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– Vale más que hablemos en un despacho -dijo Brunetti, que ya había preguntado al forense si podía utilizar el de su ayudante.

Brunetti dio media vuelta y echó a andar por el corredor, seguido por Martucci y Vianello, que cerraba la marcha y que aún no había abierto la boca ni demostrado que ya conocía al abogado. Brunetti abrió la puerta del despacho y la sostuvo mientras entraban los otros dos. Cuando los tres hombres estuvieron sentados, Brunetti dijo:

– Me gustaría que nos dijera dónde estuvo usted anoche, signor Martucci.

– No veo la necesidad -respondió Martucci con una expresión más de confusión que de resistencia.

– Tenemos que saber dónde estaban anoche todas y cada una de las personas que conocían al signor Lotto. Como usted no ignora, es información imprescindible en cualquier investigación de asesinato.

– Estaba en casa -respondió Martucci.

– ¿Había alguien con usted?

– No.

– ¿Está usted casado, signor Martucci?

– Separado.

– ¿Vive solo?

– Sí.

– ¿Tiene hijos?

– Sí. Dos.

– ¿Viven con usted o con su esposa?

– No creo que esto tenga que ver con Lotto.

– Por el momento, signor Martucci, quien nos interesa es usted -respondió Brunetti-. ¿Sus hijos viven con su esposa?

– Sí.

– ¿Es la suya una separación judicial, previa a un divorcio?

– No lo hemos discutido.

– ¿Podría ser un poco más explícito, signor Martucci? -preguntó Brunetti, aunque era una situación muy frecuente.

La voz de Martucci tenía la plena calma de la veracidad.

– A pesar de ser abogado, me aterra la idea de pasar por un proceso de divorcio. Mi esposa se opondría a cualquier intento mío de obtenerlo.

– ¿Y nunca han hablado de ello?

– Nunca. Conozco a mi mujer lo suficiente como para saber cuál sería su respuesta. Ella nunca consentiría, y no existen motivos por los que yo pudiera solicitar el divorcio. Si lo hiciera contra su voluntad, ella se quedaría con todos mis bienes.

– ¿Existen motivos por los que pudiera ella solicitar el divorcio, signor Martucci? -Como Martucci no contestara, Brunetti replanteó la pregunta recurriendo al eufemismo-: ¿Sale usted con alguien, signor Martucci?

La respuesta fue inmediata.

– No.

– Me cuesta creerlo -dijo Brunetti con una sonrisa de camaradería.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Martucci.

– Es un hombre todavía joven y bien situado. Muchas mujeres lo encontrarían atractivo y se sentirían halagadas por sus atenciones.

Martucci no contestó.

– ¿Nadie? -repitió Brunetti.

– No.

– ¿Y anoche estaba solo en casa?

– Ya se lo he dicho, comisario.

– Ah, sí, ya me lo ha dicho.

Martucci se levantó bruscamente.

– Si no tiene más preguntas, me gustaría marcharme.

Con un blando ademán apaciguador, Brunetti dijo:

– Sólo un par de cosas más, signor Martucci.

Al ver la mirada de Brunetti, el abogado volvió a sentarse.

– ¿Cuál era su relación con el signor Trevisan?

– Trabajaba para él.

– ¿Para él o con él, avvocato Martucci?

– Podríamos decir que lo uno y lo otro, supongo. -Con la mirada, Brunetti le instó a seguir y Martucci agregó-: Primero lo uno y después lo otro. -Al ver que Brunetti no se daba por satisfecho, dijo entonces-: Al principio, trabajaba para él, pero hace un año convinimos que, a finales de este año, pasaría a ser socio de la firma.

– ¿A partes iguales?

Martucci mantuvo la mirada y la voz tranquilas.

– Eso no lo habíamos discutido.

A Brunetti le pareció esto una curiosa omisión, especialmente entre abogados. Una omisión curiosa o, puesto que la otra parte del acuerdo había muerto, más que curiosa.

– ¿Y en el caso de que él muriera?

– De eso no hablamos.

– ¿Por qué?

La voz de Martucci tenía ahora un tono áspero.

