— Así fue, sin duda — dijo Luis.
— ¿Y retornarán aquellos tiempos?
Luis respondió de un modo que creyó ambiguo. Advirtió el desengaño del otro, o al menos lo adivinó.
No era fácil leer la expresión del hombre velludo. Los gestos constituyen todo un lenguaje; y los gestos del dignatario no correspondían a los de ninguna cultura terrestre. Apretados rizos color platino cubrían todo su rostro, a excepción de los ojos, que eran castaños y de dulce mirada. Pero los ojos no son muy expresivos, contrariamente a lo que suele creerse.
Su voz sonaba casi como un cántico, como un recital de poesía. El piloto automático iba traduciendo las palabras de Luis en una cantinela parecida, aunque a él le hablaba en tono normal. Luis podía oír los discos de traducción de los demás, silbando suavemente en Titerote o gruñendo por lo bajo en la Lengua del Héroe.
Luis empezó a hacer preguntas…
— No, Constructor, no somos un pueblo sanguinario. Raras veces hacemos la guerra. ¿Las calaveras? Toda Zignamuclikclik está llena de ellas. La leyenda dice que están ahí desde el derrumbamiento de la ciudad. Las usamos como decoración y por su significado simbólico.
El dignatario levantó solemnemente la mano, con el dorso vuelto hacia Luis, y le dejó ver el tatuaje del pájaro.
Todos los allí reunidos gritaron.
Era la primera vez que se oía algo en otra boca que no fuese la del dignatario.
A Luis se le había escapado algún detalle, y era consciente de ello. Por desgracia, no tuvo tiempo de prestarle mayor atención al problema.
— Mostradnos un milagro — dijo el dignatario —. No dudamos de vuestro poder. Pero tal vez nunca volváis por aquí. Nos gustaría guardar un recuerdo para poder transmitírselo a nuestros hijos.
Luis reflexionó un momento. Ya habían volado como pájaros; ese truco no les impresionaría por segunda vez. ¿Y un poco de maná salido de las ranuras de la cocina automática? Pero incluso los humanos terrestres diferían en cuanto a su tolerancia de ciertos alimentos. La distinción entre comida y porquería era una cuestión eminentemente cultural. Algunos comían langostas con miel, otros caracoles asados; el queso apreciado por un hombre era leche podrida para otro. Mejor no arriesgarse. ¿Y la linterna de rayos laser?
Luis hurgó en el portaequipajes de su aerocicleta, justo en el momento en que el borde de una pantalla cuadrada comenzaba a rozar el sol. La demostración resultaría aún más espectacular en la oscuridad.
Con el foco muy abierto y a escasa intensidad, Luis proyecto la luz sobre el dignatario, primero, y luego sobre sus cuatro adláteres, para enfocarla finalmente sobre la masa. Nadie pareció impresionarse. Luis intentó ocultar su frustración y apuntó la linterna hacia arriba.
La figurilla que había escogido como blanco se perfiló en el techo de la torre. Parecía una moderna gárgola surrealista. Luis movió el pulgar y la gárgola comenzó a brillar con luz blanco amarillenta. Movió el índice, el rayo se aguzó como un lápiz de verde luz y a la gárgola le apareció un ombligo de un blanco encendido.
Luis se volvió esperando un aplauso.
— Lucháis con luz — dijo el hombre del tatuaje en la mano —.Eso está prohibido.
La multitud gritó y volvió a caer nuevamente en un profundo mutismo.
— No lo sabíamos — dijo Luis —. Pedimos excusas.
— ¿No lo sabíais? ¿Cómo podíais ignorarlo? ¿No fuisteis vosotros los constructores del Arco en memoria de la Alianza con el Hombre?
— ¿Qué arco es ése?
El vello cubría el rostro del hombre, sin embargo su sorpresa era evidente:
— ¡El Arco que se alza sobre el mundo!
