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»Esto es todo lo que tengo que decir, aparte de dejar claro que siempre actué completamente sola. No se lo dije a nadie, no consulté con nadie, no pedí a nadie ayuda, no involucré a nadie más ni en las acciones ni en las posteriores mentiras. Moriré sin arrepentimiento ni miedo. Dejaré esta cinta donde esté segura de que será descubierta. Sharon contará su historia, y usted ya sospechaba la verdad. Espero que con ella todo vaya bien. En cuanto a mí, no tengo nada que temer ni esperar.»Dalgliesh apagó la grabadora. Los tres se echaron hacia atrás, y Kate reparó en que ella misma estaba respirando profundamente, como si estuviera recuperándose de una dura prueba. Entonces, sin decir nada, Dalgliesh llevó la cafetera a la mesa, y Benton la cogió, llenó las tres tazas y pasó a los demás la leche y el azúcar.

– Teniendo en cuenta lo que me contó Jeremy Coxon anoche -dijo Dalgliesh-, ¿en qué grado damos credibilidad a esta confesión?

Tras pensarlo unos instantes, fue Kate quien respondió:

– Sabemos que ella mató a la señorita Gradwyn, hay un hecho que lo demuestra por sí solo. No dijimos a nadie de la Mansión que teníamos pruebas de que los guantes de látex habían sido cortados en trozos y arrojados al inodoro. Y esta muerte no fue un homicidio involuntario. Si sólo quiere asustar a la víctima, uno no va con guantes. Luego está la agresión a Sharon. Eso no fue una simulación. Tenía la intención de matarla.

– ¿Seguro? -dijo Dalgliesh-. Tengo mis dudas. Mató a Rhoda Gradwyn y a Robin Boyton y nos ha explicado los motivos. La cuestión es si el juez y el jurado, caso de haberlo, lo creerán.

– ¿Importan los motivos ahora, señor? -dijo Benton-. Quiero decir que importarían si el caso llegara ante un tribunal. Los jurados quieren un motivo, nosotros también. Pero usted siempre ha dicho que las pruebas son las evidencias físicas, los datos concretos, no los motivos. Los motivos pueden conservar siempre un halo de misterio. No podemos leer la mente de los demás. Candace Westhall nos ha abierto la suya. Puede parecer insuficiente, pero un motivo para asesinar siempre lo es. No entiendo por qué hemos de impugnar lo que dice.

– No estoy proponiendo esto, Benton, al menos no de manera oficial. Ella ha hecho lo que en esencia es una confesión de artículo mortis, creíble, respaldada por pruebas. Pero me cuesta creerla. El caso no ha sido precisamente un triunfo para nosotros. Ahora ha terminado, o habrá terminado después de las pesquisas judiciales. Se me ocurren varias cosas raras sobre su descripción de la muerte de Boyton. Fijémonos, para empezar, en esa parte de la cinta.

Benton no pudo resistir la tentación de interrumpir.

– ¿Por qué necesitaba volver a contarlo? Ya conocíamos su declaración acerca de las sospechas de Boyton y su decisión de seguirle el juego.

– Es como si necesitara grabarlo en la cinta -dijo Kate-. Además dedica más tiempo a describir cómo murió Boyton que al asesinato de Rhoda Gradwyn. ¿Está intentando desviar la atención de algo mucho más perjudicial que la ridícula sospecha de Boyton sobre el congelador?

– Creo que sí -dijo Dalgliesh-. Ella había decidido que nadie debía sospechar una falsificación. Por eso para ella era vital que se encontrara la cinta. Si la dejaba en el coche o en un montón de ropa en la playa, había riesgo de que se perdiera. De modo que se muere con la cinta apretada en el puño.

Benton miró a Dalgliesh.

– ¿Va usted a impugnar esta cinta, señor?

– ¿Para qué, Benton? Podemos tener nuestras sospechas, nuestras teorías sobre los motivos, que pueden ser razonables, pero todo son datos circunstanciales y no podemos demostrar nada. No podemos interrogar ni acusar a los muertos. Esta necesidad de conocer la verdad quizá sea una señal de arrogancia.

