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Dalgliesh apagó el móvil más tranquilo. Ahora necesitaba encontrar un sitio donde pudiera estar un rato a solas y en paz.

9

Condujo hacia el oeste desde Bournemouth hasta que, por la carretera de la costa, encontró un lugar donde pudo aparcar el coche y contemplar el mar frente a Poole Harbour. Durante la última semana, había estado entregado en cuerpo y alma a las muertes de Rhoda Gradwyn y Robin Boyton, pero ahora debía encarar su futuro. Tenía ante él varias opciones, la mayoría interesantes o exigentes, pero hasta el momento no había pensado mucho en ellas. Sí era seguro algo trascendentaclass="underline" su boda con Emma, y sobre esto no cabía ninguna duda, nada salvo la certeza de la dicha.

Al menos sabía la verdad acerca de esas dos muertes. Quizá Philip Kershaw tenía razón. Había cierta arrogancia en querer saber siempre la verdad, en especial la verdad sobre móviles humanos, el misterioso funcionamiento de la mente de otro. Estaba convencido de que Candace Westhall jamás tuvo intención de matar a Sharon. Seguramente animó a la chica en su fantasía, quizá cuando estaban solas y Sharon la ayudaba con los libros. De todos modos, lo que sí quiso y planeó Candace fue un medio seguro de convencer al mundo de que ella y sólo ella había matado a Gradwyn y Boyton. Dada su confesión, el veredicto del juez era inevitable. El caso quedaría cerrado, y ahí terminal un sus responsabilidades. No había nada más que pudiera, o quisiera, hacer.

Como pasaba con todas las investigaciones, ésta le dejaría recuerdos, personas que, sin un especial deseo por parte de él, se instalarían como presencias silenciosas en su mente y sus pensamientos durante años, pero que podían cobrar vida gracias a un lugar, la cara de un desconocido, una voz. Por lo general, no quería revivir el pasado, pero estas breves apariciones le despertaban la curiosidad por saber el motivo de que determinadas personas estuvieran alojadas en su memoria y qué había sido de ellas. Rara vez eran la parte más importante de las investigaciones, y ahora creía saber ya qué personas de la semana anterior permanecerían en su recuerdo. El padre Curtis y su prole de niños rubios, Stephen Collinsby y Lettie Frensham. En los últimos años, ¿cuántas vidas habían afectado fugazmente la suya, a menudo en el horror y la tragedia, el terror y la angustia? Sin saberlo, ellas habían inspirado algunos de sus mejores poemas. ¿Qué inspiración hallaría en la burocracia o los privilegios del cargo?

Pero ya era hora de regresar a la Vieja Casa de la Policía, recoger sus cosas y ponerse en camino. Se había despedido de todos los de la Mansión y había llamado a la Casa de la Glicina para agradecer a los Shepherd la hospitalidad mostrada a su equipo. Ahora sólo había una persona a la que deseaba ver.

Llegó a la casa y abrió la puerta. El fuego había sido encendido de nuevo, pero la estancia se hallaba a oscuras salvo por una lámpara de una mesita situada junto al sillón de la chimenea. Emma se puso en pie y se le acercó, su rostro y el oscuro pelo estaban bruñidos por la luz de la lumbre.

– ¿Te has enterado? -dijo ella-. El inspector Howard ha practicado una detención. Ya no tenemos por qué imaginárnoslo por ahí, quizás haciéndolo de nuevo. Y Annie está mejorando.

– Andy Howard me ha llamado -dijo Dalgliesh-. Es una noticia fantástica, cariño, sobre todo lo de Annie.

– Me he encontrado con Benton y Kate en Wareham antes de que salieran para Londres -dijo Emma acudiendo al abrazo de él-. Pensaba que igual te gustaría volver a casa acompañado.

QUINTA PARTE

Primavera
Dorset, Cambridge

1

El primer día oficial de primavera, George Chandler-Powell y Helena Cressett estaban sentados uno al lado del otro ante el escritorio de la oficina. Durante tres horas habían estudiado y analizado una serie de cifras, inventarios y planos de arquitectos y ahora, como en virtud de un acuerdo tácito, estiraron ambos la mano para apagar el ordenador.

