— ¿Hasta qué punto crees que es exacto todo esto?
— Yo lo hubiera negado todo hasta esta mañana, cuando bajaste volando del Cielo. Me tienes muy inquieto, oh Constructor. Tal vez Zrillir realmente haya decidido regresar y envía un emisario bastardo para eliminar a los falsos sacerdotes.
— Puedo afeitarme la cabeza, si eso te hace sentir mejor.
— No. No es necesario; pregunta lo que quieras.
— ¿Qué puedes decirme de la decadencia de la civilización del Mundo Anillo?
El sacerdote le miró aún más inquieto.
— ¿Va a producirse una decadencia?
Luis suspiró y —por primera vez— se volvió a examinar el altar.
Éste ocupaba el centro del pedestal sobre el cual se alzaba. Era de madera oscura. Su lisa superficie rectangular había sido tallada para representar un mapa en relieve, con colinas y ríos y un solo lago, y dos rebordes vueltos hacia arriba. Los otros dos bordes, los más cortos, servían de base a un arco parabólico dorado.
El dorado del arco había perdido su brillo. Pero del ápice del arco colgaba una pequeña bola dorada, suspendida de un hilo; y ese oro estaba reluciente.
— ¿Está en peligro nuestra civilización? Han ocurrido tantas cosas. El alambre del sol, tu misma aparición… ¿Es alambre del sol? ¿Va a desplomarse el sol sobre nuestras cabezas?
— Lo dudo mucho. ¿Te refieres al alambre que ha estado cayendo toda la mañana?
— Sí. Nuestra doctrina religiosa enseña que el sol cuelga del Arco suspendido por un alambre muy resistente. Este alambre es resistente. Lo hemos comprobado — dijo el sacerdote —. Una muchacha intentó cogerlo y deshacer un nudo, y le cortó los dedos.
Luis asintió.
— Nada caerá — le aseguró.
Y para sus adentros pensó: «Ni siquiera las pantallas opacas. Aunque se rompieran todos los cables, las pantallas no caerían sobre el Mundo Anillo». Sin duda los Ingenieros debieron de dotarlas de un afelio orbital situado en el propio Anillo.
— ¿Sabes algo del sistema de transporte de los bordes exteriores? — preguntó luego, sin demasiadas esperanzas. Y en el acto comprendió que algo no marchaba. Había descubierto algo, alguna señal de desastre; ¿pero qué?
— ¿Te importaría repetir la última pregunta? — dijo el sacerdote.
Luis así lo hizo.
— Tú aparato que habla dijo algo distinto la primera vez. Algo sobre no sé qué restringido.
— Es curioso — comentó Luis. Y entonces lo oyó. El traductor hablaba en un tono de voz distinto y soltó una larga parrafada…
— Estáis usando una longitud de onda restringida, contraviniendo…, no recuerdo lo que venía a continuación — dijo el sacerdote —. Más vale que demos por terminada esta entrevista. Debes de haber despertado algo antiguo, algo maligno… — El sacerdote se interrumpió para escuchar, pues el traductor de Luis había comenzado a hablar otra vez en la lengua del sacerdote —. «…Contraviniendo el edicto doce, lo cual equivale a una interferencia en el sistema de mantenimiento.» Puedes frenar tus poderes…
El resto de lo que dijo el sacerdote nunca llegó a ser traducido.
De pronto, el disco se tornó incandescente en la mano de Luis. De inmediato lo arrojó con fuerza lo más lejos que pudo.
Estaba al rojo vivo y brillaba con un resplandor cegador cuando fue a estrellarse contra el pavimento… sin herir a nadie, o eso le pareció. Entonces sintió el efecto retardado del dolor, y las lágrimas le nublaron los ojos.
Aún logró distinguir al sacerdote que le despedía con una inclinación de cabeza, muy formal y majestuosa.
Le devolvió el saludo, con el rostro igualmente impávido. En ningún momento había bajado de la aerocicleta; conque apretó el botón y se elevó hacia el Cielo.
