Luis se había puesto unas gafas bulbosas de un material especial que se oscurecía bajo el impacto de un exceso de luz perpendicular. La polarización del fuselaje comenzaba a resultar insuficiente. Interlocutor, que estaba en la sala de mando controlando lo poco que aún se podía controlar, también llevaba unas gafas iguales. Habían encontrado dos lentes separadas, cada una con una corta cinta, y habían conseguido ponérselas a Nessus.
Tras las gafas, Luis veía el sol, situado a diecisiete millones de kilómetros de distancia, como un borroso anillo de llamas en torno a un ancho y compacto disco negro. Todos los objetos quemaban al tocarlos. La planta generadora de aire respirable zumbaba como un huracán.
Teela abrió la puerta de su camarote y volvió a cerrarla a toda prisa. Luego reapareció con unas gafas puestas. Se sentó junto a la mesa del salón, al lado de Luis.
La pantalla negra era como una clamorosa ausencia. Parecía como si alguien hubiera pasado un trapo mojado por una pizarra, borrando todo un grupo de estrellas trazadas con tiza.
El zumbido de la planta generadora de aire impedía toda conversación.
¿Cómo se las arreglaba para deshacerse del calor con el sol ardiendo como un horno? Imposible deshacerse de él, decidió Luis. Debía de almacenarlo. En algún lugar del circuito de aire respirable debía de haber un punto caliente como una estrella, y que seguía calentándose por segundos.
Una preocupación más.
El rombo negro seguía creciendo.
Parecía aproximarse muy lentamente, debido a sus dimensiones. La pantalla era tan ancha como el sol —casi millón y medio de kilómetros— y mucho más larga: tres millones y medio de kilómetros. De pronto, casi de improviso, se hizo enorme. Sus aristas fueron cubriendo el sol y todo quedó a oscuras.
La pantalla cubría la mitad del universo. Sus aristas eran indefinibles: negro-sobre-negro, una imagen terrible.
Una parte de la nave adquirió un blanco brillo tras el bloque que formaban los camarotes. La planta regeneradora de aire estaba irradiando calor de desecho. Luis se volvió para observar la negra pantalla.
Había cesado el rugido del aire; sólo se oía un zumbido.
— Y bien — preguntó Teela algo desconcertada.
Interlocutor salió de la cabina de mando:
— Es una lástima que la pantalla panorámica ya no esté conectada a nada. Podría aclararnos muchas cosas.
— ¿Como qué? — dijo Luis casi gritando.
— ¿A qué se debe que las pantallas se muevan a una velocidad superior a la orbital? ¿Realmente son utilizadas como generadores de energía por los ingenieros del anillo? ¿Qué las mantiene encaradas al sol? La pantalla panorámica nos permitiría responder a todas las preguntas que se hacía el herbívoro.
— ¿Vamos a estrellarnos contra el sol?
— Claro que no. Ya te lo he dicho antes, Luis. Estaremos media hora detrás de la pantalla. Luego, al cabo de otra hora, cruzaremos entre la siguiente pantalla y el sol. Si la cabina se calienta demasiado, siempre nos queda la posibilidad de activar el campo estático.
El siseante silencio cayó sobre la nave. La pantalla era una informe superficie negra, sin límites. El ojo humano era incapaz de distinguir nada en el negro puro.
De pronto comenzó a salir el sol. El zumbido de la planta regeneradora de, aire volvió a invadir la cabina.
Luis escudriñó el espacio de cielo que se extendía frente a ellos hasta conseguir vislumbrar otra pantalla. Estaba observando cómo se aproximaba cuando volvieron a llover rayos.
Aparecieron inesperadamente. Por un instante todo quedo inundado de una luz terrible, blanca con un toque de violeta. La nave dio un bandazo…
Discontinuidad.
…Dio un bandazo, y la luz desapareció. Luis introdujo los dos índices bajo las gafas y se frotó los sorprendidos ojos.
— ¿Qué ha sido eso? — exclamó Teela.
