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– En esa época, Robin Boyton era amigo suyo, ¿verdad? ¿Recuerda qué hizo él el 7 de julio?

– Recuerdo que me contó lo que hizo. Se encontraba en el centro de Londres. Apareció en el piso de Hampstead donde vivía yo entonces justo antes de las once de la noche y me tuvo ahí hasta las tantas contándome cómo se había escapado por los pelos y su larga caminata hasta Hampstead. Había estado en Tottenham Court Road, cerca del autobús donde explotó aquella bomba. Se le pegó una viejecita muy conmocionada, y estuvo un rato con ella tranquilizándola. Ella le dijo que vivía en Stoke Cheverell y que había ido a Londres el día anterior a ver a una amiga e ir de compras. Tenía previsto regresar al día siguiente. Robin quería quitársela de encima y consiguió parar un solitario taxi frente a Heal's, le dio veinte libras para la carrera, y ella se marchó ya bastante calmada. Típico de Robin. Dijo que mejor soltar veinte pavos que tener que cargar con la vieja el resto del día.

– ¿Le dijo cómo se llamaba?

– No. No sé el nombre de la señora ni la dirección de la amiga… ni, ya puestos, la matrícula del taxi. No fue nada del otro mundo, pero sucedió.

– ¿Es todo lo que recuerda, señor Coxon?

– Es todo lo que él me contó. Hay otro detalle. Me parece que sí mencionó que ella era una criada jubilada que ayudaba a sus primos a cuidar a un pariente anciano que les habían endilgado. Lamento no ser de más ayuda.

Dalgliesh le dio las gracias y cerró el móvil. Si lo que Coxon le había dicho era exacto y si la mujer era Elizabeth Barnes, de ninguna manera podía haber firmado el testamento el 7 de julio de 2005. Pero ¿era Elizabeth Barnes? Podía haber sido cualquier mujer del pueblo que trabajara en la Casa de Piedra. Boyton les habría podido ayudar a localizarla. Pero estaba muerto.

Ya eran más de las tres. Dalgliesh seguía despierto e inquieto. El recuerdo que tenía Coxon del 7 de julio era de oídas, y ahora que Boyton y Elizabeth Barnes estaban muertos, ¿qué posibilidad había de localizar a la amiga con la que ella había estado o el taxi que la había llevado? El conjunto de su teoría sobre la falsificación se basaba en datos incidentales. No le gustaba nada efectuar una detención si no iba acompañada de una acusación de asesinato. Si la investigación fracasaba, el acusado quedaba manchado por la sospecha, y el agente adquiría fama de emprender acciones imprudentes y prematuras. ¿Iba a ser uno de esos casos tan poco gratificantes, que por cierto no escaseaban, en que se sabía la identidad de un asesino pero no había pruebas suficientes para practicar una detención?

Aceptando al fin que no tenía esperanzas de dormir, se levantó de la cama, se puso los pantalones y un jersey grueso y se lio una bufanda al cuello. Quizás un paseo rápido y vigoroso por el camino lo cansaría lo suficiente para que valiera la pena volver a acostarse.

A medianoche había caído un chaparrón breve pero fuerte, y el aire olía a limpio y fresco, pero no hacía mucho frío. Andaba a zancadas bajo un cielo cubierto de estrellas, sin otro sonido que el de sus pasos. Luego notó, como un presentimiento, que se levantaban ráfagas de aire. La noche cobraba vida mientras el viento silbaba a través de los setos pelados y hacía crujir las ramas altas de los árboles, sólo para amainar tras el fugaz tumulto tan rápidamente como se había desencadenado. Y de pronto, al aproximarse a la Mansión, vio llamas. ¿Quién estaría haciendo una hoguera a las tres de la madrugada? Se quemaba algo en el círculo de piedras. Sacó el móvil del bolsillo, llamó a Kate y Benton, y, con el corazón aporreándole el pecho, echó a correr hacia el fuego.

