Oyó la obertura que subía hasta él atravesando los muros y decidió que había llegado el momento de ir al camerino del director. Salió al pasillo y buscó con la mirada a la mujer que les había abierto la puerta, pero no la vio. Como tenía la responsabilidad de asegurarse de que el camerino quedaba cerrado, fue hasta el extremo del pasillo y miró por la escalera.
– ¿Signora Lucia? -llamó, pero no obtuvo respuesta. Golpeó con los nudillos la puerta del primer camerino, pero no le contestaron. Y tampoco en el segundo. En el tercero, una voz dijo: «Avanti!» y él empujó la puerta, dispuesto a avisar a la encargada de que ya podía cerrar el camerino.
»Signora Lucia -empezó, pero se interrumpió al ver a Brett Lynch recostada en una butaca, con un libro abierto en el regazo y una copa de vino tinto en la mano.
Ella se sorprendió tanto como él, pero se recuperó antes.
– Buenas noches, comisario, ¿puedo ayudarle en algo? -Dejó la copa en la mesa situada al lado de la butaca, cerró el libro y sonrió.
– Quería avisar a la signora Lucia de que ya puede cerrar el camerino -explicó él.
– Debe de estar abajo, mirando entre bastidores. Es una gran admiradora de Flavia. No se preocupe, cuando suba yo le diré que cierre.
– Muy amable. ¿Usted no mira la función?
– No -respondió ella y, al ver su gesto de extrañeza, preguntó-: ¿Le sorprende?
– No lo sé. Pero, si he preguntado, será que me sorprende.
Le agradó la amplia sonrisa de ella, tanto por lo inesperada como por la suavidad que imprimía en sus angulosas facciones.
– Si me promete no decírselo a Flavia, le confesaré que no me entusiasma Verdi, ni La Traviata.
– ¿Por qué no? -preguntó él, intrigado porque la secretaria y amiga (por el momento, no especificaría más) de la más famosa soprano verdiana del momento reconociera que no le gustaba Verdi.
– Siéntese, comisario -dijo ella, señalando la butaca de enfrente-. No pasa gran cosa hasta dentro de -miró el reloj- veinticuatro minutos.
Él se sentó en la otra butaca, después de hacerla girar ligeramente para poder mirar de frente a la mujer.
– ¿Por qué no le gusta Verdi?
– No es eso exactamente. Tiene cosas que me gustan. Otelo, por ejemplo. Pero no es mi siglo preferido.
– ¿Cuál es su siglo preferido? -preguntó él, aunque creía saber la respuesta. Rica, americana y moderna, tenía que preferir la música del siglo en el que vivía, el siglo que la había hecho posible.
– El dieciocho -dijo ella, sorprendiéndole-. Mozart y Haendel, pero, por desgracia para mí, Flavia no tiene predilección por sus obras.
– ¿No ha tratado de convertirla?
Ella tomó la copa, bebió un sorbo de vino y volvió a dejarla en la mesa.
– La he convertido a otras cosas, pero no creo poder inducirla a dejar a Verdi.
– Por fortuna para nosotros. Debe usted considerarse afortunada por las «otras cosas».
Ella volvió a sorprenderle con una breve carcajada y él se sorprendió a sí mismo al reírse con ella.
– Bueno, ya está -dijo la mujer-. Ya he confesado. Quizá ahora podamos hablar como seres humanos y no como personajes de novela barata.
– Por mi parte, encantado, signorina.
– Me llamo Brett, y sé que usted se llama Guido -dijo ella dando el primer paso hacia la familiaridad. Se levantó y fue a una pequeña pila situada en un rincón. Al lado de la pila había una botella de vino. La mujer sirvió otra copa, volvió con ella en una mano y la botella en la otra y dio la copa al comisario-. ¿Ha venido para hablar con Flavia otra vez?
– No era mi intención. Pero tendré que hablarle, antes o después.
– ¿Por qué?
– Para preguntarle qué hacía en el camerino de Wellauer después del primer acto. -Si esto la sorprendió, no lo demostró-. ¿Tiene usted idea de por qué fue?
– ¿Por qué dice que estuvo allí?
– Porque por lo menos dos personas la vieron entrar. Durante el primer entreacto.
– ¿No durante el segundo?
– No durante el segundo.
– Después del segundo acto estuvo aquí arriba conmigo.
