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En la puerta, Emma se acercó a su padre y le besó en ambas mejillas. De repente, él la agarró con fuerza, y Dalgliesh advirtió que se le ponían blancos los nudillos. El viejo la apretó con tal fuerza que parecía que necesitaba un apoyo. En los segundos transcurridos mientras estaban abrazados, sonó el móvil de Dalgliesh. En ninguna otra ocasión anterior había sido más inoportuno su inconfundible sonido.

Relajando su abrazo a Emma, el padre dijo de mal talante:

– Aborrezco especialmente los móviles. ¿No podía haber apagado el chisme?

– Este no, señor. Disculpe.

Se dirigió a la cocina.

– Mejor que cierre la puerta -dijo el profesor a voces-. Como seguramente ya habrá comprobado, aún tengo el oído muy fino.

Geoffrey Harkness, inspector ayudante de la Policía Metropolitana, era experto en transmitir información de manera concisa y en términos concebidos para que no suscitaran preguntas y discusiones. Ahora, a falta de seis meses para su jubilación, aplicaba estratagemas bien comprobadas para asegurar que su vida profesional se acercara discretamente a su celebración final sin mayores trastornos, bochornos sociales ni desastres. Dalgliesh sabía que Harkness se había procurado previsoramente un empleo de jubilado como asesor de seguridad en una importante empresa internacional y con un salario que triplicaba el actual. Mejor para él. Entre Harkness y Dalgliesh había respeto -a veces a regañadientes por parte del primero-, pero no amistad. Ahora la voz del primero sonaba como de costumbre: brusca, impaciente, pero con la urgencia controlada.

– Un caso para la Brigada, Adam. La dirección es Mansión Cheverell, en Dorset, a unos quince kilómetros al oeste de Poole. Un cirujano, George Chandler-Powell, dirige algo a medio camino entre una clínica y una casa de reposo. En todo caso, opera a pacientes ricos que quieren cirugía estética. Uno de ellos ha muerto, Rhoda Gradwyn, al parecer estrangulada.

Dalgliesh hizo la pregunta obvia. No era la primera vez que la formulaba, y nunca era bien recibida.

– ¿Por qué la Brigada? ¿No puede encargarse la policía local?

– Podría encargarse, pero nos han pedido que fueras tú. No me preguntes por qué; la orden ha venido del Número Diez, no de aquí. Mira, Adam, ya sabes cómo están ahora las cosas entre nosotros y Downing Street. No es momento de empezar a poner pegas. La Brigada se creó para investigar casos especialmente delicados, y el Número Diez opina que éste se encuadra en dicha categoría. El jefe de policía, Raymond Whitestaff, creo que le conoces, está conforme, y proporcionará los agentes de la escena del crimen (SOCO) y el fotógrafo, si a ti te parece bien. Así ahorraremos tiempo y dinero. No se justifica un helicóptero, pero desde luego es urgente.

– Siempre lo es. ¿Y qué hay del patólogo? Me gustaría que fuera Kynaston.

– Está ocupado en un caso, pero Edith Glenister se encuentra disponible. La tuviste en el asesinato de Combe Island, ¿te acuerdas?

– Sería difícil que no me acordara. Supongo que la policía local podrá facilitarnos un centro de operaciones y cierto apoyo.

– Tienen una casita desocupada a unos cien metros de la Mansión. Había sido la casa del policía del pueblo, pero cuando se jubiló no le buscaron sustituto, y ahora está vacía y esperando que la pongan a la venta. Carretera abajo hay una pensión; supongo que Miskin y Benton-Smith estarán cómodos ahí. En la escena del crimen te espera el inspector jefe Keith Whetstone, de la policía local. No van a tocar el cadáver hasta que lleguéis tú y la doctora Glenister. ¿Quieres que haga algo más?

– No -dijo Dalgliesh-. Yo me pondré en contacto con la inspectora Miskin y el sargento Benton-Smith. Pero ahorraremos tiempo si alguien puede hablar con mi secretaria. El lunes hay reuniones a las que no podré asistir, y será mejor cancelar las del martes. Ya llamaré después.

– De acuerdo -dijo Harkness-, me ocuparé de ello. Buena suerte -añadió antes de colgar.

Dalgliesh regresó a la biblioteca.

– Espero que no sean malas noticias -dijo el profesor Lavenham-. ¿Sus padres están bien?

– Los dos están muertos, señor. Era una llamada oficial. Me temo que debo irme enseguida.

– Entonces no debemos retenerle.

El anciano los acompañó a la puerta con lo que parecía una prisa innecesaria. Dalgliesh temía que el profesor hiciera el comentario de que perder un padre podía considerarse una desgracia, pero perder los dos parecía indicar más bien descuido, pero era evidente que había observaciones que incluso su futuro suegro eludía.

Caminaron deprisa hasta el coche. Dalgliesh sabía que Emma, aunque pudiera tener sus propios planes, no esperaba que él se desviara de su camino para dejarla en algún sitio. Dalgliesh tenía que llegar a la oficina sin perder un minuto. No le hacía falta expresar su decepción; Emma comprendió tanto su intensidad como su inevitabilidad. Mientras caminaban juntos, él le preguntó qué pensaba hacer los próximos dos días. ¿Se quedaría en Londres o volvería a Cambridge?

– Clara y Annie han dicho que, si nos fallaban los planes, esperarían encantadas que pasara con ellas el fin de semana. Las llamaré.

Clara era la mejor amiga de Emma, y Dalgliesh comprendía lo que Emma valoraba en ella: sinceridad, inteligencia y un férreo sentido común. Ahora él y Clara se llevaban bien, pero al principio de su relación con Emma, las cosas no habían sido fáciles. Clara había hecho patente que, a su juicio, él era demasiado viejo, estaba demasiado absorto en su trabajo y su poesía para establecer un compromiso serio con una mujer, y simplemente no era lo bastante bueno para Emma. Dalgliesh admitía la última acusación, una autoincriminación que no era nada agradable oír en boca de otro, sobre todo de Clara. Emma no debía perder nada a causa de su amor por él.

Clara y Emma se conocían de la escuela, habían ido al mismo college de Cambridge el mismo año, y aunque después siguieron rumbos muy distintos, nunca dejaron de estar en contacto. A primera vista se trataba de una amistad sorprendente, comúnmente explicada por la atracción de los contrarios. Emma, heterosexual con su inquietante y perturbadora belleza que Dalgliesh sabía que podía ser más una carga que la envidiada y pura hermosura de la imaginación popular; Clara, bajita, con una cara redonda y alegre, ojos brillantes tras unas grandes gafas y con los andares de un labriego. El hecho de que atrajera a los hombres era para Dalgliesh otro ejemplo del misterio del atractivo sexual. A veces se había preguntado si la primera reacción de Clara ante él había estado motivada por los celos o el pesar. Ambas cosas parecían improbables. Clara era a todas luces feliz con su pareja, la dulce y delicada Annie, de quien Dalgliesh sospechaba que era más dura de lo que parecía. Fue Annie quien había convertido su piso de Putney en un lugar en el que nadie entraba sin -en palabras de Jane Austen- la optimista expectativa de la felicidad. Tras sacar un sobresaliente en matemáticas, Clara había comenzado a trabajar en la City, donde era una gestora de fondos muy próspera. Sus colegas iban y venían, pero Clara firmaba un contrato tras otro. Emma le había dicho que Clara tenía pensado dejar el trabajo al cabo de tres años, cuando ella y Annie utilizarían el considerable capital acumulado para empezar una nueva vida. Entretanto, buena parte de lo que ganaba lo gastaba en causas buenas que despertaban la compasión de Annie.