Se dio cuenta de que le temblaba la mano. ¿Por la resaca? ¿Por lo que había visto esta mañana?
Recordó los primeros tiempos de su carrera, cuando patrullaba las calles de noche y lo llamaron para ocuparse de un suicidio en la línea férrea Londres-Brighton. Un hombre yacía en la vía en la entrada de un túnel, las ruedas de un tren le habían pasado por encima del cuello. Grace había tenido que recorrer la vía y recuperar la cabeza.
Nunca olvidaría la imagen surrealista de verla ahí tirada a la luz de su linterna, apenas goteaba sangre; el corte era de una precisión prácticamente quirúrgica. El hombre muerto tenía unos cincuenta años y la tez rubicunda y curtida. Grace había cogido la cabeza por la mata greñuda de pelo rojizo y le había sorprendido lo mucho que pesaba. La cabeza de D'Eath era igual de pesada.
Contempló cómo el calidoscopio de luces de una máquina tragaperras, a la que nadie estaba jugando, seguía con su rutina. Podía oír las débiles campanillas que lo acompañaban. Aún era pronto; en el bar había poca gente. Un hombre de aspecto moderno, un profesional de los medios, estaba sentado junto a la chimenea, bebiendo lo que parecía un Bloody Mary y leyendo el Observer. Una pareja de ancianos sin forma estaba sentada un par de mesas más allá, repantigada en silencio, como dos sacos de patatas.
Al repasar la agenda del día -que había quedado trastocada por el asesinato de D'Eath-, le preocupó la reunión de Nick Nicholl con el inspector jefe de la investigación del homicidio en Wimbledon, donde hacía dos meses se había descubierto el cadáver de una joven sin cabeza que llevaba un brazalete con un escarabajo. Quizá sería mejor ir él mismo, un inspector jefe hablando con otro, y no mandar a un miembro de categoría inferior de su equipo.
– ¿A qué hora tienes la reunión con el inspector jefe del asesinato de Wimbledon?
– Va a llamarme esta tarde. Tiene un hermano en Brighton. Viene a comer con él.
– Infórmame e iré contigo.
– Sí, señor.
A pesar de que Nick tenía casi treinta años, seguía teniendo una juventud socialmente torpe. Y todavía no se había acostumbrado a llamarle Roy, que era como a Grace le gustaba que lo llamaran los miembros de su equipo.
Consultó la lista cada vez más larga de notas en su Blackberry. El olor a carne asada procedente de la cocina se arremolinaba en su estómago ya revuelto. Tardaría un poco en poder probar bocado, pensó. Ni siquiera estaba seguro de si era muy inteligente beber con todo el paracetamol que había tomado. Pero era uno de esos momentos en los que necesitaba un trago. Estuviera de servicio o no.
Sacó el teléfono de su bolsillo y comprobó que lo tenía encendido, por si se había apagado por algún motivo y había perdido una llamada de Cleo.
Se preguntó brevemente cómo le iría a Glenn Branson. Le preocupaba un poco su amigo. Debajo de su cuerpo fornido, gracias al cual debía de haber sido un formidable segurata de discoteca, se escondía un buen tipo. Demasiado amable y bondadoso, a veces.
– Ácido sulfúrico -dijo Potting, y levantó el vaso y bebió un trago largo.
Grace se quedó mirándolo. El pobre hombre no había sido bendecido con un buen físico, de hecho, rayaba la fealdad. A pesar de los defectos del viejo detective, de repente sintió un poco de pena por su compañero; percibió que era un hombre triste que detrás de tantas bravatas se encontraba solo.
Potting dejó su pinta sobre un posavasos de Guinness, se metió la mano en el bolsillo y sacó su pipa. Se la metió en la boca y sacó una caja de cerillas del otro bolsillo. Nick Nicholl lo miraba fascinado.
– ¿Has fumado alguna vez, chico? -le preguntó Potting.
El joven detective negó con la cabeza.
– Eso pensaba. No tienes pinta. Supongo que eres un tipo sano, ¿verdad?
– Lo intento. -Nicholl bebió un trago de cerveza-. Mi padre fumaba. Murió de cáncer de pulmón a los cuarenta y ocho.
