A veces le preocupaba tener aquellos pensamientos, que últimamente eran cada vez más morbosos. Quizá su hermana tuviera razón; ¿quizá pasaba demasiado tiempo solo? Pero, al fin y al cabo, estaba acostumbrado a la soledad. Para él era lo normal.
No era el tipo de vida que había planeado, tampoco la que había imaginado ni remotamente que viviría, diecisiete años atrás, cuando le había pedido a Sandy que se casara con él un cálido día de septiembre al final del Palace Pier, cuando le dijo que la había llevado allí porque si le hubiera contestado que no, habría saltado. Ella había esbozado esa sonrisa suya preciosa y tierna, había apartado el pelo rubio de los ojos y le había dicho -con su típico humor negro- que habría considerado una prueba mucho mayor de su amor que la hubiera llevado al acantilado de Beachy Head.
Grace se bebió un vaso de agua del grifo e hizo una mueca al notar el sabor del fluoruro, que esta mañana parecía más fuerte de lo normal. «Bebe más agua», le repetía una y otra vez su instructor de fitness, Ian, del gimnasio de la policía. Lo estaba intentando, pero no sabía tan bien como un latte del Starbucks, o como un Glenfiddich con hielo, o como casi cualquier otra cosa. No se había preocupado demasiado por su aspecto físico hasta ahora.
Hasta Cleo.
Los años transcurridos desde la desaparición de Sandy habían hecho mella en él. El trabajo policial era duro, pero al menos la mayoría de los policías tenían a alguien que los esperaba en casa al final del turno, alguien con quien hablar. Y Marlon, aunque le hacía compañía, si podía decirse así, no le bastaba.
Se puso el equipamiento de footing, dio de desayunar a Marlon por si después se olvidaba y salió por la puerta a la calle desierta. Hacía una mañana de verano deliciosamente fresca, con un cielo despejado que encerraba la promesa de un día espléndido. Y, de repente, a pesar de la resaca y la falta de sueño, se sintió lleno de energía. Tarareando, comenzó a bajar por la calle a paso rápido.
Roy Grace vivía en Hove, un distrito residencial que hasta hacía pocos años había sido una ciudad independiente de Brighton, aunque estaba al lado. Ahora las dos estaban bajo el paraguas del municipio de Brighton y Hove. Se rumoreaba que Hove en griego, lengua de la que procedía el nombre -o «Hove, Actually», como había sido apodada-, significaba «cementerio».
No era del todo inapropiado, ya que Hove era más tranquilo, la hermana más residencial de la antes animada y marchosa Brighton. La frontera comenzaba en el paseo marítimo, en un lugar marcado con un obelisco conmemorativo de guerra y una línea pintada en el suelo, pero luego se volvía cada vez más oscuro, y mucha gente veía que atravesaba sus casas en su recorrido zigzagueante hacia el norte.
La casa pareada de tres habitaciones de Grace estaba en una calle que bajaba directamente hasta Kingsway, la calle ancha de dos carriles al final de la cual se encontraba el paseo marítimo. Cruzó al otro lado y pasó por los jardines de césped cubiertos de rocío, por delante del parque infantil y de los dos estanques para barcas de la Laguna de Hove donde su padre, a quien le gustaba construir motoras a escala, solía llevarle de pequeño; allí le dejaba sujetar el control remoto.
En aquel entonces, la Laguna le parecía un lugar enorme, y ahora lo veía muy pequeño y abandonado. Había un tiovivo viejo, un columpio oxidado, un tobogán al que le hacía falta una mano de pintura y el mismo quiosco de helados que había estado siempre allí. Las barcas seguían guardadas y varios patos nadaban por el menor de los dos estanques, mientras un grupo de cisnes descansaba en el borde del mayor.
