– Cristo…
– ¡No, Cristo no; Cristo no tiene nada que ver con esto! Pero, espera, me has dado una idea, idiota.
Mason se dirigió hacia Underwood, que seguía mirando la lluvia por la ventana.
– Es algo que hay que pensar -le dijo.
– Uh -dijo Underwood.
– Deja de pensar en tu polla, Cliff. Piensa en esto.
– ¿En qué?
– Cristo en patines. Tiene posibilidades ilimitadas.
– Sí. Sí. Podemos enfrentarle con el diablo.
– Eso es bueno. Sí, el diablo.
– Podemos incluso hacer algo con la Cruz.
– ¿La Cruz? No, ya hay bastante tomate.
Mason se volvió hacia Chonjacki. Chonjacki seguía allí. Se sorprendió de verle. Si se hubiera encontrado con un mono allí sentado, se hubiera sorprendido menos. Mason había visto muchas cosas. Pero no era un mono, era Chonjacki. Tenía que hablar con Chonjacki. Deber, deber… todo por el alquiler, un pedazo ocasional de culo y un entierro en el campo. Los perros tienen pulgas, los hombres tienen problemas.
– Chonjacki -dijo-, por favor, déjame que te explique algo. ¿Me escuchas? ¿Eres capaz de escuchar?
– Estoy escuchando.
– Esto es un negocio. Trabajamos cinco noches a la semana. Salimos en televisión. Alimentamos familias. Pagamos impuestos. Votamos. Compramos papeletas de los jodidos policías como cualquier otro. Sufrimos dolor de muelas, insomnio, enfermedades venéreas. Nos gusta celebrar las Navidades y el Año Nuevo como todo el mundo. ¿Entiendes?
– Sí.
– Incluso, a veces, nos deprimimos. Somos humanos. Yo incluso, a veces me deprimo. Algunas veces me siento como si llorara en medio de la noche. Tan cierto como el infierno que me sentí llorar la pasada noche cuando le rompiste las dos costillas a Wellborn…
– ¡Me estaba puteando, señor Mason!
– Chonjacki, Wellborn no tocaría un pelo del codo izquierdo de tu abuela. El lee a Sócrates, Robert Duncan y W. H. Auden. Ha estado en la Liga cinco años y no ha causado el suficiente daño físico para molestar siquiera a una vieja beata…
– Me estaba atacando, me acosaba, me estaba gritando…
– Oh, Cristo -dijo Mason, dulcemente. Puso su puro en el cenicero-. Hijo, te lo he dicho. Somos una familia, una gran familia. No nos hacemos daño entre nosotros. Nos hemos conseguido la mejor audiencia subnormal de todos los deportes. Hemos reunido a la mayor masa de idiotas vivos que nos meten el dinero directamente en nuestros bolsillos. ¿Te das cuenta? Hemos sacado al clásico idiota de la lucha profesional, de Me gusta Lucy, y de George Putnam. Lo tenemos en nuestras manos, y no creemos en cualquier intento de maldad o violencia por parte de nuestros chicos. ¿Cierto, Cliff?
– Cierto -dijo Underwood.
– Vamos a hacerle una demostración.
– De acuerdo.
Mason se levantó de su escritorio y se fue hacia Underwood.
– Tú, hijo de puta -dijo-. Te voy a matar. Tu madre se traga sus propios pedos y tiene un conducto urinario sifilítico.
– Tu madre come mierda de gato vomitada -dijo Underwood.
Se fue desde la ventana hacia Mason. Mason pegó primero. Underwood rodó por encima del escritorio.
Mason le hizo una llave alrededor del cuello con el brazo izquierdo y le pegó en la cabeza con el puño y el antebrazo derechos.
– Las tetas de tu hermana le cuelgan por debajo del coño y se mojan en la orina cuando caga -le dijo Mason a Underwood. Underwood le cogió del brazo de espaldas y lo volteó por encima suyo. Mason rodó contra la pared y chocó estruendosamente. Entonces se levantó, fue hacia su escritorio, se sentó en la butaca, cogió su puro y le dio una chupada. Seguía lloviendo. Underwood volvió a apoyarse contra la ventana mirando las gotas de lluvia.
– Cuando un hombre trabaja cinco noches por semana no puede permitirse el lujo de ser lastimado. ¿Entiendes, Chonjacki?
– Sí, señor.
