— ¿Dónde?
— Casi junto a la hipotética línea del horizonte, Luis. Exactamente frente a nosotros.
Era como buscar un detalle concreto en un mapa visto de perfil. Sin embargo, Luis logró localizarlo: un reluciente brillo de espejo, apenas un poco más grande que un simple punto.
— Luz solar reflejada. ¿Qué puede ser? ¿Una ciudad de cristal?
— No es probable.
Luis rió:
Tu tacto es excesivo. Aunque es del tamaño de una ciudad de cristal. O media hectárea de espejos. Tal vez sea un gran telescopio, del tipo reflector.
— En ese caso, lo más probable es que haya sido abandonado.
— ¿Por qué?
— Sabemos que esta civilización ha vuelto a caer en un estado salvaje. ¿Cómo explicar si no que hayan dejado de generar extensas regiones en un desierto?
— Tal vez estemos simplificando demasiado las cosas. El Mundo Anillo es más grande de lo que nos parecía. Creo que puede albergar la vida salvaje y la civilización, además de todas las etapas intermedias.
— La civilización tiende a propasarse, Luis.
— Ya.
De un modo u otro, ya descubrirían qué era ese punto brillante. Se hallaba justo en su camino.
La aerocicleta no llevaba espita de café.
Luis advirtió dos luces verdes encendidas en su tablero de mandos. Le desconcertaron un poco, hasta que recordó que había desconectado a Interlocutor y a Teela la noche anterior. Volvió a conectarlos al circuito de intercomunicación.
— Buenos días — dijo Interlocutor —. ¿Has visto el amanecer, Luis? Todo un estímulo para la sensibilidad artística.
— Lo he visto. Buenos días, Teela.
Teela no respondió.
Luis la observó más atentamente. Teela se hallaba en pleno trance, como una persona que hubiera alcanzado el nirvana.
— Nessus, ¿no habrás empleado tu tasp con mi mujer?
— No, Luis. ¿Por qué habría de hacerlo?
— ¿Cuánto rato lleva en ese estado?
— ¿Qué estado? — preguntó Interlocutor —. No se ha mostrado muy comunicativa últimamente si a eso te refieres.
— Me refiero a su expresión, ¡nej!
En el tablero de mandos podía ver la imagen de Teela con la mirada perdida en el infinito, por encima de la figura de Luis. Se la veía serenamente feliz.
— Parece relajada — observó el kzin —, y no parece sufrir. Los matices más sutiles de la expresión humana…
— No tiene importancia. ¿Puedes l evarnos a tierra? Sufre trance de la Meseta.
— No comprendo.
— De momento llévanos a tierra.
Se lanzaron en picado desde mil quinientos metros de altura. Luis se mareó un poco con la caída libre hasta que Interlocutor volvió a darles impulso. Observó la imagen de Teela en busca de alguna reacción, pero en vano. Seguía serena e impasible. Tenía las comisuras de la boca ligeramente levantadas.
Luis se encolerizó durante el descenso. Sabía alguna cosa sobre la hipnosis: los datos y curiosidades desperdigados que suele ir acumulando un hombre a lo largo de doscientos años de observar el tride. Si pudiera recordar…
A sus pies tenían un paisaje salvaje, exuberante, el tipo de paisaje que los terrícolas buscan en los mundos colonizados.
En medio de este paisaje se distinguía un arroyo.
— Intenta llevarnos hasta un valle — le dijo Luis a Interlocutor —. ¡Quiero apartarla de la visión del horizonte!
— De acuerdo. Tú y Nessus podríais desconectaros del circuito de acoplamiento y seguirme con el manual. Yo me ocuparé de hacer aterrizar a Teela.
El rombo de aerocicletas se rompió para luego reorganizar la formación. Interlocutor puso rumbo a babor-giro, en dirección al arroyo que Luis había localizado antes. Los demás le siguieron.
