— Estoy ciego — dijo.
— Sí, pero ¿puedes ver?
Preocupado como estaba por Interlocutor, Luis casi no prestó atención a lo curioso de la pregunta. Sin embargo, subliminalmente captó algo en el tono de voz de la muchacha: ansiedad y, subyacente a ésta, la insinuación de que Interlocutor no había respondido a su pregunta y debía darle otra oportunidad.
Pero no había tiempo que perder.
— ¡Interlocutor! Acopla tu vehículo al mío. Tenemos que buscar un lugar resguardado — gritó Luis.
Interlocutor movió unas cuantas palancas en su tablero.
— Ya está. Luis, ¿qué clase de cobertura?
Su voz sonaba más ronca y distorsionada por el dolor.
— Regresaremos a las montañas.
— No. Perderíamos demasiado tiempo. Luis, ya sé lo que me atacó. Si no me equivoco, estaremos a salvo mientras tengamos el resguardo de las nubes.
— ¿Eh?
— Tendrás que investigar.
— Necesitas cuidados médicos.
— Así es, pero primero debes buscarnos un lugar donde aterrizar. Debes descender donde las nubes sean más densas…
Bajo las nubes, no estaba oscuro. Se filtraba un poco de luz y buena parte de ella era reflejada otra vez sobre Luis, Wu. El brillo resultaba cegador.
En esa región la superficie terrestre era una llanura ondulada. El material base del anillo estaba cubierto de tierra y vegetación.
Luis siguió bajando, con el entrecejo fruncido para protegerse de los destellos.
Sólo se veía una única especie de planta, regularmente distribuida sobre el terreno, desde allí hasta el horizonte-infinito. Cada planta contaba con una sola flor, y todas las flores iban girando y siguiendo a Luis Wu en su descenso. Un enorme público, atento y silencioso.
Aterrizó y desmontó junto a una de las plantas.
Debía de tener unos treinta centímetros de altura y tenía el tallo verde y nudoso. Su única flor era del tamaño de un rostro humano. El dorso de la corola estaba veteado, como si estuviera l eno de venas o tendones; y la superficie interior era un espejo cóncavo perfectamente liso. En el centro se alzaba un corto pedúnculo que acababa en una bulbosidad verde oscuro.
Todas las flores que alcanzaba a divisar se volvieron hacia él. El resplandor bañaba todo su cuerpo. Luis comprendió que intentaban matarle y levantó los ojos intranquilo; pero la capa de nubes seguía allí.
— Tenías razón — dijo a través del sistema de intercomunicación —. Son girasoles esclavistas. De no haberse formado esta capa de nubes, hubiéramos caído fulminados nada más cruzar las montañas.
— ¿Hay algún lugar dónde podamos ponernos al abrigo de los girasoles? ¿Una cueva, por ejemplo?
— Creo que no. El terreno es demasiado llano. Los girasoles no son capaces de dirigir la luz con precisión, pero aún así emiten un terrible resplandor.
Entonces intervino Teela:
— Por piedad, ¿qué os pasa ahora? ¡Luis, tenemos que aterrizar! ¡Interlocutor está grave!
— Tiene razón, Luis, me duele bastante.
— Entonces sugiero que corramos el riesgo. Descended los dos. Tendremos que confiar que las nubes no se dispersen.
— ¡Ahí vamos!
La imagen de Teela transmitida por el intercom entró en acción.
Luis dedicó un par de minutos a investigar entre las plantas. Exactamente como había imaginado, no logró encontrar ningún superviviente de otra especie en el dominio de los girasoles. Ninguna planta más pequeña crecía entre los tallos. No se veía volar ninguna criatura, y nada se arrastraba bajo el suelo de color ceniciento. Las plantas mismas no presentaban tizones, ni hongos parásitos, ni manchas indicadoras de alguna enfermedad. Si un girasol se hubiera visto afectado por alguna dolencia los demás lo destruirían en el acto.
