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La escultura era de alambre retorcido, muy ligera, prácticamente sólo espacio vacío. Parecía una figura abstracta hasta que Teela comenzó a hacerla girar. Entonces… no les cupo la menor duda de que era un retrato.

La cabeza esculpida de un hombre completamente lampiño. ¿Sería un nativo de una comunidad cuyos miembros se afeitaban el rostro y el cráneo? ¿O sería la figura de un miembro de otra raza procedente de algún apartado lugar de la curva del anillo? Tal vez nunca llegarían a averiguarlo. Pero el rostro era claramente humano: apuesto, anguloso, el rostro de una persona acostumbrada a mandar.

Luis levantó la mirada. Y recordó ese rostro. La actitud de mando había trazado arrugas en torno a los ojos y la boca, y el artista había conseguido incorporar esas líneas a la estructura de alambre.

El castillo debía de haber sido una sede de gobierno. Todo parecía indicarlo: el trono, el salón de banquetes, las extraordinarias ventanas, el propio castillo flotante con su fuente de energía independiente. Pero, para Luis Wu, el elemento decisivo era ese rostro.

Después habían recorrido todo el castillo. Habían descubierto escaleras lujosamente decoradas y de hermoso diseño distribuidas por doquier. Pero no se movían. No había escaleras mecánicas, ni ascensores, ni alfombras rodantes, ni toboganes. Tal vez esas escaleras se habían movido en su tiempo.

Conque el grupo decidió ir bajando, pues resultaba menos fatigoso que subir. En el fondo del castillo habían encontrado el dormitorio.

Tras un sinfín de días de dormir en los asientos de sus aerocicletas y hacer el amor dondequiera que aterrizara la flotilla, la cama causó un impacto irresistible en Teela y Luis Wu. Habían dejado que Interlocutor prosiguiera la exploración por su cuenta.

A saber lo que habría encontrado a esas horas.

Luis se incorporó sobre un codo. La mano muerta comenzaba a volver a la vida. Procuró no sacudirla. «Esto nunca pasa con las placas sómnicas — se dijo —, pero qué nej…, por lo menos es una cama…»

Una pared del dormitorio que parecía de cristal daba sobre una piscina seca. Entre las paredes y el suelo de cristal, localizó el blanco esqueleto de un bandersnatch de Frumio, con la calavera en forma de cuchara.

La pared opuesta, también transparente, daba sobre la ciudad, a unos trescientos metros del nivel del suelo.

Luis dio tres vueltas sobre sí mismo y por fin cayó de la cama. El suelo era blando, estaba cubierto con una alfombra de piel de un color y textura que presentaban un inquietante parecido con los de las barbas de los nativos. Luis se arrastró hasta la ventana y se asomó al exterior.

(Algo le obstruía la visión, como un ligero parpadeo en una pantalla de tride. No llegó a percibirlo a nivel consciente. Sin embargo, notaba una molestia.)

Bajo un cielo blanco e informe, la ciudad aparecía en distintos matices de gris. La mayor parte dé los edificios eran altos, pero había unos cuantos muchísimo más altos que sobresalían imponentes entre los demás; y unos pocos sobrepasaban la altura de la base de ese castillo flotante. Antaño, habían existido otros edificios flotantes. Luis logró distinguir las señales, amplios espacios vacíos en medio de la geografía urbana marcaban el lugar donde se habían derrumbado esos miles de toneladas de maquinaria.

Pero ese castillo de ensueño disponía de una fuente de energía independiente. Y un dormitorio idóneo para acomodar una orgía de considerable amplitud. Con una enorme pared-ventana desde la cual un sultán podría contemplar sus dominios y percibir a sus súbditos como las hormigas que realmente eran.

«Un lugar idóneo para soñar despierto», se dijo Luis Wu.

De pronto algo le llamó la atención. Algo que se agitaba ahí fuera, frente a la ventana.

