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— ¿Te encuentras mejor?

— Sí, Teela. Como dice Luis, ya ha pasado lo peor. — El titerote iba dando saltos delante del grupo —. El Ser último será mi amor. Ahora sólo me falta regresar del Mundo Anillo.

Las calles eran blandas. A simple vista parecían de cemento con incrustaciones de partículas iridiscentes, pero caminar por ellas era como pisar un terreno húmedo y esponjoso. Después de recorrer una manzana muy larga, llegaron a un cruce.

— Nos dirigimos hacia allí — dijo Nessus, y señaló hacia delante con la cabeza —. No piséis el primer disco. Seguidme.

En el centro del cruce había un gran rectángulo azul. Cuatro discos azules rodeaban el rectángulo, uno frente a cada calle de acceso.

— Podéis pisar el rectángulo si queréis — explicó Nessus —, pero nunca pongáis el pie en un disco que no corresponda. Seguidme. — Circundó el disco más próximo, cruzó al otro lado, posó los cascos sobre el disco allí situado, y desapareció.

Por un instante, los tres permanecieron inmóviles, estupefactos. Luego Teela lanzó un aullido de guerra y saltó sobre el disco. Y también se esfumó.

Interlocutor-de-Animales bufó y dio un brinco. Un tigre no hubiera calculado mejor el salto. Luis se quedó solo.

— Por todos los demonios de las tinieblas — dijo maravillado. — Tienen cabinas teletransportadoras abiertas.

Y dio un paso adelante.

Se encontró de pie sobre un cuadrado situado en el centro del cruce siguiente, entre Nessus e Interlocutor.

— Tu compañera ha seguido adelante — explicó Nessus —. Parecía tener mucha prisa. Nos espera más adelante.

El titerote dio un paso al frente fuera del rectángulo. En tres pasos se colocó sobre un disco. Y se hizo humo.

— ¡Vaya sistema! — exclamó Luis. Había quedado solo otra vez, pues el kzin ya había seguido los pasos de Nessus —. Con sólo caminar, en tres pasos se recorre una manzana. Casi parece magia. ¡Y no importa cuán largas sean las manzanas!

Dio un paso al frente. Avanzaba como sobre botas de siete leguas. Corría apoyando sólo la punta de los pies y cada tres pasos cambiaba de escenario. Las señales circulares de las esquinas de los edificios debían ser indicadores, para que el peatón supiera cuándo había llegado a su destino. Entonces tendría que caminar alrededor de los discos y situarse en el centro de la calle.

La calle estaba flanqueada de escaparates que a Luis le hubiera gustado explorar. ¿O a lo mejor eran algo completamente distinto? Pero los otros le llevaban varias manzanas de ventaja. Luis localizó sus diminutas siluetas en el fondo de ese cañón de edificios. Aceleró el paso.

De pronto se topó con los dos extraterrestres que le bloqueaban el paso.

— Tenemos que girar aquí — dijo Nessus. Y avanzó hacia la izquierda.

— Un momento…

Pero el kzin también había desaparecido. ¿Dónde demonios estaría Teela?

Debía de haberse adelantado. Luis dio media vuelta a la izquierda y comenzó a caminar…

Botas de siete leguas. La ciudad iba quedando atrás como un sueño. Luis corría con la cabeza llena de fantasías. Vías rápidas a través de las ciudades, discos pintados de un color diferente, situados a un intervalo de diez manzanas. Discos de larga distancia situados a cien kilómetros uno de otro, cada uno en el centro de una ciudad y los rectángulos de recepción una manzana más abajo. Vías para cruzar los océanos: ¡un paso por isla! ¡Se podrían atravesar los mares saltando de isla en isla, como se cruza un río de piedra en piedra!

Cabinas teletransportadoras abiertas. Los titerotes estaban espantosamente avanzados. El disco quedaba a menos de un metro de distancia y comenzaba a operar ya antes de que uno apoyara todo su peso en él. Un paso y al dar el próximo apoyaba el pie sobre el siguiente rectángulo de recepción. ¡Nej! ¡Las aceras móviles quedaban pálidas al lado de eso!

