— Y sólo un ser muy cultivado temería un exceso de placer. El titerote tiene razón — dijo Interlocutor-de-Animales — Si las descargas del tasp fueran frecuentes, acabaría convertido en el obediente esclavo del titerote. ¡Yo, un kzin, sometido a la voluntad de un herbívoro!
— Subamos al «Tiro Largo» — dijo Nessus en tono grandilocuente —. Ya hemos perdido demasiado tiempo.
Luis fue el primero en subir a bordo del «Tiro Largo».
El bailoteo de sus pies sobre la superficie rocosa de Nereida no le sorprendió. Luis sabía moverse perfectamente en condiciones de reducida gravedad. Sin embargo, su cerebelo había esperado tontamente un cambio de gravedad al entrar en la cámara de aire del «Tiro Largo». Preparado como estaba para el cambio, tropezó y por poco se cae al no producirse éste.
— Sé que entonces conocían la gravedad inducida — masculló al entrar en la cabina.
Era una cabina primitiva, l ena de rígidos ángulos rectos, muy propicios para golpearse las rodillas y los codos contra ellos. Todo era más grande de la cuenta. Los indicadores estaban mal situados…
Además de primitiva, la cabina era pequeña. Cuando se construyó el «Tiro Largo» ya se conocía la gravedad inducida; pero, a pesar de que la nave tenía kilómetro y medio de ancho, no quedaba espacio para la maquinaria. Apenas si cabía un piloto.
El tablero de mandos y un indicador de masa, una ranura de alimentación, una cápsula de seguridad y detrás de ésta un espacio en el que podría acomodarse un hombre con la cabeza inclinada para no tocar el techo.
Luis se introdujo en ese espacio y abrió la espada variable del kzin hasta una longitud de un metro.
Interlocutor-de-Animales subió a bordo, cuidando de avanzar lentamente. Pasó junto a Luis sin detenerse y subió al compartimiento superior.
Allí se encontraba antes la sala de recreo del único piloto de la nave. Habían retirado los aparatos gimnásticos y la pantalla de lectura para instalar otras tres cápsulas de seguridad. Interlocutor se acomodó en una de ellas.
Luis le siguió escaleras arriba. Exhibió la espada variable sin darle mayor importancia; luego cerró la tapa de la cápsula del kzin y accionó un interruptor.
La cápsula se convirtió en un huevo con la superficie como un espejo. El tiempo quedaría detenido en su interior hasta que Luis desconectara el campo estático. Si la nave fuera a estrellarse contra un asteroide de antimateria, incluso el fuselaje se convertiría en vapor ionizado; sin embargo, la cápsula del kzin no perdería su reflectante acabado.
Luis se relajó. Todo parecía ahora una especie de danza ritual; sin embargo, la finalidad era bastante palpable. El kzin tenía buenas razones para querer robar la nave. El tasp no había cambiado en nada ese aspecto. No debía permitirle conseguir su propósito.
Luis volvió a la cabina del piloto. Decidió usar el circuito nave-traje.
— Adelante.
Unas cien horas más tarde, Luis Wu ya había salido del sistema solar.
5. La roseta
Las matemáticas del hiperespacio tienen sus singularidades. Cualquier masa lo suficientemente grande del universo einsteiniano está rodeada de una de estas singularidades. Fuera de ellas, las naves espaciales pueden desplazarse a velocidades superiores a las de la luz. En su interior, desaparecerían en el intento.
En esos momentos el «Tiro Largo» se hallaba a unas ocho horas-luz de Sol y fuera del radio de acción de la singularidad local de Sol.
Y Luis Wu gravitaba libremente en el vacío. Sentía tensión en las gónadas y un ligero malestar en el diafragma, y su estómago parecía a punto de eructar. Eran sensaciones pasajeras.
Al mismo tiempo experimentaba una paradójica ansia de volar…
Había viajado varias veces en sistema de caída libre, en la gran burbuja transparente del Hotel Ambulante, que giraba en torno a la Luna de la Tierra. Pero en esa cabina, el más leve movimiento de brazos supondría la rotura de algún elemento vital.