Un alambre. Un trozo había quedado prendido en la cornisa; pero aún había más flotando en el aire. Un alambre tosco. Ahora distinguía claramente las dos hebras que pendían de la cornisa sobre la ciudad.

Incapaz de averiguar su origen, Luis lo aceptó tal como se le presentaba. Un objeto hermoso. Se tendió de espaldas, desnudo, sobre la alfombra peluda que cubría todo el suelo, y contempló el alambre que seguía deslizándose ante su ventana. Se sentía seguro y relajado, tal vez por primera vez desde que un laser de rayos X derribara el «Embustero».

El alambre seguía cayendo sin cesar, rizos y más rizos de alambre negro ondeante sobre el cielo blanco-grisáceo. Era tan fino que en algunos momentos llegaba a perderlo de vista. ¿Cómo averiguar su longitud? Casi tan difícil como contar los copos de nieve en una tormenta.

De pronto Luis adivinó lo que era.

— Bienvenido — dijo. Pero sintió un sobresalto.

El alambre que unía las pantallas cuadradas. Les había seguido hasta allí.

Luis subió cinco tramos de escalera en busca de algo para desayunar.

Naturalmente no esperaba que la cocina funcionase. De hecho, deseaba volver al salón de banquetes; pero sin saber cómo se encontró en la cocina.

Esta le ratificó en sus reflexiones de unos momentos antes. Un autócrata precisa criados; y allí los había habido. La cocina era enorme. Debió de tener ocupado a todo un ejército de cocineros, con sus ayudantes para transportar el producto acabado al salón de banquetes, volver con los platos sucios, lavar la vajilla y hacer limpieza, ir de compras…

Había recipientes que, en su tiempo, debieron de servir para guardar las frutas y verduras frescas y ahora aparecían llenos de polvo y huesos de fruta y pellejos secos y moho. Había una cámara frigorífica donde sin duda colgaban los animales muertos. Estaba vacía y caliente. Había un refrigerador, que aún funcionaba. Posiblemente parte de la comida guardada en el congelador sería aún comestible; pero Luis no quiso correr el riesgo.

No había latas de conservas.

Las espitas de agua estaban secas.

Aparte del refrigerador, el aparato más complejo que encontró fueron los goznes de las puertas. Los hornos y fogones no tenían indicadores de temperatura ni cronómetros. Tampoco encontró nada equivalente a un tostador de pan. Sobre la cocina colgaban unos cordeles, con unas bulbosidades. ¿Especias sin elaborar? ¿No poseían especias envasadas?

Luis echó un último vistazo antes de salir. Y entonces descubrió lo que realmente había ocurrido.

Originariamente, ese cuarto no había estado destinado a cocina.

¿Qué era pues? ¿Una despensa? ¿Un cuarto de tride? Probablemente lo segundo. Una pared estaba completamente vacía, recubierto con una capa de pintura uniforme que parecía más reciente que el resto; y en el suelo aún se veían las señales de los lugares que antes podrían haber ocupado las sillas y divanes.

Conque eso era. Esa habitación había sido una sala de esparcimiento. Luego, debía de haberse estropeado la pantalla mural y nadie había sido capaz de repararla. La cocina automática debía haber corrido igual suerte.

Y de este modo la gran sala de tride había acabado transformada en una cocina manual. Tales cocinas debían ser de uso corriente a esas alturas y seguramente ya no quedaba nadie capaz de reparar una cocina automática. Los alimentos crudos probablemente eran transportados hasta allí en un camión volante.

¿Y cuando los camiones volantes comenzaron a estropearse, uno tras otro…?

Luis salió de la cocina.

Por fin consiguió dar con el salón de banquetes y la única fuente de suministro de alimentos que le inspiraba confianza. Desayunó un bloque procedente de la ranura suministradora de la cocina de su aerocicleta.

Casi había terminado de comer cuando apareció Interlocutor.

Sin decir palabra, el kzin fue a su aerocicleta, pidió tres paquetes húmedos de un color rojo-oscuro y se los tragó en pocos segundos. Sólo entonces se volvió a mirar a Luis.