Mientras corría, Luis comenzó a imaginar la figura de un titerote fantasma de cientos de kilómetros de altura, trotando delicadamente por un cordón de islas; pisaba con cuidado para evitar dar un traspié y mojarse las pantorrillas. Luego el titerote fantasma se hizo aún más grande y ahora caminaba de mundo en mundo… los titerotes estaban espantosamente adelantados…

Se habían terminado los discos y Luis se encontró al borde de un tranquilo mar negro. Sobre el horizonte del mundo, se alzaban en vertical cuatro gordas lunas llenas que destacaban contra el fondo de estrellas. A medio camino de la línea del horizonte había una isla más pequeña, muy iluminada. Los extraterrestres le estaban esperando.

— ¿Dónde está Teela?

— No lo sé — respondió Nessus.

— ¡Demonios de las Tinieblas! Nessus, ¿qué podemos hacer?

— Acabará por encontrarnos. No debes preocuparse, Luis. Cuando…

— ¡Se ha perdido en un mundo desconocido! ¡Puede ocurrirle cualquier cosa!

— No en este mundo, Luis. No existe mundo más seguro que el nuestro. Cuando Teela l egue al borde de la isla, descubrirá que no puede hacer funcionar los discos que conducen a la siguiente. Irá caminando de disco en disco a lo largo de la costa hasta dar con uno que funcione.

— No estamos hablando de una computadora perdida. ¡Teela es sólo una chica de veinte años!

Teela apareció junto a él.

— Hola. Me he perdido un poco. ¿A qué vi ene tanto alboroto? Interlocutor-de-Animales le lanzó una sonrisa burlona con sus dientes como puñales. Luis intentó evitar la mirada entre sorprendida e inquisidora de Teela y sintió que se le encendían las mejillas.

— Seguidme — ordenó Nessus.

Siguieron al titerote hasta un lugar donde los discos formaban una línea a lo largo de la costa. Llegaron junto a un pentagrama. Lo pisaron y seguidamente se encontraron sobre una roca fuertemente iluminada con tubos solares. Una isla rocosa del tamaño de un espaciopuerto. En el centro había un edificio muy alto y una sola nave espacial.

— He aquí nuestro vehículo — anunció Nessus.

Teela e Interlocutor parecieron decepcionados: las orejas del kzin se plegaron y desaparecieron en sus fundas, mientras Teela miraba desconsolada la isla que acababan de dejar atrás, con la barrera luminosa que formaba la compacta sucesión de edificios de varios kilómetros de altura sobre el fondo de la noche interestelar. Luis, en cambio, experimentó una sensación de alivio y todos sus músculos se relajaron al ver la nave. Ya estaba saturado de milagros. Los discos, la inmensa ciudad, los cuatro mundos tributarios ahí suspendidos sobre el horizonte, cual enormes calabazas… tanta maravilla le tenía acoquinado. La nave era otra cosa. Era un fuselaje #2 de Productos Generales acoplado a un ala deltoide sobre la cual habían montado toda una serie de unidades propulsoras y motores de fusión. Aparatos todos conocidos, conque era innecesario hacer preguntas.

El kzin demostró que se equivocaba.

— Un diseño curioso desde el punto de vista de un ingeniero titerote. Nessus, ¿no te sentirías más seguro con la totalidad de la nave dentro del fuselaje?

— No. El diseño de esta nave representa una importante innovación. Venid, os lo explicaré.

Nessus trotó hacia la nave.

Buena pregunta la del kzin.

Productos Generales, la compañía comercial propiedad de los titerotes, había vendido toda clase de artefactos en el espacio conocido; pero había hecho fortuna gracias al fuselaje de Productos Generales. Este se ofrecía en cuatro variedades, desde un globo del tamaño de una pelota de baloncesto hasta otro globo de más de trescientos metros de diámetro: el fuselaje #4, el del «Tiro Largo». El fuselaje #3, un cilindro redondeado en los extremos, con el vientre aplastado, resultaba muy adecuado para una nave de pasajeros con un equipo de pilotaje. La nave que les había trasladado hasta el mundo de los titerotes unas horas atrás era de ese tipo. El fuselaje #2 era un cilindro con un estrechamiento en el centro, muy alargado y de extremos afilados. Por lo general sólo permitía acomodar un piloto.