Se abrió la puerta y apareció la cara alegre de Tony Case, el jefe de la unidad de apoyo de Sussex House.
– Se me ha ocurrido pasarme para ver si necesitabas algo, Roy -dijo.
– Gracias, Tony, creo que estamos bien. Te lo agradezco.
Case levantó un dedo para responderle.
– Es mi trabajo.
– Disfruta del resto del fin de semana -dijo Grace.
Tony Case miró la hora.
– ¿Las cuatro horas que quedan? Qué gracioso eres, Roy.
Mientras el policía de apoyo se marchaba por el pasillo, Grace miró las letras naranjas brillantes de la pantalla del ordenador y revisó las últimas actividades registradas sobre el asesinato de D'Eath. No tardó mucho en encontrar algo. Los interrogatorios puerta por puerta habían dado con un vecino alerta que había visto una furgoneta blanca aparcada delante de la casa de Reggie D'Eath sobre las siete de la tarde anterior. El vecino había anotado la matrícula de la furgoneta diligentemente.
Hizo doble clic sobre el registro para leer los detalles. El agente que había interrogado al vecino había comprobado la matrícula del vehículo, pero estaba limpio. El inspector jefe asignado al asesinato de Reggie D'Eath era el comisario Dave Gaylor, un policía que tenía mucha más experiencia que él. No había duda de que el equipo de Gaylor examinaría la furgoneta minuciosamente cuando la encontrara.
Nicholl se acercó y se agachó a su lado.
– Roy, acabo de recibir una llamada del encargado de un bar en el que estuve ayer, un local que se llama Karma Bar, en el club náutico. Estaban visionando unas cintas de la cámara de seguridad de hace un par de semanas. Intentan solucionar un problema que tienen con un par de camellos que operan en el bar. Cree que tiene imágenes de Janie Stretton.
Grace se emocionó de repente.
– ¿Cuánto puede tardar en llegar?
– El hombre prefiere que vaya yo, necesita las cintas. Ha dicho que puedo verlas enseguida.
– ¿Ahora?
– Sí.
Grace se quedó pensando. Nick Nicholl no llevaba demasiado tiempo en el Departamento de Investigación Criminal y aún le quedaba mucho por aprender. El joven detective era inteligente, pero podría escapársele algo, y aquello prometía ser la primera pista del caso. Si así era, obtener toda la información posible tenía una importancia crucial.
– Coge las fotografías que tenemos de ella -dijo Grace-. Iré contigo. -Se volvió hacia Branson y le dijo-: Iremos a ver al señor Bryce en cuanto vuelva.
– Se va a hacer muy tarde para él.
Era muy poco profesional, lo sabía, pero Glenn Branson no pudo evitar pensar en lo que le quedaba a él de domingo. Estaba deseando ver a sus hijos, aunque sólo fuera cinco minutos antes de que se acostaran.
– Glenn, si el señor Bryce no ha matado a su esposa, o no ha montado algún chanchullo con ella, no pegará ojo en toda la noche, confía en mí.
Branson se encogió de hombros a regañadientes, sabía que el comisario tenía razón, y miró la hora. Grace tardaría como mínimo una hora; tal vez, mucho más. Cuando se marcharan de casa de los Bryce serían las once como muy pronto. No le daba miedo enfrentarse a media docena de matones con navajas en un callejón oscuro de Brighton, pero a veces le aterraba su mujer y, en estos momentos, le aterrorizaba llamar por teléfono a Ari y decirle que seguramente no volvería a casa hasta medianoche.
Grace estaba tan entusiasmado con las imágenes del Karma Bar que, al revisar el resto del registro de los incidentes, se saltó, sin darse cuenta, el informe que el sargento Jon Rye había introducido hacía una hora, titulado «Conducción bélica».
Capítulo 57
Tom le leyó a Jessica unas páginas de El grúfalo. No le puso ningunas ganas y la niña no le escuchaba demasiado. Tampoco le había ido mejor con Max.
