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¡Tiempos aquéllos! Todavía tenía que inventar él nuevos negocios fantásticos, y conversarlos, y planearlos, y entramparse hasta los ojos, y fracasar varias veces, antes de que, compadecido del pobre pueblo sufridor, y de sí mismo, descubriera su vocación política.

– ¡Qué verdad es -observó Loreto- que sin esa mujer, Concha, jamás hubiera hecho Bocanegra lo que hizo ni hubiera llegado donde llegó! Talento no le faltaba, ya se pudo ver, pero fue ella, y nada más que ella, quien le dio la idea; no sólo la idea (la idea no es nada): quien le dio el impulso, la constancia, los ánimos, la voluntad indomable que una cruzada así requiere, sobre todo al comienzo, cuando no se es nadie y cualquier pretensión parece demasiado osada…

Loreto se levantó de su asiento y fue a buscar en una gaveta; enseguida me alargó una fotografía amarillenta. Ahí estaba Bocanegra con sus polainas ya, y un sombrero de ala ancha sobre los ojos, en medio de su estado mayor de «pelados». Y, entre ellos, única mujer en el grupo, doña Concha, bien joven, casi una niña por su aspecto, sonriéndole a la cámara fotográfica. ¿Para qué me enseñaba a mí eso? Sentí una cosa rara, especie de náusea, o vértigo, no sé.

– Es todo un documento, una pieza de museo histórico -dije, y se la devolví.

Pero lo que a mí me interesaba saber eran los detalles de la muerte del senador Rosales, y ésos, o no los conocía Loreto, o no me los quiso comunicar. Me aseguró, sí, que el asesinato en las gradas del Capitolio no había sido cosa de doña Concha; por lo menos, que no era ella quien lo había dispuesto; pero de ahí no pasaban sus noticias… Lo que me llamaba la atención es que esa mujer no hubiera dado por saldada su deuda ni aun después de que liquidaron al ofensor. A la señora presidenta se le hacía insufrible el hecho de que don Luisito, el otro hermano, hubiera entrado luego a formar parte del gobierno, hasta el punto de no perdonárselo nunca a su marido. Se ve que el antiguo e inconfesable agravio recibido de Rosales estaba ahora recubierto por motivos de odio político, y éste ofrecía fáciles razones de apariencia impersonal, o suprapersonal, para cohonestar la inquina; de modo que el acto de Bocanegra al decretar ese nombramiento combatido por ella con tanta vehemencia le pareció, no sólo un bofetón, sino algo así como una deslealtad hacia la causa por la que habían luchado juntos, y hasta una traición al pueblo.

– Entonces, en último análisis, y si las cosas se conducen hasta sus causas primeras, lo que a Bocanegra le ha costado la vida habría sido aquella decisión suya de meter en el gabinete a uno de los Rosales -resumí yo en tono de conjetura. Loreto parpadeó, sin entender bien al comienzo-. Digo -le aclaré-; puesto que eso determinó el primer desacuerdo serio, constituyendo una fuente de resentimiento para…

– Sí, sí, así es -se apresuró ella-: Todo lo que ha pasado puede considerarse como una revancha de los Rosales. En cierto modo. Una revancha póstuma. ¿Quiere que le diga una cosa? En el fondo de su alma, Concha seguía teniéndoles miedo. No sólo odio: miedo también. Aunque parezca extraño, una vez que hubo logrado acabar con su poderío, y cuando los vio destruidos, su odio se transformó en miedo. Estoy convencida de que su actitud (bastante irracional, como le reprochaba Bocanegra), su oposición cerrada al nombramiento de don Luisito para ministro de Instrucción, estaba dictada, más que nada, por el miedo. Lo que se dice un miedo irracional. Irracional, pero muy justificado, como después hemos visto…

Yo guardé silencio, y esperé. Me había dado cuenta de que, en su cabeza de chorlito, se agitaban pensamientos extraños, y no quería yo disiparlos o desviarlos llevándola al hecho de que, por resentimiento contra su marido, o por ambición, o por lo que fuere, había sido la misma doña Concha quien desató la catástrofe. En vez de eso, me limité a una reflexión anodina.