4

No puso el despertador a las dos y media, temerosa de que, por deprisa que acallara su ruido, lo oyera alguien. Pero no necesitaba ningún despertador. Durante años había sido capaz de despertarse a una hora determinada, igual que podía fingir sueño de forma tan convincente que su respiración se volvía poco profunda y ella misma apenas sabía si estaba despierta o dormida. Las dos y media era una buena hora. Medianoche era la hora de las brujas, la hora poderosa del misterio y las ceremonias secretas. Sin embargo, el mundo ya dormía a medianoche. Y si el señor Chandler-Powell estaba inquieto, quizá saldría a dar un paseo a las doce, pero no andaría por ahí a las dos y media, ni tampoco los más madrugadores. Mary Keyte fue quemada a las tres de la tarde del 20 de diciembre, pero la tarde estaba descartada para su acto de expiación vicaria, la ceremonia final de identificación que silenciaría para siempre la atribulada voz de Mary Keyte y le daría paz. Las tres de la madrugada sería una buena hora. Y Mary Keyte lo entendería. Lo importante era rendirle el último homenaje, volver a representar lo más fielmente que se atreviera aquellos terribles minutos finales. El 20 de diciembre era tanto el día idóneo como acaso su última oportunidad. Podría ser muy bien que la señora Rayner la pasara a buscar mañana. Estaba lista para irse, cansada de que le dieran órdenes como si fuera la persona menos importante de la Mansión cuando, ojalá lo supieran, era la más poderosa. No obstante, pronto habría terminado toda servidumbre. Sería rica y pagaría a gente para que cuidara de ella. Pero primero estaba esta despedida final, la última vez que hablaría con Mary Keyte.

Menos mal que había hecho los planes con antelación. Tras la muerte de Robin Boyton, la policía había precintado las dos casas. Sería arriesgado siquiera visitarlas después de anochecer, e imposible abandonar en cualquier momento la Mansión sin que la viera el equipo de seguridad. Pero había actuado tan pronto como la señorita Cresset le dijo que llegaba un huésped al Chalet Rosa el mismo día que la señorita Gradwyn había ingresado para ser operada. Su trabajo consistía en fregar los suelos o pasar la aspiradora, quitar el polvo y abrillantar muebles, y hacer la cama antes de que llegara la persona en cuestión. Todo había cuadrado. Todo había salido según lo planeado. Incluso tenía el cesto de mimbre con ruedas para llevar la ropa limpia y recoger las sábanas y toallas sucias, el jabón para la ducha y el lavabo y la bolsa de plástico con los productos de limpieza. Podría utilizar el cesto para acarrear dos de las bolsas de astillas desde el cobertizo del Chalet Rosa, una cuerda para tender que había ahí tirada, y dos botes de parafina envueltos con periódicos viejos que llevaba siempre para aplicar la parafina sobre los suelos recién fregados. La parafina, aunque estuviera bien guardada, tenía un olor fuerte. Pero ¿en qué lugar de la Mansión podía esconderla? Decidió meter los botes en dos bolsas de plástico y, después de oscurecer, esconderlos bajo la hierba y las hojas de la zanja que había junto al seto. La zanja era lo bastante profunda para impedir que los botes se vieran, y el plástico los mantendría secos. Podía guardar la leña y la cuerda en su maleta grande, debajo de la cama. Allí nadie las encontraría. Ella era la responsable de limpiar su habitación y hacer su cama, y en la Mansión todos eran muy puntillosos con respecto a la privacidad.

Cuando el reloj marcó las dos cuarenta, se preparó para salir. Se puso el abrigo más oscuro, que tenía una caja grande de cerillas en el bolsillo, y se envolvió la cabeza con una bufanda. Tras abrir la puerta despacio, se quedó de pie un instante sin atreverse apenas a respirar. La casa estaba en silencio. Ahora que ya no había peligro de que ningún miembro del equipo de seguridad patrullara de noche, podía moverse sin miedo de que ojos y oídos vigilantes estuvieran alerta. Sólo los Bostock dormían en la parte central de la Mansión, y no tenía por qué pasar frente a su puerta. Con las bolsas de astillas y la cuerda de tender enrollada alrededor del hombro, se desplazó en silencio, con pasos cuidadosos, por el pasillo, y luego por la escalera lateral hasta la planta baja, hacia la puerta oeste. Como antes, tuvo que ponerse de puntillas para descorrer el cerrojo. Se tomó su tiempo, procurando que ningún chirrido metálico alterara el silencio. Luego hizo girar la llave con cuidado, salió a las tinieblas nocturnas y cerró la puerta a su espalda.