Potting se quedó callado un segundo. Luego preguntó:
– ¿Fumaba cigarrillos?
– Veinte al día.
Potting levantó la pipa con aire de suficiencia.
– Esto es diferente, ¿sabes?
– Nick es un buen corredor -intervino Grace-. Quiero ficharle este otoño para mi equipo de rugby.
– El Sussex necesita buenos corredores en estos momentos -replicó Potting-. Hoy tienen que hacer un montón de carreras. ¡Qué desastre ayer! ¡Tres eliminados y diez carreras! ¡Contra el puto Surrey! -Encendió una cerilla, prendió la pipa y soltó una nube de humo empalagoso que envolvió a Grace.
Potting sopló hasta que la cazoleta de su pipa cogió un color rojo intenso uniforme.
Normalmente, a Grace le gustaba el olor a pipa, pero esta mañana no. Apartó el humo con la mano y contempló cómo se enroscaba y subía perezosamente hacia el techo decorado con nicotina. El asesinato de Reggie D'Eath podía ser una coincidencia, pensó. El hombre era un testigo clave de la acusación en el juicio contra miembros de una importante red internacional de pederastia. Había varias personas que tenían buenas razones para querer callarle.
Sin embargo, lo que habían encontrado en los dos ordenadores le pareció que indicaba otra posibilidad. Habían advertido a Bryce que no se pusiera en contacto con la policía. Actuando correctamente, el hombre no había hecho caso de la advertencia, y un examen policial de su ordenador lo había relacionado con el PC de Reggie D'Eath. Menos de veinticuatro horas después, D'Eath estaba muerto.
Se oyeron unas campanillas irritantes procedentes de la máquina tragaperras, luego otro tintineo más, como el de un xilófono. Potting y Nicholl estaban ahora enfrascados en una conversación sobre criquet, y Grace se sumió aún más en sus pensamientos. Estaba tan absorto en ellos que incluso cuando regresaron al coche, apenas retuvo la información que de repente reveló Norman Potting cuando dejó el tema del criquet y volvió al asesinato de Reggie D'Eath.
Capítulo 51
La veterinaria de urgencias, que se llamaba Dawn, una australiana de aspecto hombruno de unos treinta y cinco años, estaba arrodillada al lado de Lady, que seguía adormilada. Bajó el párpado izquierdo de la perra y le examinó el ojo con la ayuda de una linterna de bolsillo. Max y Jessica observaban inquietos. Tom tenía un brazo alrededor de cada uno.
El detective, Glenn Branson, había salido a hacer una llamada.
Tom miró al perro, totalmente desconcertado. Ayer por la mañana había ido a la policía, desafiando el e-mail de advertencia que le habían enviado. Ahora Kellie había desaparecido; además, el coche había aparecido sin ella, quemado.
«Dios, cielo, ¿dónde estás?»
De pie en la calle, bajo el sol brillante de la mañana, Branson tenía el teléfono pegado a la oreja y hablaba con la policía de Relaciones Familiares, la agente Linda Buckley, para que fuera inmediatamente a casa de los Bryce.
Casi justo después de colgar, sonó el teléfono. Era un agente de la policía, de los Transportes Británicos, el agente Dudley Bunting, que devolvía la llamada de Branson. Glenn le explicó lo que buscaba y que era muy urgente. Bunting le prometió llamarle en cuanto pudiera.
– Necesito que sea hoy -dijo Branson-. No dentro de tres semanas. ¿Es posible?
Bunting pareció dubitativo.
– Es domingo.
– Sí, ya lo sé, yo tendría que estar en misa; sin embargo, estoy con un tipo a quien le gustaría pasar el día con su mujer, y con sus dos hijos, a quienes les gustaría pasar el día con su madre, pero, al parecer, alguien la ha secuestrado en plena noche. Así que quizá te gustaría sacrificar el asado del domingo con tu familia política y ponerte las pilas.
Bunting le aseguró que cargaría la batería al máximo.
Mientras hablaba, le entró otra llamada, de Ari. Branson no contestó. Cuando colgó, apareció un aviso de mensaje en la pantalla del móvil, acompañado de dos pitidos agudos.