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Della Corte sonrió y asintió, como felicitando al camarero por su civismo.

– Continúe -dijo.

– No creo que pueda añadir gran cosa a lo que le he dicho esta mañana, capitano. Él estaba con una mujer, ya se la he descrito por teléfono.

– ¿Puede repetir ahora lo que me ha dicho? -le pidió Della Corte.

– Era alta, tan alta como él, ojos y piel claros, y el pelo casi rubio, pero no del todo. Era la misma de otras veces.

– ¿Habían estado aquí antes?

– El mes pasado y también este verano, no sabría decirle cuándo exactamente. Sólo recuerdo que hacía mucho calor y que ella llevaba un vestido amarillo.

– ¿Cómo se comportaban? -preguntó Della Corte.

– ¿Se refiere a sus modales?

– No; me refiero a cómo estaban el uno con el otro.

– Ah, ¿quiere decir si había algo entre ellos?

– Sí -respondió Della Corte, y movió la cabeza de arriba abajo.

– No lo creo -dijo el camarero, y reflexionó. Después de una pausa prosiguió-: Desde luego, no estaban casados. -Antes de que Della Corte pudiera preguntar, el camarero explicó-: No sé por qué lo digo, pero a lo largo de los años he observado a una infinidad de parejas, y cuando están casados se nota, por su forma de tratarse. Quiero decir que, aparte de si son felices o no en su matrimonio y hasta de si se odian, siempre están cómodos con el otro. -Agitó las manos, desesperando de poder dar una explicación. Brunetti sabía lo que el hombre quería decir, pero tampoco hubiera podido explicarlo.

– ¿Y ellos no daban esa impresión? -preguntó Brunetti, hablando por primera vez.

El camarero movió negativamente la cabeza.

– ¿Sabe de qué hablaban?

– No -dijo el hombre-, pero lo que fuera les alegraba. Él sacó unos papeles y se los enseñó. Ella estuvo mirándolos un rato. Para eso se puso las gafas.

– ¿Tiene idea de qué eran los papeles? -preguntó Della Corte.

– No, señor. Cuando les serví la pasta, ella se los devolvió.

– ¿Y él qué hizo?

– Debió de guardarlos en el bolsillo. No me fijé. -Brunetti miró a Della Corte, que sacudió la cabeza indicando que no se habían encontrado papeles en los bolsillos de Favero.

– ¿Podría decirnos algo más sobre el aspecto de la mujer? -preguntó Della Corte.

– Pues, como le digo, unos treinta y tantos años. Alta, pelo claro, aunque no color natural. Pero tenía la piel blanca y los ojos claros, de modo que quizá no era teñido sino sólo aclarado.

– ¿Algo más? -preguntó Brunetti sonriendo y tomando un sorbo de calvados, para dar a entender que la pregunta no tenía especial importancia.

– Bueno, ahora que sé que él ha muerto, que se ha suicidado, no sé si lo noté entonces o se me ocurrió después, cuando ya sabía lo que le había ocurrido. -Ni Della Corte ni Brunetti preguntaron ahora-. Entre ellos había algo raro. -El hombre barrió unas migas con los dedos de una mano recogiéndolas con la palma de la otra mano, estuvo un instante sin saber qué hacer con ellas y se las echó al bolsillo de la chaqueta.

Ante el silencio de los dos policías, el hombre prosiguió, hablando lentamente, como si por primera vez diera forma a un pensamiento.

– Hubo un momento, mientras ella repasaba los papeles, en que levantó la cara y lo miró de un modo…

– ¿De qué modo? -preguntó al fin Della Corte, después de un largo silencio.

– No sé, no como si estuviera enfadada ni nada parecido. Más bien como se mira en el zoo algo nunca visto. Como si él fuera de otra especie o hubiera salido de una nave espacial. No sé si me explico… -Su voz se apagó y la frase quedó en el aire.

– ¿Le pareció una mirada amenazadora?

– Oh, no, en absoluto. -Movió la cabeza con énfasis, deseoso de convencerles-. Eso es lo extraño, que no había cólera. No había nada. -Hundió las manos en los bolsillos y sonrió, incómodo-. Perdonen que no sepa explicarme mejor.