Al fin Luis comprendió. Soltó una carcajada.
El hombre le dio un torpe puñetazo en la nariz.
Fue un golpe suave, pues el hombre velludo era delgado y sus manos frágiles. Pero le dolió.
Luis no estaba acostumbrado al dolor. La mayoría de los hombres de su siglo nunca habían sentido ningún dolor más intenso que el de un rasguño en un dedo del pie. La anestesia era demasiado corriente, el auxilio médico muy fácil de conseguir. El dolor de un esquiador al fracturarse una pierna no solía durar más de unos pocos segundos, no minutos, y el recuerdo solía quedar relegado al inconsciente como un trauma intolerable. La práctica de las artes marciales, karate, judo, jujitsu y boxeo, había sido declarada ilegal mucho antes de nacer Luis Wu. Luis hubiera sido un luchador desastroso. Se sentía capaz de hacer frente a la muerte, pero no al dolor.
El golpe le hizo daño. Luis gritó y dejó caer su linterna de rayos laser.
El gentío comenzó a agolparse. Doscientos hombres velludos enfurecidos se transformaron en mil demonios; y las cosas comenzaron a resultar menos graciosas de lo que fueron unos momentos antes.
El dignatario delgado como una caña había agarrado a Luis Wu con ambos brazos y empezaba a ahogarle en un histérico apretón. Luis, también presa de la histeria, se zafó de él con un frenético tirón. Montó en la aerocicleta, y ya tenía la mano en la palanca de despegue cuando se impuso la razón.
Las demás aerocicletas estaban acopladas al la suya. Si él despegaba, los demás vehículos también despegaran, con o sin sus pasajeros.
Luis echó un vistazo a su alrededor.
Teela Brown ya estaba en el aire. Se había quedado contemplando la pelea desde arriba con el ceño fruncido en preocupada expresión. Ni se le había ocurrido que podría intentar ayudarles.
Interlocutor había iniciado una frenética actividad. Ya había derribado media docena de enemigos. Mientras Luis le miraba, el kzin blandió su linterna de rayos laser y destrozó el cráneo de un hombre.
Los hombres velludos formaban un círculo indeciso a su alrededor.
Multitud de manos de largos dedos intentaron derribar a Luis de su vehículo. Estaban a punto de conseguir su propósito cuando a Luis se le ocurrió conectar la envoltura sónica.
Los nativos chillaron al sentirse apartados violentamente. Luis escudriñó el aparcamiento en busca de Nessus.
El titerote estaba intentando llegar hasta su aerocicleta. Armado con una barra de metal procedente de alguna vieja máquina, uno de los nativos le cortó el paso.
Cuando Luis les localizó, el hombre blandía la barra sobre la cabeza del titerote.
Nessus esquivó el golpe. Giró sobre sus piernas delanteras, situándose de espaldas al peligro, pero también en dirección contraria a su aerocicleta.
El reflejo de huida del titerote podría ser su muerte, a menos que Interlocutor o Luis lograran ayudarle a tiempo. Luis abrió la boca para gritar y el titerote completó su movimiento giratorio.
Luis cerró la boca.
El titerote avanzó hacia su aerocicleta. Nadie intentó detenerle. El casco trasero iba dejando huellas ensangrentadas sobre la tierra apisonada.
El círculo de admiradores de Interlocutor seguía fuera de su alcance. El kzin les escupió a los pies —un gesto humano, no kzinti—, dio media vuelta y montó en su aerocicleta. Tenía la linterna de rayos laser ensangrentada hasta el codo.
El nativo que había intentado interponerse en el camino de Nessus yacía en el lugar donde cayera. La sangre iba formando un charco a su alrededor.
Los demás estaban en el aire, Luis se encumbró tras ellos. Desde lejos, logró adivinar las intenciones de Interlocutor y le gritó:
— ¡Alto ahí! No es necesario.
Interlocutor blandía el instrumento excavador modificado: