Parecía como si hubiera explotado un órgano de vapor.
Era un sonido terriblemente agudo. Luis se llevó las manos a los oídos. Fue tal su sorpresa que tardó un rato en comprender lo que pasaba. Entonces accionó el mando del intercom, y la imagen de Nessus desapareció como un fantasma al amanecer. El chillido disminuyó. Aún podía percibirlo a través de los aparatos de Interlocutor y Teela.
— ¿Por qué ha hecho eso? — exclamó Teela sorprendida.
— Está aterrado. Le costará acostumbrarse.
— ¿Acostumbrarse a qué?
— Le relevaré al mando de la expedición — tronó Interlocutor-de-Animales —. El herbívoro es incapaz de tomar decisiones. Declaro que ésta es una misión militar y me pongo al mando de la misma.
Por un momento Luis pensó en recurrir a la única alternativa posible: ponerse personalmente al frente del grupo. Pero no le hacía ninguna gracia enfrentarse a un kzin. Además, lo más probable era que el kzin tuviese mayores dotes de mando.
Las aerocicletas volaban ya a ochocientos metros de altitud. La mayor parte del cielo y la tierra estaban a oscuras; pero sobre la tierra negra se veían sombras aún más oscuras que prestaban relieve, aunque no color, al mapa; y el cielo estaba tachonado de estrellas en torno al majestuoso arco capaz de aniquilar el ego más poderoso.
Sin saber cómo, Luis se encontró pensando en la Divina Comedia de Dante. El universo de Dante era un complicado artefacto, en el cual las almas de los hombres y los ángeles aparecían como partes perfectamente mecanizadas de una enorme estructura. El Mundo Anillo era un artefacto en todos los sentidos, un objeto manufacturado. Imposible olvidarlo, ni siquiera por un segundo: allí estaba el arco, desmesurado, azul y cuadriculado, alzándose sobre sus cabezas desde los límites del infinito.
No le extrañaba que Nessus no pudiera soportarlo. Era demasiado asustadizo… y también demasiado realista. Tal vez fuera sensible a su belleza; tal vez no. En todo caso, había captado en todo su alcance el hecho de que estaban varados en una estructura artificial cuya superficie superaba el conjunto de todos los mundos del antiguo imperio titerote.
— Creo que alcanzo a divisar los muros exteriores — dijo Interlocutor.
Luis apartó los ojos del arco del cielo. Miró hacia babor y estribor, y el corazón le dio un vuelco.
Hacia la izquierda (se movían siguiendo el rastro dejado por la caída del «Embustero», conque la izquierda era babor) se distinguía a duras penas una fina línea sobre el fondo negro azulado, que debía de ser el borde superior del muro circundante.
La base no se divisaba. Sólo era visible el borde superior; y cuando se lo quedó mirando fijamente, desapareció. La línea se encontraba aproximadamente donde debería haber estado el horizonte; conque tanto podía ser la base como el borde superior de algo.
El otro muro circundante se veía prácticamente idéntico hacia la derecha y estribor. La misma altura, la misma imagen, la misma a tendencia de la línea a desaparecer cuando la miraba fijamente.
Todo parecía indicar que el «Embustero» había caído muy cerca de la línea media del anillo. Los muros exteriores parecían hallarse a igual distancia… esto es, a unos ochocientos kilómetros de donde ellos se encontraban.
Luis carraspeo:
— ¿Tú qué opinas, Interlocutor?
— El muro de babor me parece ligeramente más alto.
— Muy bien.
Luis giró hacia la izquierda. Las demás aerocicletas le siguieron, aún acopladas a la suya.
Luis activó el intercom para ver qué hacía Nessus. El titerote estaba agarrado al asiento con las tres piernas y tenía las dos cabezas escondidas entre su cuerpo y el sillín. Volaba a ciegas.
Teela dijo:
— ¿Estás seguro, Interlocutor?
— Naturalmente — respondió el kzin —. El muro de babor es visiblemente más alto.