– ¿Él se dio cuenta?

– No, señor. En aquel momento servía vino. Pero yo lo vi.

– ¿Y las otras veces que estuvieron aquí? -preguntó Brunetti-. ¿Había buen ambiente?

– Oh, sí, señor. Las otras veces, sí. Y no es que la otra noche no lo hubiera. Estaban cordiales, pero de un modo semiformal.

– ¿Sacaron papeles las otras veces?

– No, señor. Estaban como dos amigos, mejor dicho, como dos empresarios o profesionales. Eso es, como dos hombres en una comida de negocios. Quizá eso es lo que siempre me pareció curioso, porque ella era muy atractiva y él, un hombre apuesto, pero entre ellos no había esa tensión que se observa entre un hombre y una mujer. Sí, ahora que lo pienso, eso era lo extraño. -Sonreía, satisfecho de haberlo descubierto.

– ¿Recuerda qué bebían? -preguntó Brunetti. El camarero y Della Corte lo miraron con extrañeza.

El hombre reflexionó.

– Barolo -dijo al fin-. Un tinto con mucho cuerpo que iba bien con los bistecche. Y, con el postre, vin santo.

– ¿Él se levantó de la mesa alguna vez? -preguntó Brunetti, pensando en la graduación de los vinos y en la posibilidad de echar algo en una copa.

– No recuerdo. Quizá.

– ¿Recuerda si pagó con tarjeta? -preguntó Brunetti.

– No, señor; en efectivo, y me parece que las otras veces, también.

– ¿Sabe si había venido otras veces, además de las ocasiones en las que usted los vio?

– He preguntado a los otros camareros, y ninguno los recuerda. No es probable. Cerramos los martes y miércoles y todos los otros días yo estoy aquí. No he faltado ni un solo día en trece años, por lo que, si vinieron, yo tenía que estar aquí, y no recuerdo haberlos visto más que la semana pasada y las otras dos veces. A ella la recordaría.

Della Corte miró a Brunetti, pero éste movió la cabeza negativamente. No tenía más preguntas, por el momento. Della Corte sacó una tarjetita del bolsillo.

– Si recuerda algo más, llámeme a la questura -dijo entregándole la tarjeta. Luego, con estudiada naturalidad, agregó-: Pregunte directamente por mí.

El camarero guardó la cartulina, se levantó y se alejó de la mesa, pero entonces, bruscamente, se paró y volvió sobre sus pasos.

– ¿Quieren las gafas de la mujer? -preguntó a boca-jarro.

– ¿Cómo dice?

– Las gafas. Ella las olvidó. Quedaron en la silla que tenía a su lado. Debió de quitárselas después de mirar los papeles y las olvidó. Las encontramos cuando ya se habían ido. ¿Las quieren?

Della Corte reaccionó inmediatamente.

– Sí, por supuesto.

El camarero desapareció para volver a los pocos instantes trayendo en una mano unas gafas con montura metálica. Levantándolas para mostrarlas a los dos policías, dijo con una satisfacción casi infanticlass="underline"

– Miren. -Asió una varilla con cada mano y dobló la montura hacia afuera como si las gafas fueran de goma y él, un hábil prestidigitador que las hubiera convertido en una rosquilla. Luego retiró la tensión y las gafas recuperaron inmediatamente su forma original-. Es fantástico, ¿verdad? -dijo. El hombre dio las gafas a Della Corte y se alejó en dirección a la cocina.

– ¿Por qué no se rompen? -preguntó Della Corte, retorciendo la montura como había visto hacer al camarero.

– Titanio -respondió Brunetti, aunque la pregunta había sido puramente retórica.

– ¿Cómo? -preguntó Della Corte.

– Titanio -repitió Brunetti-. El mes pasado, mi mujer se cambió las gafas de lectura y me habló de esas monturas. ¿Me permite? -preguntó alargando la mano. Della Corte se las dio, y Brunetti se las acercó a los ojos y las examinó atentamente-. Mire -dijo devolviéndolas a Della Corte mientras señalaba con el índice la minúscula marca que había en una de las varillas, cerca de la bisagra.