Выбрать главу

— Sí.

— Me gustaría que el viejo hubiera recordado algo sobre la decadencia de la antigua sociedad anillícola. Había pensado que tal vez… — Y le contó al titerote su teoría sobre la mutación de las bacterias intestinales.

— Es posible — dijo Nessus —. Y una vez olvidado el secreto de la transmutación, jamás podrían volver a su anterior estado.

— ¿Oh? ¿Por qué no?

— Mira a tu alrededor, Luis. ¿Qué ves?

Luis hizo lo que le decía el titerote. Un poco más adelante, vio una tormenta eléctrica en formación; más allá había colinas y valles, una ciudad en la distancia, dos picos montañosos gemelos que mostraban en la cumbre la sucia transparencia del material base del Anillo…

— Dirígete a cualquier punto del Mundo Anillo y cava un poco. ¿Qué encontrarás?

— Tierra — dijo Luis —. ¿Qué hay con eso?

— ¿Y luego?

— Más tierra. Un lecho de rocas. El material base del Anillo — contestó Luis. Y mientras pronunciaba estas palabras el paisaje pareció experimentar una transformación. Las nubes de la tormenta, las montañas, la ciudad situada hacia estribor y la ciudad que iban dejando atrás, esa línea brillante ahí a lo lejos junto al horizonte-infinito, que podría ser un mar o una invasión de girasoles… pero de pronto el paisaje comenzó a aparecérsele como el caparazón vacío que realmente era. La diferencia entre un planeta normal y eso era la misma que mediaba entre un rostro humano y una máscara de goma vacía.

— Cava un poco en cualquier mundo — siguió diciendo el titerote —, y más pronto o más tarde encontrarás alguna u otra veta de mineral. Aquí sólo hallarías mil metros de tierra y, luego, la infraestructura del Anillo. Es un material que no puede ser elaborado. Si el minero consiguiera atravesarlo, se encontraría con el vacío: amarga recompensa para su dura labor. Imagina que el Anillo está poblado por una civilización capaz de construir este mundo, es evidente que tendrá que contar con una forma económica de transmutación. Imagina que la tecnología de la transmutación cae en el olvido —de momento no importa cómo—, ¿qué les quedaría? Seguramente no poseían reservas de materiales en bruto. No hay minerales. Todo el metal disponible en el Anillo debía estar acumulado en forma de máquinas, herramientas y orín. Aunque hubieran podido desplazarse a otros planetas, no cambiaría en absoluto su situación, pues no hay ningún lugar donde excavar en los alrededores de esta estrella. La civilización entraría en decadencia y jamás volvería a recuperarse.

— ¿Cuándo descubriste todo esto? — preguntó tímidamente Luis.

— Hace un tiempo. Me pareció irrelevante para nuestra supervivencia.

— Conque ni lo mencionaste. Tal cual — dijo Luis. ¡Con las horas que él había pasado dándole vueltas al problema! Y ahora todo resultaba tan absolutamente evidente. Qué ratonera, qué terrible ratonera para unos seres racionales.

Luis miró el paisaje que se extendía ante sus ojos (y subliminalmente advirtió la desaparición de la imagen del titerote). Se iban acercando a la tormenta, y ésta era de gran magnitud. Sin duda, las envolturas sónicas les protegerían, pero no obstante…

Sería mejor pasar por encima. Luis tiró de una palanca y las aerocicletas comenzaron a elevarse hacia la cobertura gris del mundo, hacia las nubes que se cernían sobre sus cabezas desde que habían llegado a la torre llamada Cielo.

Luis dejó vagar sus pensamientos…

El aprendizaje de una lengua desconocida sería lento. Intentar aprender una nueva lengua cada vez que aterrizaban, resultaría simplemente imposible. Y el problema comenzaba a ser vital. ¿Cuánto tiempo debían llevar sumidos en la barbarie los nativos del Anillo? ¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde la época en que todos hablaban la misma lengua? ¿Hasta qué punto se habrían diferenciado las lenguas locales del lenguaje originario?

