Выбрать главу

Casi se sobresaltó cuando sobre su panel de mandos apareció un rostro anaranjado.

— Debes de estar cansado — dijo el kzin —. ¿Quieres que pilote yo?

— Preferiría aterrizar. Tengo el cuerpo agarrotado.

— Pues hazlo. Tú diriges la flotilla.

— No deseo imponerle mi compañía a nadie. — Y de pronto advirtió que decía exactamente lo que sentía. No le había costado mucho recuperar el estado de ánimo de sus viajes sabáticos.

— ¿Crees que Teela intentará esquivarte? Es posible que tengas razón, no me ha l amado ni a mí, aunque comparto la misma afrenta.

— Te lo estás tomando demasiado a pecho. No, espera, no desconectes.

— Prefiero estar solo, Luis. La ofensa del herbívoro es intolerable.

— ¡Pero todo ocurrió hace muchísimo tiempo! No, no desconectes; ten piedad de un pobre viejo solitario. ¿Te has fijado en el paisaje?

— Sí.

— ¿Has observado las regiones desérticas?

— Sí. En algunos puntos la erosión ha desgastado el lecho de rocas hasta dejar al descubierto la base indestructible del anillo. Algo debe de haber modificado gravemente las corrientes eólicas hace muchísimo tiempo. Una erosión de esa magnitud no puede producirse de la noche a la mañana, ni siquiera en el Mundo Anillo.

— Lo mismo opino yo.

— Luis, ¿cómo pudo producirse la decadencia de una civilización de tales dimensiones y tan poderosa?

— No tengo la menor idea. Seamos sinceros: imposible adivinarlo, ni siquiera con toda nuestra intuición y conocimientos. Incluso los titerotes poseen un nivel tecnológico inferior al del Mundo Anillo. ¿Cómo deducir lo que pudo haberles hecho volver al nivel de la primera edad de piedra?

— Tendremos que estudiar más detenidamente a los nativos — dijo Interlocutor-de-Animales —. Sería inútil confiar en su ayuda para trasladar al «Embustero» a cualquier parte. Debemos encontrar seres capaces de hacerlo.

Justo lo que Luis deseaba oír.

— Se me ha ocurrido una forma eficaz de entrar en contacto con los nativos siempre que queramos.

— ¿Sí?

— Preferiría aterrizar para discutirlo con más calma.

— Puedes aterrizar cuando quieras.

Una alta y maciza cadena de montañas se interponía en la ruta de la flotilla de aerocicletas. Sus cumbres y los pasos que se abrían entre ellas tenían un resplandor nacarado que a Luis no le costó identificar. Los fuertes vientos que soplaban sobre la cordillera habían ido desgastando la roca hasta dejar al descubierto la mayor parte de la infraestructura de material base del anillo.

Luis hizo descender la flotilla en dirección a unas colinas. Decidió aterrizar junto a un arroyuelo plateado que brotaba de la montaña y luego se perdía en un bosque, también aparentemente interminable, extendido cual verde pelaje sobre la precordillera.

Teela se puso en contacto con él.

— ¿Qué haces? — le preguntó.

— Estoy aterrizando. Me siento fatigado de tanto volar. Pero no cortes. Quisiera pedirte disculpas.

Ella desconectó.

— Ha respondido mejor de lo que esperaba — musitó Luis sin demasiada convicción. La próxima vez estaría más dispuesta a escuchar, sabiendo que pensaba disculparse.

— La idea se me ocurrió cuando hablábamos de «jugar a ser dios» — explicó Luis. Por desgracia, sólo podía tratar el asunto con Interlocutor, Teela había desmontado de su aerocicleta y había desaparecido en el bosque después de lanzarle una airada mirada.

Interlocutor asintió con su lanuda cabeza anaranjada. Sus orejas temblaban como pequeños abanicos chinos entre unos dedos inquietos.

— Podemos considerarnos razonablemente a salvo en este mundo — le dijo Luis — a condición de que permanezcamos en el aire. No me cabe la menor duda de que conseguiremos llegar a nuestro destino. Probablemente podríamos volar hasta el muro exterior sin tener que aterrizar, si ello fuera necesario; o podríamos aterrizar sólo en aquellos lugares donde asoma la infraestructura del anillo. Ningún animal de presa podría alimentarse de esa materia. Pero poca cosa averiguaremos si no aterrizamos. Y para salir de este gigantesco juguete necesitaremos de la ayuda de los nativos. Todo parece indicar que, a pesar de todo, alguien tendrá que remolcar el «Embustero» hasta seiscientos cincuenta mil kilómetros del lugar de nuestro aterrizaje.

— Ve al grano, Luis. Necesito un poco de ejercicio.

— Cuando lleguemos al muro exterior nos convendrá estar mejor informados sobre los anillícolas.

— Desde luego.

— ¿Por qué no jugar a ser dioses?

Interlocutor titubeó:

— ¿Qué quieres decir?

— Podemos representar perfectamente a los ingenieros que construyeron el Mundo Anillo. No poseemos los poderes que ellos tenían, pero contamos con lo suficiente para presentarnos como divinidades ante los nativos. Tú podrías ser el dios…

— Gracias.

— …Teela y yo los acólitos. Nessus quedaría muy bien en el papel de demonio cautivo.

Interlocutor enseñó las garras:

— Pero Nessus no está aquí, y tampoco se nos unirá.

— Ahí está el problema. En…

— Esto no es negociable, Luis.

— Pues es una lástima. Necesitamos su ayuda para este proyecto.

— En ese caso, será mejor que lo olvides.

Luis seguía dudando en cuanto a esas garras. ¿Estarían sometidas a control voluntario o no? En cualquier caso, seguían amenazándole. Si hubieran estado hablando a través del sistema de intercomunicación, Interlocutor ya habría colgado.

Y ésa era la razón de que Luis hubiera insistido en discutirlo todo en tierra.

— Míralo bajo el aspecto intelectual. Serías un dios estupendo. Resultas terriblemente intimidante desde un punto de vista humano, aunque tendrás que concederme un margen de confianza y creer lo que te digo, pues no podría demostrártelo.

— ¿Y para qué queremos a Nessus?

— A causa del tasp, para poder dispensar premios y castigos. En tu papel de dios, puedes hacer trizas a los incrédulos, sacarles las tripas y luego devorarlas. Ese será el castigo. Para las recompensas utilizaremos el tasp del titerote.

— ¿No podríamos arreglárnoslas sin el tasp?

— ¡Es una forma tan estupenda de recompensar a los fieles! Un estallido de puro placer, justo en el centro del cerebro. Sin efectos secundarios. Sin resaca. ¡Teóricamente el tasp es mejor que un orgasmo!

— Lo encuentro poco ético. Aunque los nativos no sean más que simples humanos, no quisiera convertirles en adictos al tasp. Sería más humanitario matarlos — dijo Interlocutor — Además, el tasp del titerote actúa sobre los kzinti, no sobre los humanos.

— Creo que te equivocas.

— Luis, sabemos que el tasp fue diseñado para ser empleado sobre la estructura cerebral de un kzin. Yo lo experimenté. Y tienes razón: fue una experiencia religiosa, diabólica.

— Pero no tenemos por qué suponer que el tasp no actuará sobre los humanos. Yo opino que también debe de ser efectivo. Conozco a Nessus. O bien su tasp es eficaz para nosotros dos, o dispone de dos tasps. Yo no estaría aquí si él no tuviera alguna manera de controlar a los humanos.

— Todo esto es terriblemente hipotético.

— ¿Quieres que le llamemos y lo averigüemos?

— No.