El sol se había convertido en un amplio disco negro, más pequeño que antes, circundado por una línea de l amas blanco amarillentas. Se había encogido considerablemente durante el instante que habían pasado estasiados. El «instante» debía haber durado horas. El rugido de la planta regeneradora de aire se había reducido a un irritante gemido.
Había otra cosa encendida allí fuera.
Era un colgajo de alambre negro, finísimo, con un contorno blanco-violáceo. No parecía tener principio ni fin. Un extremo desaparecía en la mancha negra que ocultaba el sol. El otro se iba estrechando frente al «Embustero», hasta perderse a lo lejos.
El alambre se retorcía como un gusano herido.
— Parece que hemos chocado contra algo — dijo Nessus con gran serenidad. No daba la impresión de haber estado inconsciente —. Interlocutor, debes salir a investigar.
— Estamos en estado de guerra — le respondió el kzin —. Ahora mando yo.
— Estupendo. ¿Y qué piensas hacer?
El kzin tuvo el buen tino de no abrir la boca. Ya casi tenía puesto el traje de presión. Se proponía salir a echar un vistazo.
Salió en una de las aerocicletas: un vehículo en forma de pesa de gimnasio con un motor inerte y con un asiento en la parte más estrecha.
Le vieron avanzar siguiendo el retorcido filamento negro. La temperatura había descendido bastante, pues la franja brillante en torno al sol había ido palideciendo del blanco-violeta al blanco-anaranjado, pasando por el blanco-blanco. Luego vieron cómo la oscura mole de Interlocutor descendía de la aerocicleta y daba vueltas en torno al candente alambre retorcido.
Podían oír su respiración. En cierto momento oyeron un gruñido de sorpresa. Pero no pronunció ninguna palabra a través del teléfono del traje de presión. Permaneció más de media hora allí fuera, mientras el objeto candente se iba oscureciendo hasta casi desaparecer.
Por fin regresó al «Embustero». Cuando entró fue objeto de absoluta y respetuosa atención por parte de los otros tres.
— No era más grueso que un hilo — explicó el kzin —. Ved este trozo de alicates. — Les tendió la herramienta destruida para que la vieran. Los alicates estaban cortados en una superficie perfectamente plana y brillante como un espejo —. Cuando logré acercarme lo suficiente para constatar el fino calibre del hilo, lo golpeé con los alicates. El hilo cortó el acero sin mayor dificultad. Apenas sentí un ligerísimo tirón.
Luis dijo:
— Un efecto parecido al de una espada variable.
— Pero una espada variable es un hilo metálico rodeado de un campo estático de diseño esclavista. Es imposible doblarla. Este… hilo estaba en constante movimiento, como ya habréis visto.
— Entonces debe ser un material desconocido. — Se trataba de un material tan cortante como una espada variable. Ligero, fino, resistente, inaccesible a la tecnología humana. Un material que conservaba el estado sólido a temperaturas a las cuales una sustancia natural se transformaría en plasma —. Un material realmente desconocido. Pero ¿qué hacía ahí, en medio del paso?
— Fijaos bien. Estábamos cruzando entre una pantalla cuadrada y otra cuando chocamos con un objeto no identificado. Luego nos encontramos con una extensión aparentemente infinita de alambre a una temperatura comparable a la que existe en el interior de una estrella caliente. Es evidente que chocamos con el alambre. Éste retuvo el calor del impacto. Yo diría que sirve de unión entre dos pantallas.
— Es muy probable. Pero, ¿qué hace ahí?
— Sólo podemos aventurar especulaciones. Los hechos son los siguientes — dijo Interlocutor-de-Animales —. Los ingenieros del Mundo Anillo se sirvieron de las pantallas cuadradas para obtener intervalos de noche. Para ello, los rectángulos deben ocultar la luz del sol, lo cual no ocurriría si giraran perpendiculares al sol. Los ingenieros del Mundo Anillo utilizaron este extraño alambre para unir los rectángulos formando una cadena y le confirieron una velocidad hiperorbital, que tensó los alambres. La tensión de los alambres mantiene los rectángulos en posición paralela al anillo.