– La razón me parece evidente. La gente no piensa que va a morir.

– Pero se muere -observó Brunetti.

Martucci hizo oídos sordos al comentario.

– Y ahora que el signor Trevisan ha muerto, ¿asumirá usted la responsabilidad del bufete?

– Si la signora Trevisan me lo pide, sí.

– Comprendo -dijo Brunetti y, volviendo a centrar la atención en Martucci, preguntó-: Así pues, ¿podríamos decir que ha heredado usted los clientes del signor Trevisan?

Era visible el esfuerzo que tenía que hacer Martucci para dominar la impaciencia.

– Siempre y cuando ellos deseen seguir confiándome sus asuntos.

– ¿Y lo desean?

– Es todavía muy pronto para saberlo.

– ¿Y el signor Lotto? -preguntó Brunetti cambiando de rumbo-. ¿Cuál era su relación, o su asociación, con el bufete?

– Era el gestor y asesor financiero -respondió Martucci.

– ¿Tanto suyo como del signor Trevisan cuando trabajaban juntos?

– Sí.

– ¿Y después de la muerte del signor Trevisan, el signor Lotto siguió en sus funciones?

– Desde luego. Conocía perfectamente la firma. Hacía más de quince años que trabajaba para Carlo.

– ¿Y pensaba usted mantenerlo en el cargo?

– Por supuesto.

– ¿El signor Lotto tenía algún derecho sobre el bufete?

– No le entiendo.

A Brunetti le pareció extraña esta incomprensión, ya que la pregunta era clara y pertinente y Martucci, en su calidad de abogado, debía entenderla.

– ¿Estaba el bufete constituido en sociedad y poseía el signor Lotto alguna participación? -preguntó Brunetti.

Martucci no contestó inmediatamente.

– Que yo sepa, no, pero podía existir un acuerdo privado entre ellos.

– ¿Qué clase de acuerdo?

– Lo ignoro. El que ellos hubieran deseado establecer.

– Ya -dijo Brunetti. Entonces, en tono coloquial, preguntó-: ¿Y la signora Trevisan?

El silencio de Martucci indicó que estaba esperando la pregunta.

– ¿Qué?

– ¿Tiene ella alguna participación en la firma?

– Eso depende de los términos del testamento de Carlo.

– ¿No lo redactó usted?

– No; lo hizo él personalmente.

– ¿Y no tiene idea del contenido?

– Claro que no. ¿Cómo iba a tenerla?

– Pensaba que, siendo socios… -empezó Brunetti, y dejó que un ademán vago y amplio terminara la frase.

– Yo no era socio todavía, ni lo habría sido hasta principios del año próximo.

– Desde luego -recordó Brunetti-. Pero creí que, dada su relación, pudiera tener idea del contenido.

– Ninguna.

– Comprendo. -Brunetti se puso en pie-. Creo que eso es todo por el momento, signor Martucci. Le agradezco su colaboración.

– ¿Eso es todo? -preguntó Martucci levantándose-. ¿Puedo marcharme?

– Desde luego -dijo Brunetti y, en prueba de su buena voluntad, fue a la puerta y la abrió. Después de despedirse, Martucci salió del despacho. Brunetti y Vianello esperaron unos minutos y abandonaron el edificio a su vez, para regresar a Venecia.

Cuando la lancha de la policía los dejó en el embarcadero de la questura, Brunetti y Vianello habían coincidido en que Martucci había parecido estar preparado para ser interrogado respecto a la signora Trevisan y había respondido con serenidad, pero era evidente que las preguntas sobre el difunto marido y su asociación profesional le ponían nervioso. Hacía ya mucho tiempo que Vianello trabajaba para Brunetti, y no era necesario que éste le ordenara hacer las indagaciones necesarias -vecinos, amistades, esposa- para comprobar la declaración de Martucci y obtener la confirmación de que estaba en casa la noche antes. Aún no se había hecho la autopsia, pero, a causa de los efectos del intenso calor acumulado en el interior del coche, iba a ser muy difícil determinar la hora exacta de la muerte.