No hacía más que pensar, abatido, en que debía de ser un padre horroroso. Los niños querían a su madre, lo cual era totalmente comprensible, pero comenzaba a sentirse más que inepto como sustituto. Ahora incluso parecían preferir la compañía de Linda Buckley a la suya. La agente estaba sentada abajo, esperando a que llegara el compañero de Relaciones Familiares que iba a reemplazarla durante la noche.
Tom cerró el libro, dio un beso de buenas noches a su hija, que estaba muy despierta y cerró la puerta. Luego entró en su estudio y realizó otra ronda de llamadas: a los padres de Kellie, que habían estado telefoneando prácticamente a cada hora; a todos sus amigos; y, de nuevo, a su hermana de Escocia, que estaba preocupadísima. Nadie sabía nada de ella.
Después, fue a su cuarto y abrió el cajón de arriba de la cómoda victoriana donde Kellie guardaba su ropa. Hurgó entre sus jerséis, y olió su perfume en las prendas. Pero no encontró nada. Después, abrió el cajón de abajo, que estaba atestado de ropa interior. Y su mano tocó algo duro y redondeado. Lo sacó.
Era una botella de vodka de la marca Tesco; sellada, sin abrir.
Encontró una segunda botella, también sin abrir. Luego una tercera.
Esta estaba medio vacía.
Se sentó en la cama y se quedó mirándola. ¿Tres botellas de vodka en el cajón de la ropa interior?
«Seguramente sólo querrá beber vodka. La vi. Prometí que no lo contaría.»
Dios santo.
Volvió a mirar la botella. ¿Debería llamar al sargento Branson y contárselo?
Intentó estudiar la situación detenidamente. Si se lo contaba, ¿qué pasaría? Quizás el detective perdería interés, quizá creería que Kellie era rara y que tal vez se había ido de juerga.
Pero él la conocía mejor. Al menos, hasta hacía un minuto.
Rebuscó entre el resto de los cajones, pero no encontró nada más. Dejó las botellas en su sitio, cerró el cajón y bajó.
Linda Buckley estaba sentada en el salón, viendo la tele, una serie policiaca ambientada en los sesenta. El sargento de la comisaría tenía una cajetilla de cigarrillos sobre la mesa y ofreció uno a una mujer con el pelo recogido en un moño que parecía nerviosa.
– ¿Le gusta ver series de policías? -le preguntó Tom sin convicción, intentando entablar una conversación.
– Sólo las ambientadas en el pasado -dijo-. Las modernas no me gustan. Se equivocan en muchas cosas, me ponen histérica. Estoy todo el rato refunfuñando, diciéndome: «¡Eso no es así, por el amor de Dios!».
Tom se sentó y se preguntó si era prudente confiar en ella.
– Tiene que comer algo, señor Bryce. ¿Quiere que le caliente la lasaña en el microondas? -le preguntó la policía antes de que tuviera ocasión de decir nada.
Tom le dio las gracias; tenía razón. Aunque lo único que le apetecía era tomar un trago bien fuerte. La policía se levantó y fue a la cocina. Tom se quedó mirando fijamente la pantalla, pensando en las botellas de vodka, preguntándose por qué Kellie tenía un escondite secreto. ¿Cuánto tiempo hacía que bebía? Y, lo que era más importante, ¿por qué?
¿Explicaba aquello su desaparición?
No lo creía. O, al menos, no quería creerlo.
La serie de policías terminó y comenzaron las noticias de las nueve. Le llegó el olor a carne, y se le revolvió el estómago. No tenía apetito. Tony Blair y George Bush se estrechaban la mano. Tom desconfiaba de los dos, pero hoy apenas se fijó en ellos. Vio unas imágenes movidas de Iraq, luego una fotografía de una adolescente guapa a quien habían encontrado violada y estrangulada cerca de Newcastle, seguida del ruego de un inspector torpe y con dificultades de expresión que llevaba el pelo de punta y que era evidente que carecía de experiencia ante los medios de comunicación.
– ¡La lasaña está en la mesa! -gritó la agente de Relaciones Familiares con tono autoritario.
Manso como un cordero, entró en la cocina y se sentó. El televisor estaba encendido, con las mismas noticias.
Comió un par de bocados de lasaña, luego la dejó; le costaba tragar.