Absorto en sus pensamientos, salió e invitó a Norman Potting a entrar en la casa. Le pareció una maldad dejarle fuera con aquel sol maravilloso, solo, disfrutando de su pipa.
Los primeros agentes de la escena del crimen, entre los que estaba un Joe Tindall muy contrariado, tardaron casi una hora en llegar. El hombre era un fan de Roy Grace cada vez más desencantado.
– Lo estás convirtiendo en una costumbre dominical, ¿verdad, Roy?
– Yo antes también tenía vida propia -le espetó Grace, que tenía el sentido del humor atrofiado.
Tindall meneó la cabeza.
– Sólo me quedan quince años, ocho meses y siete días para jubilarme, y restando… -dijo-. Voy tachando cada puto segundo.
Grace los condujo al interior de la casa, a través del pasillo hacia el cuarto de baño y la imagen que recibió a Joe Tindall no mejoró en nada su día.
Grace dejó al agente del SOCO, volvió fuera, se agachó para pasar por debajo de la cinta de la policía que ahora acordonaba la casa y se abrió paso educadamente por entre el grupo de vecinos curiosos que comenzaba a congregarse en el exterior y se dio cuenta de que durante una hora entera no había pensado en Cleo Morey. En la calle había ahora media docena de coches de policía y el Vehículo de Incidentes Graves estaba aparcando marcha atrás.
Dos agentes uniformados de apoyo a la comunidad estaban llamando a la puerta del vecino de al lado, para comenzar sus interrogatorios puerta por puerta.
Subió un poco por la calle, alejándose para que no lo oyeran, y primero llamó a los Somers y se disculpó con Jaye por tener que volver a cancelar su salida. La decepción que oyó en su voz hizo que se sintiera fatal. Irían la próxima semana, le prometió. Pero no pareció que la niña acabara de creerle.
Luego, marcó el número de Cleo.
Sólo oyó su buzón de voz.
– Hola -dijo Grace-. Sólo llamo para decirte que me encantó verte anoche. Llámame cuando tengas un momento. Ah, y espero que hoy no tengas guardia, por tu bien. Tengo un cadáver muy desagradable entre manos.
El dolor de cabeza, la resaca, lo que fuera, volvía para vengarse, y tenía la garganta como papel de lija. Mientras regresaba a la casa, se sintió débil. Se acercó a Nicholl y a Potting, que estaban fuera, charlando con el agente de la vigilancia.
– ¿A alguien le apetece una copa? Porque yo necesito una, joder.
– Siempre que no sea agua del baño del señor D'Eath -dijo Potting.
Grace estuvo a punto de sonreír.
Capítulo 49
Kellie intentaba moverse, pero el dolor que sentía en los brazos empeoraba cada vez que hacía un esfuerzo; la cuerda, el alambre, o lo que fuera con que los tenía atados, se le clavaba más y más en la piel. Y cuando intentaba gritar, el sonido grave hacía que le temblara toda la cara; el ruido quedaba atrapado en su boca.
– Mmmmnnnnnuuuuuuuug.
No veía nada, no podía abrir los ojos. Había una oscuridad negra como el carbón detrás de las imágenes que veía en su cabeza. No oía nada, excepto el sonido de su sangre rugiendo en sus oídos. El sonido de su propio miedo.
Temblaba de terror y de frío. Y por la falta de alcohol.
Tenía la garganta seca. Necesitaba una copa. Necesitaba un trago de vodka desesperadamente, desesperadamente. Y agua.
Tenía la entrepierna fría y le picaba. Hacía un rato, cuando por fin había liberado la orina que ya no podía seguir reteniendo, había notado algo extraño, cómodamente cálido durante varios minutos. Hasta que había empezado a estar frío. De vez en cuando, lo olía; luego, era otra vez el olor de un sótano, frío y húmedo.
No tenía ni idea de qué hora era ni de dónde estaba. Le estallaba la cabeza. Un miedo frío e intenso se arremolinaba en el pozo profundo y negro de sus entrañas, se arremolinaba en la sangre que corría por sus venas. Estaba tan asustada que le resultaba imposible pensar con claridad.