Bordeó los estanques, llegó al paseo, igual de desierto que ayer a esta hora, y pasó por delante de una larga hilera de casetas azules. Mientras corría, el paisaje de su izquierda cambió. Al principio, había una hilera de edificios grises de posguerra y una fila de casas que tampoco despertaba ningún interés. Luego, después del polideportivo King Alfred, ahora una construcción importante, contempló sus vistas preferidas a la izquierda: el largo paseo marítimo de espléndidas casas adosadas de la época de la Regencia, la mayoría pintadas de blanco, muchas con miradores, barandillas y magníficos porches. Muchas de ellas habían sido viviendas independientes, casas de fin de semana para los ricos londinenses de la época de la Regencia y de la Inglaterra victoriana, pero ahora, como la mayoría de los edificios de esta ciudad con sus precios por las nubes, se habían dividido en pisos; algunas se habían transformado en hoteles.
Al cabo de unos minutos, mientras se acercaba a la frontera entre Brighton y Hove, pudo ver, delante de él a la derecha, los palos tristes y oxidados que surgían del mar, lo único que quedaba del West Pier. En su día, había sido tan alegre y llamativo como su equivalente, el Palace Pier, que estaba exactamente a ochocientos metros más al este. Visitarlo había sido uno de los acontecimientos especiales de su infancia.
Su padre, que era un entusiasta pescador, le llevaba a menudo al Palace Pier, y caminaban hasta la plataforma pesquera descubierta del final, desde donde los sábados por la tarde -cuando no había comenzado la temporada de fútbol o cuando el Albion jugaba fuera- podían volver a casa con un buen botín de pescadillas, besugos y platijas y, si tenían suerte, con un lenguado o una lubina de vez en cuando, dependiendo de la marea y del tiempo.
De todos modos, para el pequeño Roy no era la pesca el gran aliciente del muelle, sino las otras atracciones, sobre todo los autos de choque y el tren de la bruja, así como la mayoría de las viejas máquinas tragaperras de madera con el frente de cristal que contenían retablos móviles. Tenía una preferida, y siempre engatusaba a su padre para que le diera más peniques para echar a la máquina. Era una casa encantada y, durante un minuto entero, mientras los engranajes se ponían en movimiento y las poleas gemían, las puertas se abrían, las luces se encendían y se apagaban, y aparecían todo tipo de esqueletos y fantasmas, así como la propia Muerte, una figura encapuchada, toda vestida de negro, con una guadaña.
A la izquierda -y sintió que sus energías comenzaban a decaer un poco-, apareció ahora la monstruosidad horrenda del edificio Kingswest, una lúgubre estructura de ocio de los sesenta que desentonaba totalmente con el resto del paseo marítimo. Unos cien metros más allá, se elevaba la bella fachada del hotel Old Ship. Subió corriendo las escaleras hasta el paseo de arriba, cruzó la calle casi desierta, mantuvo el ritmo al pasar al lado del hotel y, luego, entró en el aparcamiento y miró su reloj.
«Mierda.» Se dio cuenta de que había calculado muy mal el tiempo. Si quería llegar a la reunión de las ocho y media -y era vital para la moral del equipo que así fuera-, tenía menos de media hora para ir a casa, cambiarse y salir por la puerta.
También estaba muriéndose de sed, pero ni siquiera tenía tiempo de pensar en pararse a comprar un botellín de agua en algún lugar. Metió el tique en la máquina, después la tarjeta de crédito, luego bajó corriendo la escalera de hormigón hasta la planta donde había dejado el coche, arrugando la nariz al percibir el olor a orina, preguntándose por qué sería que siempre había alguien que se meaba en todos y cada uno de los aparcamientos en los que había estado.
Capítulo 45
A las 8.29 de la mañana, con sólo un minuto de adelanto, Grace se acercó al MIR Uno, comiendo el desayuno: una barrita de Mars de una máquina expendedora y una taza de café hirviendo.
Se acabó a toda prisa el Mars y se metió una tira de chicle de menta en la boca para ocultar los restos de alcohol de la noche anterior. Se guardó el paquete en el bolsillo; estaba a punto de entrar en la sala cuando oyó unos pasos tras él.
– Eh, viejo, ¿qué tal la cita?
Se dio la vuelta y vio a Glenn Branson, con una chaqueta de piel reluciente como un espejo, un capuchino en la mano. Tenía espuma alrededor de la boca, como un bigote blanco.