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— Me lo has dicho más de mil veces, Nessus. Tengo una memoria excelente.

— Debemos procurar que los habitantes del Mundo Anillo no nos consideren una amenaza. Confío que no lo olvidarás.

— Eres un titerote. No confías en nada — dijo Interlocutor.

— Calma, calma — dijo Luis con voz cansada. En esos momentos no estaba para quisquillas. Se retiró a dormir en su camarote.

Fueron pasando las horas. El «Embustero» iba cayendo cada vez más lentamente hacia la estrella con el anillo, precedido por chorros paralelos de luz y calor de nova.

Interlocutor no descubrió el menor indicio de que alguna luz coherente estuviera incidiendo sobre la nave. O bien los anillícolas no habían percibido aún el «Embustero», o no poseían lasers de comunicación.

Durante la semana transcurrida en el hiperespacio, Interlocutor había pasado muchas horas muertas en compañía de los humanos. Luis y Teela se encontraban a gusto en el camarote del kzin: les resultaba agradable la gravedad ligeramente más elevada y los grabados que representaban una selva de un color naranja-amarillento y antiguas fortalezas construidas por otra especie, así como los penetrantes y siempre cambiantes olores de un mundo extraño. Su propio camarote estaba decorado sin ninguna fantasía, con paisajes de ciudades y mares cultivados semicubiertos de algas genéticamente manipuladas. Al kzin le gustaba ese camarote más que a ellos.

Incluso habían intentado comer una vez en el camarote del kzin. Pero éste devoraba como un lobo hambriento y se quejó de que la comida humana olía a basura quemada, y en eso quedó el experimento.

En esos momentos, Teela e Interlocutor estaban charlando en voz baja en un extremo de la mesa del salón. Luis escuchaba el silencio y el distante estrépito de los motores de fusión. Ya estaba acostumbrado a que su vida dependiera del buen funcionamiento del sistema de gravedad de una cabina. Su propio yate espacial alcanzaba las treinta gravedades. Pero su yate empleaba reactores inertes que no hacían ruido.

— Nessus — dijo en medio del crepitar de soles encendidos.

— Dime, Luis.

— ¿Sabes algo que nosotros ignoremos sobre la Zona Tenebrosa?

— No entiendo tu pregunta.

— El hiperespacio te aterra. En cambio no te asusta esta caída a través del espacio montado sobre una columna de fuego. Tu especie construyó el «Tiro Largo»; deben de saber algo que nosotros ignoramos sobre el hiperespacio.

— Tal vez. Es posible que hayamos averiguado algo.

— ¿Qué? A menos que sea uno de vuestros preciados secretos.

Interlocutor y Teela también estaban escuchando. Las orejas del kzin, que normalmente guardaba dobladas bajo unos pliegues de su pelambre, estaban extendidas cual traslucidos parasoles color rosa.

— Sabemos que no hay ninguna parte inmortal en nosotros — explicó Nessus —. No entraré en el caso de tu raza. No es de mi incumbencia. Mi especie no posee ninguna parte inmortal. Nuestros científicos lo han demostrado. Tememos a la muerte, pues la sabemos definitiva.

— ¿Y bien…?

— Las naves desaparecen en la Zona Tenebrosa. Ningún titerote se aproximaría a una singularidad a hipervelocidades; pese a ello, continuaban registrándose desapariciones, hablo de cuando nuestras naves aún iban pilotadas. Tengo confianza en los ingenieros que construyeron el «Embustero». Por tanto, confío en la gravedad de la cabina. No fallará. Pero los ingenieros también temen la Zona Tenebrosa.

Y otra noche transcurrió en la nave; Luis durmió poco y mal y tuvo espectaculares sueños. Y luego pasó también un día, y a Luis y Teela empezó a hacérseles insoportable su mutua compañía. La chica no tenía miedo. Luis comenzaba a sospechar que jamás la vería asustada. Sólo sentía un mortal aburrimiento…

Ese atardecer la estrella con el anillo comenzó a asomar detrás del bloque macizo de los camarotes individuales y al cabo de media hora pudieron verla en su totalidad. Era blanca y pequeña, de un brillo ligeramente menos intenso que el de Sol y la rodeaba una finísima línea de un tenue azul eléctrico.