Reclinándose en la silla, Chandler-Powell dijo:

– Así que desde el punto de vista económico es posible. Desde luego, esto depende de que yo esté bien de salud e incremente la lista de pacientes privados en Saint Ángela. Los ingresos del restaurante no mantendrán siquiera el jardín, al principio desde luego no.

Helena estaba doblando y guardando los planos.

– Hemos sido prudentes al calcular los ingresos de Saint Ángela. Incluso con las visitas actuales, has llegado a los dos tercios de nuestra estimación sobre los tres últimos años. De acuerdo, reformar el edificio del establo es más caro de lo que habías previsto, pero el arquitecto ha hecho un buen trabajo, y debería salir por un coste ligeramente inferior. Si tus acciones de Far East van bien, podrías cubrir el coste con la cartera o pedir un préstamo bancario.

– ¿Hemos de anunciar el restaurante en la verja?

– No necesariamente. Pero en algún sitio debemos poner un letrero con los horarios. Hay que ser muy puntilloso, George, O estás dirigiendo una empresa comercial o no.

– Dean y Kimberley Bostock parecen contentos -dijo Chandler-Powell-, pero debe de haber un límite para lo que pueden hacer.

– Es por eso por lo que, cuando el restaurante esté asentado, contrataremos ayudantes a tiempo parcial y otro cocinero -dijo Helena-. Sin pacientes (que en la Mansión siempre han sido exigentes), sólo cocinarán para ti, cuando estés aquí, para el personal residente y para mí. Dean está eufórico. Lo que estamos planeando es ambicioso, un restaurante de primera clase, no un salón de té, que atraerá clientes de la periferia del condado y más allá. Dean es un chef excelente. No lo vas a retener si no le ofreces la posibilidad de desplegar sus habilidades. Ahora que Kimberley está felizmente embarazada, nunca había visto a Dean tan contento y satisfecho mientras me ayuda a organizar un restaurante que podrá sentir como propio. Y el niño no será ningún problema. La Mansión necesita un niño.

Chandler-Powell se puso en pie y estiró los brazos por encima de la cabeza.

– Vamos a pasear por las piedras -dijo-. Hace demasiado buen día para estar aquí sentados.

Se pusieron las chaquetas en silencio y salieron por la puerta oeste. Ya había sido demolida la suite de operaciones, y el material médico que quedaba había sido retirado.

– Tendrás que decidir qué quieres hacer con el ala oeste -dijo Helena.

– Dejaremos las suites tal como están. Si necesitamos más personal, serán de utilidad. Te alegra que la clínica haya desaparecido, ¿verdad? Nunca te gustó la idea.

– ¿Tanto se me notaba? Lo siento, pero siempre fue una anomalía. No era propio de este lugar.

– Y dentro de cien años habrá caído en el olvido.

– Lo dudo. Será parte de la historia de la Mansión. Y no creo que nadie olvide nunca a tu última paciente privada.

– Candace me avisó -dijo él-. Nunca la quiso tener aquí. Si yo la hubiera operado en Londres, ella no habría muerto y nuestras vidas serían diferentes.

– Diferentes pero no forzosamente mejores -dijo Helena-. ¿Te creíste la confesión de Candace?

– La primera parte, la del asesinato de Rhoda, sí.

– ¿Asesinato u homicidio involuntario?

– Creo que perdió los estribos, pero no fue amenazada ni provocada. Me parece que un jurado habría emitido un veredicto de asesinato.

– Eso si el caso hubiera llegado a un tribunal -dijo ella-. El comandante Dalgliesh no tenía suficientes pruebas para detener a nadie.

– Creo que estaba cerca.

– Entonces corría un riesgo. ¿Qué pruebas tenía? No había informe forense. Podía haberlo hecho cualquiera de nosotros. Sin la agresión contra Sharon y la confesión de Candace, el caso no se habría resuelto nunca.