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Era magnífica. Una montaña, más o menos cónica, perfectamente aislada, no integrada en ninguna cordillera. Parecía un volcán, un falso volcán, pues bajo el Mundo Anillo no había magma capaz de formar volcanes. Su base se perdía en la bruma. En las laderas próximas a la cumbre se distinguía claramente lo que debía ser aire enrarecido, y la cumbre misma presentaba el resplandor de la nieve: nieve sucia, no tenía el fuerte brillo de la nieve limpia. Tal vez fuesen nieves eternas.

En los contornos del pico se divisaba una claridad cristalina. ¿Tal vez asomaba fuera de la atmósfera? Una montaña verdadera de esas dimensiones se hundiría bajo su propio peso; pero esta montaña no debía ser más que un molde hueco hecho del material base del anillo.

— Creo que voy a hacer buenas migas con los ingenieros del Mundo Anillo — se dijo Luis Wu. No había ningún motivo lógico para que un mundo construido a medida incluyera una montaña como ésa. Sin embargo, todo mundo debía poseer al menos una montaña imposible de escalar.

Los demás le esperaban bajo la curva del fuselaje. La andanada de preguntas que le lanzaron podían resumirse en una:

— ¿Algún rastro de civilización?

— No.

Le hicieron describir todo lo que había visto. Fijaron cuatro puntos cardinales. Llamaron giro la dirección que marcaba el rastro trazado por el «Embustero» al caer. Y antigiro la dirección contraria, hacia la montaña. Babor y estribor quedarían respectivamente a la izquierda y la derecha de una persona situada mirando en la dirección de giro.

— ¿Pudiste distinguir alguno de los muros exteriores del anillo, a babor o estribor?

— No. Y no logro entenderlo. Debían estar allí.

— Mala suerte — dijo Nessus.

— Imposible. Allí arriba puede verse a miles de kilómetros de distancia.

— No es imposible. Sólo una desafortunada coincidencia.

Y luego otra vez:

— ¿No viste nada más allá del desierto?

— No. Muy a lo lejos, en dirección a babor, vislumbré una tenue franja azul. Tal vez sea un océano. Aunque también podría ser simplemente un efecto óptico debido a la distancia.

— ¿Ninguna edificación?

— Nada.

— ¿Estelas en el cielo? ¿Líneas rectas que pudieran ser carreteras?

— Nada.

— ¿Viste señales de civilización?

— De haberlas encontrado ya lo hubiera comunicado. Diría que los diez trillones de habitantes de este mundo se trasladaron a una verdadera esfera de Dyson hace menos de un mes.

— Luis, tenemos que encontrar una civilización.

— Ya lo sé.

Era evidente. Tenían que salir del Mundo Anillo; y no conseguirían poner en marcha el «Embustero» por sus propios medios. Un pueblo verdaderamente bárbaro no les sería de gran ayuda.

— El asunto tiene su lado bueno — dijo Luis Wu —. No será necesario reparar la nave. Si conseguimos sacar el «Embustero» del anillo, la misma fuerza rotatoria de éste lanzará la nave fuera del pozo de gravedad de la estrella y nosotros saldremos con ella. Hasta alcanzar una zona donde podamos emplear el hiperreactor.

— Pero primero tendremos que conseguir ayuda.

— O exigir ayuda — añadió Interlocutor.

— Pero, ¿por qué os paráis ahí charlando? — explotó Teela. Había permanecido callada, mientras los demás le daban vueltas al asunto —. Tenemos que salir de aquí, ¿no? Pues, ¿por qué no usamos las aerocicletas que tenemos en la nave? ¡En marcha! ¡Luego hablaremos!

— No me gusta la idea de abandonar la nave — declaró el titerote.

— ¡No te gusta! ¿Crees que alguien vendrá a buscarnos aquí? ¿Crees que alguien se interesará por nosotros? ¿Alguien respondió a nuestros mensajes radiados? Luis ha dicho que estamos en medio de un desierto. ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar aquí sentados?

No comprendía que Nessus necesitaba armarse de valor y no tenía ni pizca de paciencia, pensó Luis.