El universo se tornó borroso, luego desapareció por completo. Estaban en medio de las nubes. Jirones de niebla se deslizaban en torno a la burbuja que formaba la envoltura sónica de Luis. Luego las aerocicletas emergieron a plena luz del sol.

Un enorme ojo azul miraba a Luis Wu desde el horizonte infinito del Mundo Anillo, por encima de una interminable extensión de nubes grises.

El ojo parecía aproximadamente del tamaño adecuado para un dios con una cabeza como la Luna de la Tierra.

Luis tardó unos instantes en aprehender plenamente lo que veía. Y su cerebro aún se negó rotundamente a creerlo durante unos cuantos segundos más. Luego toda la imagen pareció esfumarse como una instantánea mal iluminada.

En medio del zumbido que le llenaba los oídos logró oír (o intuir) que alguien gritaba.

«¿Estaré muerto?», se preguntó.

Y, «¿fue ése un grito de Nessus?» Pero el circuito estaba desconectado.

Era Teela. Teela, que jamás había sentido miedo en su vida, ahora se cubría el rostro con las manos, para protegerse de esa enorme mirada azul.

El ojo permanecía inmóvil frente a ellos, en dirección a babor. Parecía atraerles hacia sí.

«¿Estaré muerto? ¿Habrá venido a juzgarme el Creador? ¿Qué Creador?»

Por fin, Luis Wu se vería obligado a definirse y decidir en qué Creador creía, si es que creía en alguno.

El ojo era blanco y azul, con una ceja blanca y una pupila negra. Blanco como las nubes, azul como la distancia. Parecía formar parte del mismo cielo.

— ¡Luis! — gritó Teela —. ¡Haz algo!

«No puede ser cierto — se dijo Luis. Tenía la garganta como si se hubiera tragado un bloque de hielo compacto. El cerebro le daba vueltas, acorralado, dentro del cráneo —. Es un universo gigantesco, pero a pesar de todo ciertas cosas son realmente imposibles.»

— ¡Luis!

Por fin, logró recuperar la voz.

— Interlocutor. Eh, Interlocutor. ¿Qué ves?

El kzin tardó un momento en responder. Su voz sonaba extrañamente inexpresiva.

— Veo un enorme ojo humano frente a nosotros.

— ¿Humano?

— Sí. ¿Tú también lo ves?

La palabra que a Luis no se le hubiera ocurrido utilizar nunca lo cambiaba todo. Humano. Un ojo humano. Si el ojo hubiera sido una manifestación sobrenatural, un kzin hubiera debido ver un ojo kzinti, o nada en absoluto.

— Entonces es un fenómeno natural — dijo Luis —. Tiene que serlo.

Teela le miraba suplicante.

Pero, ¿cómo explicarse que los estuviera atrayendo hacia sí?

— Oh — dijo Luis Wu. Y torció bruscamente el manillar hacia la derecha. Las aerocicletas comenzaron a torcer hacia giro.

— Nos estamos saliendo de nuestra ruta — advirtió de inmediato Interlocutor —. Luis, rectifica el rumbo. O déjame conducir a mí.

— No querrás pasar a través de esa cosa, ¿verdad?

— Es demasiado grande para dar un rodeo.

— Interlocutor, no es mayor que un cráter de Platón. Podemos dar la vuelta en una hora. ¿Por qué correr el riesgo?

— Si tienes miedo, puedes abandonar la formación, Luis. Da un rodeo en torno al ojo y reúnete conmigo al otro lado. Tú puedes hacer otro tanto, Teela. Yo no me desviaré de mi ruta.

— ¿Por qué? — Incluso el propio Luis notó el tono entrecortado de su voz —. ¿Crees que esa… formación nubosa accidental puede poner en entredicho tu virilidad?

— ¿Mi qué? Luis, mi capacidad para procrear nada tiene que ver con esto. Lo que está en cuestión, es mi valor.

— ¿Por qué?

Las aerocicletas iban surcando el cielo a velocidad de crucero, dos mil kilómetros por hora.

— ¿Por qué está en cuestión tu valor? Aún no me has contestado. Quieres arriesgar nuestras vidas.