Sólo de vez en cuando, creía oír el sonido apagado del tráfico. Una sirena ocasional. ¿Venía a rescatarla?
Pero no tenía ni idea de dónde estaba.
De sus ojos tapados brotaban lágrimas. Quería ver a Tom, quería ver a Jessica y a Max, oír sus voces, sentir sus brazos rodeándola. Intentó recordar esos momentos, esos momentos confusos que habían pasado a toda velocidad.
Había llevado a Mandy Morrison a casa. Había parado delante de la casa moderna de estilo español de sus padres en la elegante Tongdean Lane, una cuesta empinada cerca del estadio de Withdean. Se había quedado sentada en el coche, la música sonaba en la radio, esperando a que la chica entrara sana y salva antes de arrancar.
Mandy había abierto la puerta, había entrado, se había girado, había saludado y había cerrado la puerta.
Luego, se había abierto la puerta del copiloto.
Y la puerta trasera de detrás de ella.
Una mano fuerte como el acero le había agarrado el cuello y echado hacia atrás. Luego, algo mojado y acre le había presionado la nariz.
Gimoteó al recordarlo.
Después, estaba aquí.
Temblando incontrolablemente.
Tumbada en un suelo duro como una piedra.
Forcejeó, intentando mover los brazos de nuevo, pero el dolor se hizo insoportable. Intentó mover las piernas, pero las tenía pegadas. Se le estaba acelerando la respiración, notaba una presión en el pecho.
Notó una luz que la iluminaba. La oscuridad detrás de sus párpados se convirtió en una neblina roja.
Entonces, Kellie emitió un grito apagado de dolor cuando le arrancaron la cinta de los ojos, que pareció llevarse la mitad de su piel. Y pestañeó, deslumbrada momentáneamente por la luz. Inclinado sobre ella estaba un hombre bajito y rechoncho con una sonrisa de suficiencia y el pelo plateado y ondulado recogido en una pequeña coleta, muy obeso, con una camisa ancha abierta hasta el ombligo.
Al principio, sintió alivio; creyó que aquel hombre había venido a ayudarla. Intentó hablarle, pero sólo pudo emitir un grito sofocado.
El hombre la miró sin decir nada, repasándola de arriba abajo con una expresión de profunda seriedad. Luego, por fin, le sonrió, y a Kellie el corazón le dio un brinco. Había venido a ayudarla, iba a sacarla de allí, ¡a llevarla a casa con Tom, con Jessica, con Max!
De repente, el hombre separó los labios y sacó la lengua rápidamente, como una serpiente, lamiéndolos, humedeciéndolos.
– Me parece que a ti te gusta que te enculen -dijo entonces con acento americano.
El hombre se metió la mano en el bolsillo y Kellie oyó un tintineo metálico. Mientras el miedo la atenazaba, destrozando todas las células de su organismo, vio una delicada cadena plateada que se balanceaba entre sus dedos.
– Te he traído un regalo, Kellie -dijo el tipo con una voz que le dijo que él era su nuevo mejor amigo.
El hombre sostuvo la cadena delante de la cara de Kellie; tenía un pequeño colgante, y con la poca luz que había no podía acabar de distinguir el diseño que llevaba grabado. Parecía una especie de escarabajo.
– Puedes relajarte -le dijo-. ¡Sólo vamos a sacarte unas fotos para tu álbum familiar!
– Grnnnngwg -respondió ella.
– Si eres buena chica y haces exactamente lo que te digo, puede que incluso te deje tomar una copa. Vodka Stoli -dijo-. Es tu preferido, ¿verdad? -En la otra mano tenía una botella-. No me gustaría que te murieras de sed -añadió-. Eso sí sería un desperdicio.
Capítulo 50
– XJueno, ya tengo un nombre apropiado para él -dijo Norman Potting-. D'Eath. -Y lo pronunció «dez»: en inglés, «muerte».
Grace, Potting y Nicholl estaban sentados en el salón de madera de roble del Black Lion de Rottingdean, con una pinta de cerveza cada uno. Grace bebió un gran trago, manteniendo el ancho borde del vaso pegado a la nariz, inhalando el aroma del lúpulo, intentando borrar el hedor a ácido sulfúrico de su olfato.