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– ¿A quién? ¿A Will Smith?

– Más quisieras.

– Bueno, cuéntame más acerca de lo tuyo con la señorita Morey.

– No hay nada que contar. Fuimos a cenar.

– Una cena de negocios, claro.

– Por supuesto.

– ¿Incluso en el asiento trasero del taxi? -le presionó Branson.

– ¡Santo cielo! ¿Es que todos los putos taxistas de Brighton y Hove son informadores tuyos?

– Que va, sólo un par. Tuve suerte. En cualquier caso, no son informadores. Sólo tienen los ojos abiertos por mí.

Grace no sabía si estar orgulloso de su protegido por haberse convertido en un detective tan competente o si enfadarse con él.

– Bueno, dime, ¿Le gustó tu ropa nueva? -le preguntó Branson, que interrumpió sus pensamientos.

– Me dijo que necesitaba un estilista nuevo y que tú eras un desastre.

Branson pareció tan dolido que a Grace le dio pena.

– Tranquilo, en realidad, no dijo nada.

– ¡Mierda, eso es aún peor!

– Tenemos dos homicidios y una mujer desaparecida. ¿Podemos cambiar de tema?

– ¡No cambies de tema! ¡Cleo Morey! Es guapísima. Si no estuviera felizmente casado…, ya me entiendes. Pero ¿cómo puedes no pensar en lo que hace, tío?

– No se trajo a ninguno de sus cadáveres al restaurante, así que fue fácil.

Branson sacudió la cabeza y dejó de sonreír.

– Venga. Quiero detalles. No te andes con remilgos conmigo. Cuenta.

– No tengo por qué andarme con remilgos. Tiene novio, ¿vale? En realidad, está prometida. Por algún motivo, olvidó mencionarlo.

– Estás de coña.

Grace sacó el móvil y le enseñó a Branson el mensaje que había recibido aquella mañana: «Ahora no puedo hablar. Acaba de llegar mi prometido. C. Besos».

– Ese tipo es historia -declaró Branson al cabo de un momento.

– Me lo ha mandado este mediodía. Aún no me ha llamado.

– Ha puesto «Besos». Confía en mí, está acabado.

Grace se metió el resto del donut en la boca. A pesar de no tener apetito, estaba tan bueno que podría haberse comido otro.

– ¿Se trata de otra de tus corazonadas?

El sargento lo miró de reojo.

– No me equivoco siempre.

Hoy Cleo no estaba de guardia. Si lo estuviera, Grace asistiría a la autopsia de Reggie D'Eath esta tarde, aunque no hacía falta porque habían nombrado a otro detective como inspector jefe del caso.

– Ya veremos -dijo él.

Grace recordó una expresión que solía utilizar su madre: «El tiempo dirá». El destino. Ella creía mucho en el destino, pero Grace nunca había compartido totalmente esa creencia. La había ayudado a pasar los días mientras se moría de cáncer. Si uno creía que existía un poder superior que tenía toda su vida planeada, en cierto sentido tenía suerte. Las personas que tenían una profunda fe religiosa eran afortunadas; podían abdicar todas sus responsabilidades en Dios. A pesar de la fascinación que sentía Grace por lo sobrenatural, nunca había sido capaz de creer en un Dios que tenía un plan para él.

Volvió a entrar en la sala y se dirigió al área de trabajo. En la gran pizarra blanca estaba la fotografía que había tomado esta mañana de Reggie D'Eath en su cuarto de baño, además de una foto de Kellie Bryce: la foto que Branson había mandado a la prensa, a todas las comisarías de policía y a todos los puertos del Reino Unido.

A la mañana siguiente, Cassian Pewe, el asqueroso y arrogante inspector de la Met, comenzaría a trabajar con él en los casos sin resolver. Y era evidente que si no obtenía pronto algún resultado en el caso de Janie Stretton, la subdirectora encargaría a Pewe que se convirtiera en su sombra.

– Glenn, ¿hasta qué punto estás seguro de que ese Tom Bryce no ha matado a su esposa? -preguntó Grace a Branson.

Siempre que una mujer desaparecía en circunstancias extrañas, el principal sospechoso era el marido o el novio, hasta que quedaba descartado.