– Ahora mira, chico, aquí tenemos una regla general, que es… ¿Estás escuchando?
– Sí.
– …que es: Cuando alguien en la Liga hace daño a otro jugador, queda fuera del juego, fuera de la Liga; de hecho, desaparece como jugador, entra en la lista negra de cualquier torneo en América. Y puede que en Rusia y China y Polonia también. ¿Te metes eso en la cabeza?
– Sí.
– Ahora vamos a dejarte pasar esto porque hemos gastado mucho tiempo y dinero en fabricarte. Eres el Mark Spitz de nuestra Liga, pero podemos barrerte igual que ellos pueden barrerle a él, si no haces exactamente lo que te digamos.
– Sí, señor.
– Pero eso no quiere decir que te tumbes de espaldas. Tienes que actuar violentamente sin ser violento. ¿Te enteras? El truco del espejo, el conejo fuera del sombrero, el túnel lleno de boloña. Les encanta ser engañados. No saben la verdad, pero tampoco quieren saberla, les hace sentirse desgraciados. Nosotros les hacemos felices. Y conducimos coches nuevos y mandamos a nuestros hijos al colegio. ¿Cierto?
– Cierto.
– Está bien, lárgate echando leches de aquí.
Chonjacki se dispuso a marcharse.
– Y, chico…
– ¿Sí?
– Date un baño de vez en cuando.
– ¿Qué?
– Bueno, a lo mejor no es de eso. ¿Usas suficiente papel higiénico cuando te limpias el culo?
– No sé. ¿Cuánto es suficiente?
– ¿No te lo dijo nunca tu madre?
– ¿El qué?
– Te limpias hasta que no veas más mierda.
Chonjacki se quedó allí de pie, mirándole.
– De acuerdo, puedes irte ahora. Y, por favor, recuerda todo lo que te he dicho.
Chonjacki se fue. Underwood se acercó y se sentó en la silla vacía. Sacó su puro de 15 centavos de después de la comida y lo encendió. Los dos hombres se quedaron allí sentados por cinco minutos sin decir nada. Entonces sonó el teléfono. Mason lo cogió. Escuchó, luego dijo:
– ¿Oh, la tropa de Boys Scouts 763? ¿Cuántos? Claro, claro, bueno, los dejaremos a mitad de precio. El domingo por la noche. Reservaremos una sección. Claro, claro. Ah, está bien. -Colgó-. Gilipollas -dijo.
Underwood no contestó. Se quedaron sentados escuchando la lluvia. El humo de sus cigarros hacía dibujos caprichosos en el aire. Se quedaron allí sentados, fumando, escuchando la lluvia y mirando los dibujos del humo. El teléfono sonó de nuevo y Mason hizo una mueca. Underwood se levantó de su silla, se acercó y lo contestó. Era su turno.
Un mozo de cuerda con la nariz roja
La primera vez que me encontré con Randall Harris, él tenía 42 años y estaba viviendo con una mujer de pelo gris, una tal Margie Thompson. Margie tenía 45 años y no era demasiado guapa. Yo estaba editando por ese tiempo la pequeña revista Mad Fly y había ido a visitarlos en un intento de conseguir algún original de Randall.
Randall era conocido como un hombre aislado e insociable, un borracho, antipático y amargo, pero sus poemas eran crudos, crudos y honestos, simples y salvajes. Estaba escribiendo como ningún otro por ese tiempo. Aparte, trabajaba como mozo de cuerda en un jodido almacén.
Me senté delante de Randall y Margie. Eran las siete y cuarto de la tarde y Harris ya estaba borracho de cerveza. Puso una botella delante mío. Yo había oído hablar de Margie Thompson. Era una comunista de los viejos tiempos, una salva-mundos, una mensajera de bondad. Uno se preguntaba qué estaba haciendo ella con Randall, al que todo le importaba tres cojones y además lo admitía.
– Me gusta fotografiar la mierda -me dijo-, ése es mi arte.
Randall había comenzado a escribir a la edad de 38 años. A los 42, después de tres libros breves {La muerte es un perro más sucio que mi país, Mi madre se folló a un ángel y Los caballos meones de la locura), estaba consiguiendo lo que se dice la aclamación de la crítica. Pero él no se creía nada de su escritura ni de nadie, y decía:
– No soy más que un jodido mozo de cuerda en la marea aplastante de mierda y saliva negra.