Cuando tuvo la certeza de que ya no podían ver su rostro, lo dejó invadir por el dolor y profirió una interjección que había oído una vez en Wunderland, en boca de un hombre que había dejado caer un objeto de cristal de Steuben de más de mil años de antigüedad.
17. El Ojo de la tormenta
Salieron del Cielo y enfilaron las aerocicletas rumbo a babor. Avanzaban bajo la cobertura gris acerada que en esas regiones hacía las veces de cielo. Esas nubes les habían salvado la vida al sobrevolar el campo de girasoles. Ahora ya sólo resultaban simplemente deprimentes.
Luis apretó tres botones de su panel de mandos para fijar el rumbo a la altitud que llevaban entonces. Tuvo que poner gran atención en cada uno de sus gestos, entorpecidos por la mano derecha, prácticamente insensibilizada a causa de los medicamentos y la película protectora, y las pequeñas ampollas blancas que se le habían formado en la punta de cada dedo de la otra mano. Sin embargo, no pudo dejar de pensar que podría haber sido aún mucho peor.
Interlocutor apareció en la pantalla.
— Luis, ¿no será mejor volar por encima de las nubes?
— Podríamos perdernos algún detalle interesante. Desde allí arriba no se ve el suelo.
— Ahora tenemos mapas.
— Pero no nos indicarán la presencia de un campo de girasoles, ¿no crees?
— Tienes razón — reconoció Interlocutor en el acto. Y cortó.
Mientras Luis se las entendía con el sacerdote afeitado, ahí abajo, Interlocutor y Teela habían aprovechado el tiempo en la sala de cartografía del Cielo. Habían trazado mapas topográficos de la ruta que deberían seguir hasta el muro exterior, y también habían señalado las ciudades, que aparecían como brillantes manchas amarillas en la pantalla amplificadora.
Luego, algo se había opuesto a que hiciesen uso de una frecuencia reservada. ¿Reservada por quién, para qué, desde cuándo? ¿Por qué no había manifestado su disconformidad hasta entonces? Luis tenía la sospecha de que debía de tratarse de una máquina abandonaba, como el vigía de meteoritos que derribó el «Embustero». Tal vez ésta sólo funcionaba de modo intermitente.
Y el disco traductor de Interlocutor se había puesto al rojo vivo y se le había quedado adherido a la palma de la mano. Tardaría varios días en recuperar el uso de esa mano, pese a las milagrosas medicinas «militares» kzinti. Sería preciso cierto tiempo para que se regenerasen los músculos.
Las cosas cambiaban bastante ahora que tenían los mapas. El renacimiento de la civilización, caso de existir, debía de haberse iniciado casi con certeza en las grandes metrópolis. La flotilla podría sobrevolar esas zonas e intentar detectar seriales de luz o de humo.
La luz de llamada de Nessus se había encendido sobre el panel, tal vez llevara ya horas allí encendida. Luis respondió a la llamada.
La pantalla le mostró la desordenada crin del titerote y la suave piel de su lomo que subía y bajaba rítmicamente al compás de su respiración. Por un momento, se preguntó si Nessus habría vuelto a caer en estado catatónico. Entonces, éste levantó una cabeza triangular y canturreó:
— ¡Gusto de saludarte, Luis! ¿Cómo va todo?
— Encontramos un edificio flotante — explicó Luis —. Con una sala de mapas.
Le contó al titerote todo lo referente al castillo llamado Cielo, la sala de cartografía, la pantalla, los mapas y los globos, el sacerdote y sus leyendas y su modelo del universo. Llevaba un buen rato respondiendo a las preguntas del titerote, cuando se le ocurrió hacerle una a su vez.
— Ahora que me acuerdo, ¿te funciona el disco traductor?
— No, Luis. Hace un rato, el instrumento se puso al rojo vivo ante mis propios ojos. Me dio un susto de muerte. De haberme atrevido, habría caído en estado catatónico; pero no podía correr ese riesgo sin estar mejor informado.
— Pues los demás también se han quemado. El de Teela fundió el estuche y dejó una buena señal en su aerocicleta. Interlocutor y yo nos quemamos la mano. ¿Sabes una cosa? Tendremos que aprender la lengua del Mundo Anillo.