Выбрать главу

Sergio se quedó mudo. Yo permanecí sentada, incapaz de moverme. Ella sí fue capaz de actuar. Nos amenazó con la mano enguantada y avanzó hacia nosotros. Yo esperé un ataque físico, pero no nos tocó.

Me pareció más alta, más grande que en su casa. Llevaba un traje negro con el cuello de piel. Sus tacones finísimos la hacían más esbelta. Era joven, pero su rostro crispado había envejecido repentinamente. De sus labios surgieron palabras que me golpearon con fuerza inusitada.

«Era verdad», gritó. «Nunca lo hubiera esperado de ti.» Se dirigió a mí en un principio como si no viera a su hijo o como si le considerara víctima de mi perversión. Luego habló en pluraclass="underline" «Estáis locos… No tenéis vergüenza… No pensáis en las consecuencias de vuestros actos. Sois basura…»

Sergio permanecía paralizado. No intentaba calmar a su madre y tampoco trató de acercarse a mí, de hacer el menor gesto de protección o ayuda. De pronto reaccioné. Recogí la gabardina y me fui hacia la puerta, que seguía abierta. No la cerré. Escaleras abajo seguía oyendo el tono agrio de la madre ofendida, recriminando a Sergio.

Aquella noche no pude dormir. Como una pesadilla, la escena del estudio volvía a repetirse una y otra vez en mi imaginación. Trataba de revivir mis impresiones, la sorpresa, el miedo, la humillación y la vergüenza. Y la certidumbre irreparable de la cobardía de Sergio.

La tortura del insomnio me acompañó hasta el amanecer. Esperaba la llegada del día como una salvación. Pero ¿qué esperaba? Nada que pudiera hacer retroceder el tiempo hasta un momento antes de la irrupción de la madre de Sergio en nuestra intimidad. Nada ante la sorprendente conducta de Sergio. Nada después de las palabras pronunciadas y de las que no se pronunciaron. Reconstruí el instante en que decidí desaparecer. Fue una decisión urgente y perfectamente lúcida. Como un relámpago me había deslumbrado la claridad inevitable de un final. Nunca jamás, me repetía. Es el final y para siempre.

Cuando abandoné el estudio, las últimas palabras que oí se referían a mí: «Se lo haremos saber a Octavio. Debe saberlo. Es nuestra obligación.» Pero Octavio no lo supo nunca. No fue necesario. A primera hora del día siguiente llegó un telegrama. «Octavio ha muerto. No vengas. Sigue carta. Te quiero mucho. Mamá.»

«¡Qué día, cielo santo! Qué día para morir», lloriqueó doña Lola. Había esperado en la puerta de mi habitación, convencida de la catástrofe que encerraba el papel azul doblado. «El día de Todos los Santos, ¿será posible?» Una serenidad imprevisible me dominaba. La conciencia del derrumbe total había alejado el temor a ese derrumbe. La catástrofe me pertenecía, la había aceptado, ya era mía, y no me amenazaría nunca más. Lentamente desayuné, me arreglé, decidí poner un telegrama a México antes de ir a la facultad. Llamé a Margarita muy temprano y le di la noticia de la muerte de Octavio. Prometió ir a buscarme a la segunda hora de clase, en cuanto ella resolviera sus ocupaciones más urgentes.

Doña Lola me miraba un poco extrañada: «Ay, qué malo es estar tan serena. Llora y desahógate, hija mía, que te sentirás mejor.» Pero no podía llorar. «Llama a don Lucas, que era amigo de tu padrastro y se portó tan bien contigo…» «Es demasiado tarde», le contesté. Y ella se me quedó mirando sorprendida, temerosa de que hubiese perdido la razón. «Querrás decir demasiado temprano, criatura», observó. Cuando alcancé la calle miré atrás y allí estaba, asomada tras los visillos viéndome partir, preocupada por mí y sin saber cómo emplear su compasión cargada de buenas intenciones.