Luis sonrió para sus adentros. Nunca había recibido instrucción militar, pero sabía algo de la guerra. Una revolución en Wunderland le había cogido en tierra y había luchado tres meses en las guerrillas hasta conseguir embarcarse en una nave.
Una de las cualidades de un buen oficial, recordó, era la capacidad de tomar decisiones rápidas. Si además eran acertadas, tanto mejor…
Volaban en dirección a babor sobre la tierra en sombras. El Anillo tenía un brillo muy superior al de la Luna, pero la luz de la Luna iluminaba débilmente un paisaje visto desde el aire. La fosa meteorítica, la hendedura que el «Embustero» había abierto en la superficie del Mundo Anillo se había convertido en un hilo de plata a sus espaldas. Por fin desapareció en la oscuridad.
Las aerocicletas aceleraron a buen ritmo y en silencio. Un poco por debajo de la velocidad del sonido, un rumor como de cascada penetraba en la envoltura sónica. Adquiría la máxima intensidad al alcanzar la velocidad del sonido y luego se interrumpía bruscamente. La envoltura sónica se adaptaba a una nueva forma y volvía a hacerse el silencio.
Poco después las aerocicletas avanzaban a velocidad de crucero. Luis se relajó en su asiento. Según sus cálculos, tendría que pasar al menos un mes en ese asiento y decidió que más valía irse acostumbrando a él.
Luego (tal vez porque era el único que conducía y no podía permitirse el lujo de quedarse dormido) comenzó a probar los mandos de su aerocicleta.
El sistema de evacuación era simple, cómodo y fácil de usar. Aunque algo ridículo.
Intentó atravesar la envoltura sónica con la mano. Esta envoltura era un campo de fuerzas, una red de vectores de fuerza que desviaba las corrientes de aire en el espacio ocupado por la aerocicleta. No era comparable a una pared de vidrio. Al tocarla con la mano, Luis tuvo la impresión de un fuerte viento, un viento que soplara directamente hacia él desde todas direcciones. Se encontraba rodeado de una burbuja protectora de viento en movimiento.
La envoltura sónica parecía muy segura.
Hizo una prueba; sacó un pañuelo de papel de una ranura y lo dejó caer. El pañuelo cayó suavemente bajo la aerocicleta y allí se quedó suspendido en el aire, vibrando como un torbellino. Luis se sentía dispuesto a creer que si se caía de su asiento, cosa nada fácil, la envoltura sónica frenaría su caída y podría volver a montar en la aerocicleta.
Era muy posible. Los titerotes…
El tubo de agua le ofreció agua destilada. La ranura de la cocinilla le tendió un bloque plano y compacto de color rojizo. Pidió seis bloques y probó un mordisco de cada uno, para después dejarlos caer en el cubo de realimentación. Cada uno tenía un sabor distinto y todos le gustaron.
Al menos la comida no resultaría monótona. No de momento.
Pero si no lograban encontrar plantas y agua para realimentar el sistema, un día u otro la ranura dejaría de servirle bloques de comida.
Pidió un séptimo bloque y se lo comió.
Resultaba inquietante pensar cuán lejos estaban de toda ayuda. La Tierra se encontraba a doscientos años luz de allí; la flota de titerotes, inicialmente a dos años luz de distancia, iba alejándose casi a la velocidad de la luz; incluso los restos del «Embustero», semievaporado, se habían hecho invisibles desde que emprendieron el vuelo. Y ya habían perdido también de vista la hondonada meteorítica. ¿Y si perdían también lo que quedaba de la nave?
¡Nej! Sería prácticamente imposible, decidió Luis. Se encontraba a antigiro la montaña más grande jamás vista por hombre alguno. No podía haber muchos supervolcanes como ése en el Mundo Anillo. Para localizar el «Embustero», bastaría poner rumbo a la montaña y luego seguir la dirección de giro en busca de una hondonada lineal de varios miles de kilómetros de largo.
…Pero el arco del Mundo Anillo relucía sobre sus cabezas, tres millones de veces la superficie de la Tierra. En el Mundo Anillo había espacio suficiente para perderse bien perdido.