– Como te he dicho en la reunión de hace una hora, estoy muy seguro. Le he grabado mientras le interrogaba antes de enseñarle las imágenes de la cámara de seguridad, y puedo pedirle a un especialista que analice la cinta, pero no creo que sea necesario. Habría tenido que dejar a los niños solos en casa en mitad de la noche, matar a su mujer, llevar el cadáver a algún lugar, luego ir hasta Ditchling Beacon, incendiar el coche y caminar ocho kilómetros para llegar a casa. No lo creo.

– Entonces, ¿dónde está ella? ¿Crees que puede haberse fugado con un amante?

– Creo que no habría incendiado el coche; además, se habría llevado el bolso y algo de ropa, ¿no te parece?

– Podría ser una buena tapadera, incendiar el coche.

Branson se mantuvo firme.

– No. Imposible.

– Me gustaría ver a ese señor Bryce. Vamos a pasarnos por su casa.

– ¿Ahora? ¿Esta noche? Podemos pasarnos, pero está bastante afligido, intenta arreglárselas con sus hijos. He organizado turnos de agentes de Relaciones Familiares para que estén con él. Preferiría ir mañana por la mañana, si su mujer no ha aparecido.

– ¿Has hablado con los padres de la canguro?

– Sí. Estaban en la cama cuando la chica llegó a casa. Ella les pegó un grito para decirles que había vuelto, sobre la 1.45. Oyeron un coche que se marchaba, eso es todo.

– ¿Los vecinos?

– No hay muchos en esa calle, en «La colina de la abundancia». Los he interrogado. Nadie vio ni oyó nada.

– ¿Has comprobado todas las cámaras de Tráfico?

– Estoy esperando. Han estado revisando todas las imágenes desde la 1.00 hasta la hora en que entró el aviso. Por ahora, no hay nada.

– ¿Has averiguado algo de ellos como pareja?

– He hablado con los vecinos de al lado, una pareja de ancianos. El hombre mide como diez metros y la mujer fuma tanto que apenas la veía en la habitación. Parece que ella tenía cierta amistad con la señora Bryce, Kellie. Les hace de canguro en caso de emergencia, cosas así. Lo que me ha dicho es que tienen problemas económicos.

Grace levantó una ceja, aquello despertó su interés.

– ¿Ah, sí?

– Nunca lo dirías a juzgar por la casa que tienen. Tienen una barbacoa enorme, parece el centro de control de Houston, debe de haberles costado una pasta. Tienen una cocina muy chic, tele de plasma, todo lo más.

– Seguramente por eso tienen problemas económicos -dijo Grace-. ¿Podría haber incendiado ella el coche para cobrar el seguro?

Branson frunció el ceño.

– No se me había ocurrido. ¿Alguna vez saca alguien tajada de la indemnización del seguro del coche?

– Vale la pena averiguar si lo tienen en propiedad o si lo están pagando a plazos; si han intentado venderlo hace poco. La Unidad de Delitos Tecnológicos tiene una copia del disco duro de su portátil. Diles que comprueben si ha puesto algún anuncio para vender el coche en alguna página web, tipo Autotrader. Podrían haber planeado juntos la desaparición.

Cuanto más pensaba en ello, más emocionado estaba Grace. «Problemas económicos», pensó. Quizás era una pista falsa, pero tenían que explorarla. A veces la gente urdía trucos ingeniosos para reducir sus deudas. Vio que Bella Moy cogía un Malteser; en el borde del teclado había un rastro de azúcar glas de su donut. Nick Nicholl estaba al teléfono, muy concentrado.

Norman Potting también estaba al teléfono, trabajando con la lista de clientes de BCA-247, sin duda provocando algunos disgustos, pensó Grace un poco malévolamente. No es que él tuviera autoridad moral respecto a la prostitución, pues a lo largo de los últimos nueve años había cogido el teléfono en alguna ocasión para llamar a uno de los números de los anuncios personales del Argus. Pero todas las veces había sentido la sombra de Sandy detrás de él.

Lo mismo le había ocurrido durante un breve romance que tuvo la única y desastrosa vez en que se había apuntado a unas vacaciones para solteros, cuando fue a la isla griega de Paxos.