– La primera vez que hablamos dijo que también había estado con usted después del primer acto. Y no era así. ¿Existe razón para que yo crea que ahora me dice la verdad, si entonces me mintió? -Bebió un trago de vino. Barolo, y muy bueno.
– Es la verdad.
– ¿Por qué tendría que creerlo?
– Supongo que no hay ningún motivo en concreto. -Ella bebió otro sorbo de vino, como si dispusieran de toda la noche para aquella discusión-. Pero la verdad es que estuvo aquí. -Vació la copa, se sirvió un poco más de vino y dijo-: Sí, fue a verle durante el primer entreacto. Ella me lo dijo. Hacía días que él la tenía en ascuas, con la amenaza de escribir a su marido. Así que, al final, decidió hablar con él.
– No parece que el momento fuera muy oportuno, durante una representación.
– Así es Flavia. Hace las cosas sin reflexionar. Es espontánea. Por eso es tan buena cantante.
– Debe de ser difícil vivir con una persona semejante.
Ella sonrió ampliamente.
– Lo es. Pero hay compensaciones.
– ¿Le dijo a usted algo? -Al ver que ella no parecía comprender, agregó-: De la entrevista.
– Que habían discutido. Él no quiso decirle claramente si había escrito al marido. No me explicó más, pero aún temblaba de indignación. No sé cómo pudo cantar.
– ¿Y él había escrito al marido?
– No lo sé. Flavia no ha vuelto a hablarme del asunto. -Vio su extrañeza-. Como le decía, ella es así. Cuando canta no quiere hablar de las cosas que la preocupan. -Y con cierta tristeza, agregó-: Y cuando no canta, tampoco; dice que, si tiene que pensar en algo que no sea la música, no puede concentrarse. Los demás dejan que haga su voluntad. Y yo también.
– ¿Él hubiera sido capaz de escribir al marido?
– Ese hombre era capaz de todo. Puede creerme. Se consideraba una especie de guardián de la moral. No podía soportar que nadie ofendiera su concepto del bien y del mal. Le sublevaba. Se creía destinado por derecho divino a imponer justicia, su justicia.
– ¿Y qué sería capaz de hacer ella?
– ¿Flavia?
– Sí.
La pregunta no la sorprendió.
– No lo sé. No creo que pudiera hacerlo así, sin más, a sangre fría. Haría cualquier cosa con tal de no separarse de sus hijos, pero no creo… no, no de ese modo. Además, ella no andaría por ahí con el veneno en el bolsillo. -Parecía aliviada de haber encontrado este argumento-. Pero la cosa no ha acabado. Si hay juicio o audiencia preliminar, se sabrá que discutieron y el motivo de la discusión, ¿verdad? -Brunetti asintió-. Y al marido no le hará falta más.
– Yo no estaría tan seguro.
– ¡Vamos, comisario, que estamos en Italia! -dijo ella ásperamente-. El país de la sacrosanta familia. Ella podría tener todos los amantes que quisiera, siempre que fueran del sexo masculino. Así se restituiría a la casa la figura del padre, o de una especie de padre. Pero tan pronto como esto nuestro se hiciera público, no tendría la menor posibilidad de evitar que su marido le quitara la custodia de sus hijos.
– ¿No exagera?
– ¿Que exagero? Mi vida nunca ha sido un secreto. Soy rica y puedo prescindir de lo que la gente diga o piense de mí. Pero ello no les ha impedido hablar. De manera que, aun en el caso de que nuestras relaciones no pudieran demostrarse, imagine el partido que podría sacar de la situación un abogado listo: «La soprano y la secretaria millonaria.» No; las cosas parecerían exactamente lo que son.
– Ella podría negarlo -apuntó Brunetti, sugiriendo perjurio.
– No creo que, para un juez italiano, eso hiciera cambiar las cosas. Además, ella no mentiría. Estoy segura. No lo negaría. Y es que Flavia cree estar por encima de las leyes. -Enseguida le pesó haberlo dicho-. Pero todo son palabras, palabras, como cuando sale a escena. Grita y se indigna con la gente, pero no pasa de ahí. Nunca la he visto recurrir a la violencia. Sólo palabras.
Brunetti, como buen italiano, creía que las palabras pueden trocarse rápidamente en actos cuando de una madre y sus hijos se trata, pero se guardó la opinión.