Todavía estaban descendiendo cuando cruzaron el arroyo. Interlocutor torció hacia giro para seguir el curso de agua. Iban casi rozando las copas de los árboles. Buscaron una ribera libre de árboles.
— Las plantas se parecen mucho a las de la Tierra — observó Luis. Los extraterrestres murmuraron su asentimiento.
El arroyo formaba una curva.
Los nativos estaban en el medio de un ensanchamiento del río. Parecían muy atareados con una red de pescar. Levantaron la vista, al aparecer la formación de aerocicletas y se limitaron a soltar la red y a quedárselos mirando boquiabiertos.
Luis, Interlocutor y Nessus tuvieron la misma reacción. Se remontaron a toda velocidad. Los nativos se convirtieron en puntitos. El exuberante y denso bosque se difuminó en un conjunto de manchas.
— Acoplaos a mi vehículo — ordenó Interlocutor con inconfundible voz de mando —. Ya aterrizaremos en otra parte.
Tenía que haber aprendido a dar órdenes de esa forma… rigurosamente estudiada para emplearla en las relaciones con los humanos. Las obligaciones de un embajador eran realmente muy diversas, reflexionó Luis.
Teela no parecía haber notado nada.
— ¿Y bien? — dijo Luis.
— Eran hombres — declaró Nessus.
— ¿Tú también los has visto? Por un momento creí sufrir alucinaciones. ¿Cómo pueden haber l egado unos hombres hasta aquí?
No intentaron darle una respuesta.
12. El Puño-de-Dios
Habían aterrizado en una zona despoblada rodeada de bajas colinas. Ahora que las colinas ocultaban el falso horizonte y la luz del día hacía invisible el Arco, nada diferenciaba el lugar de un paisaje de cualquier mundo humano. La hierba no era exactamente hierba, pero era verde y formaba una alfombra sobre aquellas partes que deberían estar cubiertas de hierba. Había tierra y rocas, y arbustos con verdes hojas y nudosidades prácticamente en el lugar justo.
La vegetación, como ya había señalado Luis, tenía un inquietante parecido con la de la Tierra. Había matorrales donde uno esperaba encontrar matorrales, y zonas desnudas justo donde uno esperaba hallarlas. Los instrumentos de sus aerocicletas indicaban que las plantas eran semejantes a las terrestres incluso a nivel molecular. Del mismo modo como Luis e Interlocutor poseían algún remoto antepasado unicelular común, los árboles de este mundo también podían considerarse emparentados con ambos.
Había una planta muy idónea para la construcción de setos vivos. Tenía el tallo leñoso y crecía con una inclinación de cuarenta Y cinco grados, a cierta altura le brotaba un manojo de hojas, luego crecía hacia abajo con el mismo ángulo, al l egar al suelo echaba raíces, luego volvía a subir con una inclinación de cuarenta y cinco grados… Luis había visto una planta parecida en Gumi-nidgy; pero aquí la hilera de triángulos era de color de corteza con hojas de un verde reluciente, los colores de la vida terrestre. Luis la denominó planta acodada.
Nessus había comenzado a explorar el pequeño bosque y recogía plantas e insectos para analizarlos en el minilaboratorio de su vehículo. Llevaba su traje de supervivencia, un globo transparente con tres botas y dos guantes-bozal. Nada del Mundo Anillo podría atacarle sin atravesar antes esa barrera: ni un animal de presa, ni un insecto, ni un granito de polen, ni una espora micótica, ni una molécula vírica.
Teela Brown seguía montada en su aerocicleta con sus largas y delicadas manos suavemente apoyadas sobre los mandos. Tenía las comisuras de la boca ligeramente levantadas. Permanecía erguida como para hacer frente a la aceleración de la aerocicleta, relajada pero alerta, y toda su silueta quedaba perfectamente dibujada, como si estuviera posando para un estudio de figura. Sus verdes ojos parecían traspasar a Luis Wu y la barrera de bajas colinas, y continuaban como fijos en el infinito del horizonte abstracto del Mundo Anillo.