– Hace falta valor para suicidarse con una mentira en los labios -dijo Benton-, pero tal vez hablo influido por mi formación religiosa. Suele pasar en los momentos más inoportunos.

– Mañana tengo la cita con Philip Kershaw -dijo Dalgliesh-. Oficialmente, con la cinta del suicidio, la investigación ha acabado. Mañana por la tarde ya podréis marcharos.

Y quizá mañana por la tarde la investigación habrá terminado para mí, pensó. Esta podría ser muy bien la última. Lamentaba que no hubiera concluido de otra manera, pero al menos aún cabía la esperanza de terminar conociendo tanta verdad como cualquiera pudiera pensar, aparte de Candace Westhall.

7

El viernes al mediodía, Benton y Kate ya se habían despedido. George Chandler-Powell había reunido a toda la gente en la biblioteca, y todos se habían estrechado las manos y habían murmurado su adiós o lo habían expresado claramente con, al parecer de Kate, diversos grados de sinceridad. Ella sabía, sin sentir rencor por ello, que el ambiente de la Mansión se notaría más limpio una vez ellos se hubieran ido. Quizás esta despedida colectiva había sido organizada por Chandler-Powell para mostrar una cortesía necesaria con el mínimo de alboroto.

Habían tenido una despedida más afectuosa en la Casa de la Glicina, donde los Shepherd los habían tratado como si fueran huéspedes habituales y queridos. En todas las investigaciones había lugares o personas que se grababan felizmente en el recuerdo, y para Kate los Shepherd y la Casa de la Glicina entrarían en esa categoría.

Kate sabía que Dalgliesh estaría ocupado parte de la mañana, pues debía entrevistarse con el funcionario del juez de instrucción, despedirse del jefe de la policía y expresarle su gratitud por la ayuda y la cooperación que su fuerza había brindado, en especial el agente Warren. Luego él pensaba ir a Bournemouth a entrevistarse con Philip Kershaw.

Ya se había despedido formalmente del señor Chandler-Powell y del pequeño grupo de la Mansión, pero regresaría a la Vieja Casa de la Policía a recoger su equipaje. Kate le pidió a Benton que se detuviera y esperara en el coche mientras ella verificaba que la policía de Dorset había retirado todo su material.

Sabía que no hacía falta mirar en la cocina para comprobar si estaba limpia y, una vez arriba, vio que la cama estaba deshecha y las sábanas y mantas pulcramente dobladas. Durante los años en que había trabajado con Dalgliesh, ella siempre había experimentado esta punzada de pesar nostálgico cuando un caso se acababa y el lugar en el que se habían reunido, se habían sentado y habían hablado al final del día, por corta que fuera la estancia, quedaba finalmente vacío.

La bolsa de viaje de Dalgliesh estaba abajo, lista, y ella supo que el kit estaría con él en el coche. Lo único que quedaba por guardar era el ordenador, y, llevada por un impulso, Kate tecleó su contraseña. En la pantalla apareció un e-mail.

Querida Kate.

Un e-mail es una manera inadecuada para transmitir algo importante, pero quiero estar seguro de que te llega y, si lo rechazas, será menos importante que una carta.

Durante los últimos seis meses he estado viviendo como un monje para demostrarme algo a mí mismo y ahora sé que tú tenías razón. La vida es demasiado valiosa y demasiado corta para perder el tiempo con personas que no te importan, y también demasiado valiosa para renunciar al amor. Hay dos cosas que quiero decir y que no dije cuando te fuiste porque habrían parecido excusas. Supongo que eso es lo que son, pero necesito que lo sepas. La chica con la que me viste fue la primera y la última desde que empezamos a ser amantes. Sabes que nunca te miento.

En un monasterio, las camas son muy duras y solitarias, y la comida es horrorosa.

Con todo mi cariño,

PIERS

Se sentó un momento en silencio, que seguramente duró más de lo que pensaba porque fue interrumpido por el claxon del coche de Benton. Pero no necesitaba pararse más de un segundo. Sonriendo, escribió su respuesta.

Mensaje recibido y comprendido. Aquí el caso ha terminado, aunque sin final feliz. Estaré de vuelta en Wapping a las siete. ¿Por qué no te despides del abad y vienes a casa?