Había decidido efectuar la aceleración de despegue bajo la influencia de dos gravedades. Había pasado unos cinco días trabajando, comiendo y durmiendo en la cápsula del piloto, pese a que ésta estaba excelentemente equipada, se sentía sucio y despeinado; las cincuenta horas de sueño no habían sido suficientes para disipar su cansancio.
Luis veía un negro panorama ante sí. Empezaba a comprender que, desde su punto de vista, la expedición se caracterizaría por la incomodidad.
El cielo del alto espacio no se diferenciaba gran cosa del cielo de la noche lunar. Al sur de la galaxia relucía una estrella particularmente brillante; era Sol.
Luis accionó los mandos de los rotores. El «Tiro Largo» giró y las estrellas quedaron a sus pies.
Veintisiete, trescientos doce, mil. Eran las coordenadas que le diera Nessus justo antes de que Luis cerrara su cápsula de supervivencia. Indicaban la situación de la migración de titerotes. Y de pronto Luis advirtió que ello no correspondía a la dirección de las Nubes de Magallanes. El titerote le había mentido.
No obstante, reflexionó Luis, estaba a unos doscientos años luz de distancia. Y seguía la dirección del eje de la galaxia. Cabía la posibilidad de que los titerotes hubieran decidido salir de la galaxia por el camino más corto y luego desplazarse hasta la Nube Menor por encima del plano de la galaxia. Así podrían evitar todos los obstáculos interestelares: soles, nubes de polvo, concentraciones de hidrógeno, etcétera.
No tenía mayor importancia. Luis paseó las manos por el panel de mandos, como un pianista a punto de comenzar un concierto.
Estaban descendiendo.
El «Tiro Largo» desapareció.
Luis mantenía los ojos deliberadamente apartados del suelo transparente, Ya había dejado de preguntarse por qué no habían recubierto todas esas ventanas. Hombres muy sensatos habían enloquecido ante el espectáculo de la Zona Tenebrosa; sin embargo, había personas capaces de soportarlo. El piloto del «Tiro Largo» debió ser una de ellas.
Luis observó el indicador de masa: una esfera transparente situada sobre el panel de mandos, con una serie de líneas azules que irradiaban de su centro. Tenía un tamaño desmesurado, pese a las limitaciones de espacio de la cabina. Reclinó la cabeza y se quedó mirando las líneas.
Luis volaba sin apartar la mano izquierda del botón de emergencia.
La ranura de abastecimiento que tenía a la derecha le sirvió un café que sabía a rancio y, a continuación, una comida instantánea que se le deshizo en las manos, descomponiéndose en distintas capas de carne, queso, pan y una extraña hoja. La cocina automática no debía haber sido reprogramada en varios siglos Las líneas radiales del indicador de masa se hicieron gruesas y comenzaron a moverse hacia arriba como la manecilla de un reloj, para luego encogerse hasta desaparecer. Una borrosa línea azul que ocupaba el fondo de la esfera comenzó a alargarse… Luis apretó el botón de emergencia.
Un gigante rojo desconocido brillaba bajo sus pies.
— Demasiado rápido — gruñó Luis —. ¡Excesivamente rápido! ¡Nej!
En cualquier nave normal bastaba con controlar el indicador de masa cada seis horas poco más o menos. ¡En el «Tiro Largo» casi no se atrevía ni a parpadear!
Luis bajó la vista para contemplar el brillante disco rojo algo difuminado y el fondo de estrellas que tenía detrás.
— ¡Nej! ¡Ya hemos salido del espacio conocido!
Hizo girar la nave para observar las estrellas. A sus pies se extendía un cielo desconocido.
— ¡Son mías, todas mías! — exclamó Luis, frotándose las manos. Luis Wu se montaba sus propios espectáculos durante sus períodos sabáticos.
La estrella roja pasó a formar parte otra vez de su campo visual y Luis esperó a que se desplazara noventa grados más. Se había acercado demasiado a la estrella y ahora tendría que rodearla por completo.