común, que no es mi lectura habitual, parece que tengo un papel no verbal y poco definido en el proceso. Este fue sin duda el caso de mi suegro en mi boda, también en la capilla del college. Le metía prisa por el pasillo a tu pobre madre, como temeroso de que yo cambiara de opinión si me hacían esperar. Si hace falta mi participación espero hacerlo mejor, aunque quizá rechazarás la idea de una hija siendo formalmente entregada a la posesión de otro. Supongo que está deseando retomar sus asuntos, comandante. La señora Sawyer dijo que esta mañana quizá me traería algunas cosas que necesito. Lamentará no haberos visto.