Margarita me dejó hablar. «Lo esperaba», le dije, «pero no tan pronto. O si. En realidad sabía que ocurriría pero no me atrevía a calcular cuándo… Mi madre no ha tenido mucha suerte. Y luego está su terrible pesimismo. Aunque ese pesimismo le va a servir ahora de consuelo. A ella le da miedo la felicidad. Siempre que ocurre algo bueno se siente en falta. Cree que es una aberración ser feliz, algo que no se espera de la condición humana. Por eso hay que pagar un precio enorme por los momentos felices…»

Yo hablaba y hablaba, y Margarita me dejaba hablar. Era la medicina que necesitaba. Era mi terapia. «Recuerdo a mi madre siempre de negro, negro sobre negro. Primero fue España. Y luego México, que no es alegre. Parece alegre por el color. Pero mi madre se dio cuenta enseguida, comprendió que la naturaleza, el fondo del pueblo mexicano es en blanco y negro. Captó esa ausencia de color en lo más profundo de lo mexicano. El color, allí, arropa lo externo, es lo externo. Pero por dentro el negro lo invade todo… El negro es la nada, el vacío, el no ser. El blanco es la fría luz de la conciencia, la percepción de lo que está bien, la verdad en estado puro e inalcanzable. Sin embargo, el color es una agresión, es la confusión, el exceso, el derroche. Me parece que mi madre siente la vida en "blanco y negro.»

De pronto no pude continuar. Margarita escuchaba, respetuosa, mis desordenadas confesiones. «Perdona mi desahogo», le dije, «lo estaba necesitando.» Ella sonrió en silencio, esperando. Porque era evidente que no había terminado. Que quizá lo más importante era lo que me faltaba por decir. Estábamos sentadas ante el velador de un café que solíamos frecuentar últimamente. A esa hora, el lugar estaba tranquilo. Sólo algunos viejos miraban pasar las sombras de los recuerdos a través del cristal. Me armé de valor y dije: «He terminado para siempre con Sergio…»

Pasaron los días y yo circulaba de un lado a otro llevada por las rutinas cotidianas. Mi congoja oscilaba entre el recuerdo de la muerte de Octavio y la increíble deserción de Sergio. Escribí a mi madre una carta larga y meditada. Por primera vez fui yo la consejera, la protectora, «por favor, cuídate mucho. No caigas en tu eterno negativismo. No entiendo por qué no aprovechas este momento para hacer un viaje a España. Franco vive, pero el país también vive, y es tu país… Hay que tener el valor para regresar. El valor moral, porque a ti no va a ocurrirte nada. Te fuiste voluntariamente y puedes volver cuando quieras».

Mi carta se cruzó con la suya. «Ya sé lo que vas a decirme: que regrese a España. Pero no puedo ni quiero. La hacienda me necesita por ahora y Merceditas está la pobre tan desconcertada que no puedo pensar en abandonarla aunque tenga a su marido y a sus tíos. Está embarazada y se lamenta de que el niño no haya nacido a tiempo para que lo conociera Octavio. Pero el niño no nacerá hasta junio y quiero estar aquí cuando eso ocurra. En cuanto a ti, termina tu carrera tranquila y luego ya hablaremos. Quizás en el verano te apetezca venir. En este momento sólo serías una más a sufrir y yo quiero evitarte el sufrimiento…»

El otro sufrimiento, el que mi madre no podía imaginar, persistía. Sergio no daba señales de vida, pero no me sorprendió.

Con Margarita, el día de nuestro encuentro, analicé minuciosamente las razones de la incoherente actitud de Sergio. ¿Dónde estaba su rebeldía? ¿Dónde sus afanes revolucionarios, sus ataques al sistema, su enardecimiento cuando ensalzaba la libertad de costumbres de los jóvenes en Londres o en París? Todo era un gran engaño, una falacia, una ambivalencia profunda. Margarita movió la cabeza dubitativamente: «No estoy tan segura de que las cosas sean exactamente así. Sergio hubiera sido valiente ante un comisario de policía que hubiese entrado en su estudio a detenerle. Valiente y firme. Pero su madre es otra cosa. No es que él esté de acuerdo, es que se considera incapaz de liberarse. Sergio puede ir a la cárcel por su actividad política, pero no romperá con su familia por ti…»