Todos se agolparon detrás de Interlocutor cuando comenzó a activar la pantalla panorámica. Logró centrar la línea azul eléctrico de la superficie interior del Mundo Anillo, apretó el botón amplificador…

Prácticamente en el acto tuvieron la respuesta a uno de sus interrogantes.

— Hay algo en el borde — constató Luis.

— Centra el visor en el borde — ordenó Nessus.

El borde del anillo se amplió ante sus ojos. Era un muro, que se alzaba hacia dentro, en dirección a la estrella. Podían ver su negra pared exterior recortada contra el paisaje azul, iluminado por el sol. Un bajo muro exterior; en fin, bajo en comparación con las dimensiones del anillo en sí.

— Si el anillo tiene millones de kilómetros de ancho — calculó Luis —, el muro circundante debe de tener al menos unos mil kilómetros de altura. En fin, algo hemos averiguado. Eso es lo que impide que se disperse la atmósfera.

— ¿Lo crees posible?

— En principio, sí. El movimiento rotatorio del anillo genera aproximadamente una gravedad. Es posible que tras varios milenios se haya perdido un poco de aire, pero no les sería difícil reemplazarlo. No hubieran podido construir el anillo de no contar con un sistema económico de transmutaciones, es decir, unos cuantos centavos de estrella por kilotón, y por lo menos una docena de requisitos más, todos igualmente imposibles.

— Me pregunto qué aspecto tendrá visto desde dentro.

Interlocutor captó la sugerencia, movió el botón de control y la imagen se desplazó. Aún no disponían de una ampliación suficiente para poder apreciar los detalles. Franjas azul brillante y de un blanco aún más intenso surcaban la pantalla, y entre ellas se dibujaba el difuso contorno rectilíneo de una sombra azul marino…

El borde más alejado apareció ante sus ojos. La pared parecía inclinarse hacia fuera.

Nessus, de pie en el marco de la puerta con las cabezas muy extendidas para mirar por encima del hombro de Interlocutor, ordenó:

— Amplíalo tanto como puedas.

La imagen se expandió.

— Montañas — dijo Teela —. Montañas de miles de kilómetros de altura.

En efecto, el muro circundante era irregular, su configuración hacía pensar en rocas erosionadas, del mismo color que la Luna.

— Ya no puedo ampliar más la imagen. Tendremos que aproximarnos más si queremos obtener mayores detalles.

— Será mejor intentar establecer contacto con ellos primero — dijo el titerote —. ¿Nos hemos detenido ya?

Interlocutor consultó el cerebro de la nave.

— Nos estamos aproximando a la primaria a unos cincuenta kilómetros por segundo. ¿Te parece una velocidad suficientemente reducida?

— Sí. Iniciemos las transmisiones.

El «Embustero» no había recibido ningún rayo laser.

La radiación electromagnética ya resultaba más difícil de comprobar. Era preciso investigar las ondas de radio, los rayos infrarrojos, ultravioleta, los rayos-X, todo el espectro, desde el calor moderado desprendido por el lado oscuro del Mundo Anillo hasta cuantos lumínicos tan cargados de energía que podían llegar a escindirse en pares de materia-antimateria. No detectaron nada en la banda de veintiún centímetros; y otro tanto ocurría con sus múltiples y divisores simples, que alguien podría haber decidido utilizar por la simple razón de que la banda de absorción de hidrógeno resultaba tan evidente. Excluidas éstas, a Interlocutor no le quedaba más remedio que ir tentando suerte con sus receptores.

Las grandes vainas que contenían el equipo de comunicaciones del «Embustero» se habían abierto. La nave comenzó a radiar mensajes en la frecuencia de absorción de hidrógeno y otras más, al mismo tiempo que barría porciones sucesivas de la superficie interior del anillo con rayos laser en diez frecuencias distintas, y emitía señales Morse en intermundo a base de explosiones alternativas de los motores de fusión.