— Ya nos iremos — dijo el titerote —. Sólo he dicho que no me gusta la idea. Primero debemos decidir hacia dónde nos dirigiremos. De lo contrario no sabremos qué debemos llevarnos y qué debemos dejar aquí.

— ¡Podemos ir rumbo al muro exterior más próximo!

— Tiene razón — dijo Luis —. Si hay civilización en alguna parte, sin duda será junto al muro exterior. Pero no sabemos dónde está situado. Debiera haberlo visto desde ahí arriba.

— No — dijo el titerote.

— ¡Tú no estabas allí! ¡Nej! ¡Se veía hasta el infinito! ¡Miles de kilómetros! Un minuto.

— El Mundo Anillo tiene casi un mil ón de millas de ancho.

— Acabo de caer en la cuenta de ese detalle — dijo Luis Wu —. Es una cuestión de escala. ¡No consigo visualizar algo de tales dimensiones!

— Ya te irás acostumbrando — le consoló el titerote.

— No sé. Me pregunto si mi cerebro no será demasiado pequeño. No puedo olvidar cuán estrecho parecía el anillo visto desde lo alto del espacio. Como una cinta azul. Una cinta azul — repitió Luis, y se estremeció.

Suponiendo que cada uno de los muros circundantes tuviera mil kilómetros de altura, ¿a qué distancia tendrían que estar cuando Luis no lograba distinguirlos en absoluto?

Suponiendo que Luis Wu pudiera ver a través de mil quinientos kilómetros de aire impregnado de polvo y de vapor de agua, semejante al terrestre. Si ese aire daba paso al vacío absoluto a los sesenta kilómetros…

Ello significaba que el muro exterior más próximo debía hallarse al menos a cuarenta y cinco mil kilómetros de allí.

Si uno volara toda esa distancia sobre la Tierra, ya habría vuelto al punto de partida. Y cabía la posibilidad de que el muro exterior más próximo estuviera aún más lejos.

— No podemos remolcar el «Embustero» con nuestras aerocicletas — decía en esos momentos Interlocutor —. Si nos atacasen tendríamos que deshacernos de la nave. Será mejor dejarla aquí, junto a un accidente bien visible.

— ¿Quién habló de remolcar la nave?

— Un buen guerrero debe pensar en todo. Es posible que al final tengamos que remolcarla de todos modos, suponiendo que no podamos conseguir ayuda en el muro exterior.

— Conseguiremos ayuda — le aseguró Nessus.

— Probablemente tenga razón — dijo Luis —. Los espaciopuertos están sobre ese muro. Si todo el anillo ha retornado a la edad de piedra y ha habido un rebrote de civilización, ésta debe de haberse reanudado a partir de naves dragadoras de regreso de alguna expedición. No puede haber sido de otro modo.

— Es mucho especular — sentenció Interlocutor. — Puede que tengas razón.

— Pero estoy de acuerdo contigo. Y añadiría que si el anillo ha perdido todos sus grandes secretos, tal vez aún encontremos restos de maquinaria en el espaciopuerto. Maquinaria en buen estado, maquinaria que podríamos reparar.

¿Pero qué lado quedaría más próximo?

— Teela tiene razón — dijo de pronto Luis —. Hagamos algo. Por la noche podremos ver mejor.

Estuvieron trabajando duro durante varias horas. Trasladaron maquinaria, la ordenaron, bajaron los objetos pesados por la compuerta valiéndose de un cable. Los repentinos cambios de gravedad constituían un problema, pero el equipo no era particularmente frágil.

Luis logró atrapar un instante a Teela en el interior de la nave, mientras los extraterrestres estaban ocupados fuera:

— Tienes la cara más larga que si te hubieran roto tu juguete favorito. ¿Te importa que hablemos un poco de eso? — Ella movió negativamente la cabeza, mientras procuraba evitar su mirada. Luis advirtió que tenía unos labios perfectos para hacer pucheros. Era una de esas pocas y afortunadas mujeres a quienes las lágrimas las favorecen —. En ese caso me explicaré. Cuando saliste por la compuerta sin ponerte tu traje de presión, te lancé una buena parrafada. Un cuarto de hora después ya intentabas escalar una ladera de lava a medio cuajar calzada sólo con las zapatillas.