La flor-espejo constituía un arma terrible. Su principal finalidad era concentrar la luz del sol en el nódulo fotosintético verde del centro. Pero también podía dirigir sus rayos sobre un animal o insecto devorador de plantas y aniquilarlo. Los girasoles quemaban a todos los enemigos. Todo ser viviente es un enemigo para una planta de fotosíntesis; y todo ser viviente servía luego de fertilizante para los girasoles.
«Pero ¿cómo habrían l egado hasta aquí?», se preguntó Luis.
En efecto, esos girasoles no podían coexistir con otras formas menos elaboradas de vida vegetal. Eran demasiado poderosos. En consecuencia, no podían ser originarios del planeta natal de los anillícolas.
Los ingenieros debían de haber recorrido las estrellas circundantes en busca de plantas útiles o decorativas. Tal vez habían llegado hasta Ojos Plateados, en el espacio humano. Y debían de haber l egado a la conclusión de que los girasoles eran decorativos.
«Pero debieron rodearlos mediante una valla. A cualquier imbécil se le ocurriría. Les tendrían que haber destinado una zona aislada tras un alto y grueso muro de material base sin recubrir, por ejemplo. Ello hubiera impedido su expansión.
»Pero algo fal ó. De algún modo, una semilla logró salvar la barrera. Imposible decir hasta dónde se habrán extendido a estas horas», se dijo Luis para sus adentros. Luego se encogió de hombros. Ese debía ser el «punto luminoso» que él y Nessus habían divisado a lo lejos. Hasta donde alcanzaba la mirada, ningún ser viviente se atrevía a desafiar a los girasoles.
Con el tiempo, si se les concedía ese tiempo, los girasoles llegarían a dominar el Mundo Anillo.
Pero aún faltaba mucho tiempo para esa eventualidad. El Mundo Anillo era grande. En él había espacio suficiente para todo.
15. Un castillo de ensueño
Luis, sumido en sus reflexiones, casi no advirtió la llegada de las dos aerocicletas que aterrizaron junto a la suya. Salió bruscamente de su ensueño cuando Interlocutor bramó:
— ¡Luis! Coge el desintegrador de mi aerocicleta y cávanos un escondrijo. Tú, Teela, ven a curarme las heridas.
— ¿Un escondrijo?
— Sí. Tendremos que escondernos bajo tierra y esperar la caída de la noche.
— Comprendo.
Luis se despabiló. Era una vergüenza que Interlocutor hubiera tenido que pensar en eso, herido como estaba. Era evidente que no podían correr el riesgo de que se produjera un desgarrón en las nubes. Con una mínima cantidad de luz directa, los girasoles ya podrían asesinarles. Pero por la noche…
Luis procuró no mirar a Interlocutor mientras hurgaba en su aerocicleta. Un vistazo había sido suficiente. El kzin tenía la mayor parte del cuerpo negro de quemaduras. Los líquidos orgánicos rezumaban entre las cenizas untuosas que antes fueran pelo. La carne, de un rojo brillante, había quedado al descubierto en varias zonas. El olor a pelo chamuscado era penetrante y nauseabundo.
Luis encontró el desintegrador: una escopeta de dos cañones con un asa que parecía blanda. La otra arma que llevaba el kzin le hizo sonreír amargamente. Si Interlocutor le hubiera sugerido quemar los girasoles con las linternas de rayos laser, Luis probablemente habría accedido, tan desconcertado estaba.
Cogió el arma y se alejó a toda prisa; comenzaba, a sentir náuseas y le avergonzaba su debilidad. El dolor de las quemaduras de Interlocutor le hacía sufrir también a él. Teela, que ignoraba lo que era el dolor, podría serle más útil que Luis.
Apuntó la escopeta hacia el suelo en un ángulo de treinta grados. Se había puesto el casco de oxígeno de su traje de supervivencia. No tenía prisa, conque sólo apretó uno de los dos gatillos.
El agujero comenzó a abrirse rápidamente. Luis no logró averiguar con cuánta rapidez, pues al cabo de un instante estuvo todo rodeado de polvo. Un pequeño huracán soplaba hacia él desde el lugar donde había penetrado el rayo. Luis tuvo que oponer toda su resistencia para no ser derribado por la corriente de aire.