– La verdad es -dije- que nunca se sabe.

– O, cuando viene a saberse, ya no hay remedio -replicó ella. ¿En qué estaría cavilando? Continuó-: Con todo su miedo, era bien imprudente, sin embargo, la pobre, y no podía estarse quieta. ¡Caro le ha costado! A otros, el miedo los paraliza; a ella no; ella no podía estarse quieta.

Miró al techo, y yo seguí su mirada: un techo pintado de color crema, con absurdos florones en el centro y las esquinas; se balanceó en su butaca de mimbres, y yo le observé los pies, un poco hinchados dentro de los zapatos donde los había embutido para recibir mi visita. Prosiguió en tono soñador:

– Si uno tiene cosas sobre la conciencia, más vale dejar en paz a los difuntos. Y ¿quién, cuando ya no es tan joven, no tiene algo sobre la conciencia? En fin, el propio Tadeo Requena se resistía como gato panza arriba; y en cuanto a mí, para qué le cuento: nunca me gustó ese jueguito de invocar a los espíritus. Uno mete el dedo en el enchufe y, ¡claro!, termina por darle la corriente. Pero cuando a ella se le había puesto algo en la cabeza no había manera de resistírsele. ¡Menuda descarga tuvo que sufrir al hacerse presente de improviso, en medio de una sesión más bien sosona, como un rayo, el espíritu del senador Rosales! Irrumpió a su manera brusca; y no necesito decirle a usted el susto. La médium se pone rígida como un palo, pega con la cabeza en la pared tremendo calamorrazo, y empieza a hablar de una manera tan altiva que hubiera sido bastante ya para conocer en ella al senador. Venía con el designio de dirigir a Tadeo el mensaje, la orden mejor dicho, porque en realidad era una orden… Concha se descompuso; nunca la he visto tan lívida, tan aterrorizada como en aquel instante.

Se comprenderá que, oyendo lo que Loreto me había empezado a contar, yo no respiraba siquiera. Sorbía sus palabras, y temblaba de pensar que, llegada a ese punto, pudiera todavía defraudarme, arrepentirse de la confidencia que me estaba haciendo, quizás sin medir demasiado su alcance. Para impedirlo, arriesgué una pequeña jugada.

– Pero, ¿cómo? -me extrañé-. Pues ¿acaso todo ello no era una farsa preparada por doña Concha para inducir a su amante? Fingiría terror, no digo que no…

– Pinedo, créame -replicó ella-: como que me llamo Loreto, eso estaba muy lejos de ser fingido. Nuestra amistad no databa de ayer; y yo la había visto antes en situaciones difíciles, se lo aseguro. A otro hubiera podido engañar; pero no; no era una comedia el ataque de nervios que tuvo, luego, a solas conmigo, en mi habitación. Ni la insultada feroz que al día siguiente le pegó a la médium, llamándola marrana, como si la infeliz tuviera la culpa del lenguaje usado por Rosales, y amenazándola con policía y cárcel. Naturalmente, nada hizo, porque bien sabía que los difuntos se ríen de celdas y calabozos. Eliminó, sí, a aquella médium, que era excelente; pero de poco le valió: el martes próximo volvía a presentarse el senador para repetir y remachar por labios de otro el encargo dado a Tadeo de librar del tirano al país, si no quería sucumbir él también a sus manos. Desde ese día hasta su muerte horrible, la pobre Concha no hizo ya sino puros desatinos, como quien obra bajo el imperio del terror.

– ¿Y Tadeo? -pregunté yo entonces-. ¿Cuál fue su reacción? ¿Creería el mensaje?

– El hecho de haber terminado asesinando a Bocanegra demuestra que lo creyó, y que lo obedeció, aunque en un principio se resistiera. El muchacho era bastante testarudo, pero cayó en la trampa. Tengo la impresión de que necesitó para rendirse a la evidencia que el otro Rosales, don Luisito, cuyo tránsito estaba muy reciente, pues no hacía mucho más de un mes que se había suicidado, viniera, como en efecto vino, a reforzar con sus frases persuasivas las terribles conminaciones del senador.