Выбрать главу

No, lo sospechoso afloró cuando la guapa Rosa pidió el dedo índice de la mano derecha de Jan-Johan.

Ocurrió un martes por la tarde, poco después de que hubiéramos llegado todos a la serrería, empapados por la persistente lluvia monótona que también se colaba por los agujeros del techo y formaba charcos en el serrín, tan grandes que todavía no éramos lo suficiente altos para saltarlos.

Rikke-Ursula dijo que eso no se podía pedir y aún menos de Jan-Johan, que tocaba la guitarra y cantaba las canciones de los Beatles tan exactas como las originales, y no podría hacerlo sin el dedo, y por eso la guapa Rosa no podía pedírselo.

– Sí -dijo la guapa Rosa sin explicar por qué.

– No -dijo Rikke-Ursula, y los demás la apoyamos; en algún punto debía ponerse el límite.

– Sí -dijo la guapa Rosa.

– No -repetimos nosotros.

Y cuando esto fue repetido un sinfín de veces, fue como si a la guapa Rosa le abandonaran las fuerzas, y nuestro no acogido con un silencio producto del agotamiento hizo pensar que habíamos ganado.. Sólo hasta que Sofie se entrometió.

– ¿Cómo? ¿Es que no tiene importancia alguna el dedo índice de Jan-Johan?

No pudimos responder que no, pero un dedo, sin embargo, no era algo que pudiera pedirse. Sofie se mantuvo en sus trece sin poder entender en absoluto que eso pudiera dar pie a controversia alguna.

– Los demás han obtenido lo que querían. Y si la guapa Rosa quiere el dedo índice de Jan-Johan debe poder obtenerlo.

Al final accedimos, porque de todas maneras, pensamos, ninguno de nosotros querría cortarle el dedo a Jan-Johan.

– Lo haré yo -dijo Sofie brevemente.

La miramos unánimemente callados.

Una extraña frialdad la envolvía desde aquello de la pérdida de la inocencia.

Frío. Muy frío. Helado, nieve y hielo.

En ese momento me acordé de que Jan-Johan había estado aquella tarde en la serrería, y no quería imaginarme qué había hecho con el dedo. Pero ahora sabía muy bien quién le había cortado el cuello a la pobre perra.

Sofie la ladina.

No le comuniqué a nadie mis pensamientos. En primer lugar porque no estaba segura de que el dedo tuviera que ver con la obligada entrega de Sofie. En segundo lugar porque ya no me sentía segura con lo que Sofie podía llegar a maquinar.

Varios de nosotros estábamos contentos porque el montón de significado estaba a punto de ser completado.

A Jan-Johan eso le daba igual. Para él podía ser el principio o el final, no quería entregar su dedo índice.

Si Jan-Johan no hubiera sido el último, quizá le hubiéramos perdonado el dedo. ¿Quién sabe lo que podría ocurrir después? De todas maneras ésa no es toda la verdad. Porque la verdad es que si Jan-Johan no hubiera sido el líder de la clase, el que lo decidía todo y tocaba la guitarra y cantaba las canciones de los Beatles cuando a él le venía en gana, le hubiéramos perdonado el dedo. Pero tal y como estaban las cosas no había nada que hacer.

Tenía que ser el sábado por la tarde.

Primero Sofie le cortaría el dedo, después le haríamos un vendaje cubriéndoselo y por último el piadoso Kai lo transportaría a casa de sus padres en la carretilla de los periódicos para que lo llevaran a urgencias y allí le hicieran un vendaje como es debido.

El domingo iríamos a buscar a Pierre Anthon.

XVII

Empleamos el viernes por la tarde para poner orden en la serrería.

Era el 14 de diciembre. No faltaba mucho para la Navidad, pero no pensábamos en ella. Teníamos cosas más importantes que hacer.

Hacía cuatro meses que pasábamos el tiempo en la serrería en desuso y se notaba. El serrín se había mezclado con tierra, envoltorios de chucherías y otras tantas porquerías. El suelo de cemento agrietado había perdido su uniformidad para formar ondulaciones y montículos entre los pedazos de tablones que habíamos esparcido por doquier para jugar a la-tierra-está-envenenada y para sentarnos en ellos. Las arañas parecían no haber interrumpido su actividad a causa de nuestra presencia. Al contrario, era como si hubiéramos favorecido sus posibilidades de captura; todas las esquinas y rincones estaban repletos de ellas. Los cristales de las ventanas, los que quedaban enteros, estaban si cabe más sucios que cuando llegamos.

Tras pelearnos un poco por quién haría qué, nos pusimos manos a la obra.

Frederik y el piadoso Kai recogieron los envoltorios de chucherías. Sebastian, Ole y el gran Hans trasladaron los tablones adonde estaba el resto. Y Maiken, Elise y Gerda treparon por doquier y sacudieron las telarañas. Lady Guillermo, Laura, Anna-Li y el roña de Henrik quitaron toda la suciedad que pudieron de los cristales, y Dennis arrancó los restos de cristales rotos, agrietados cuartos y mitades, para que no impidieran la vista. Rikke-Ursula y yo misma nos turnábamos para rastrillar el serrín y dejarlo dispuesto en una uniforme capa a rayas, con un rastrillo que nos prestó Sofie. Al final la serrería quedó muy bonita.

Una cosa con la que no pudimos hacer nada fue el hedor que había empezado a despedir el montón de significado.

Hedor nada agradable. Desagradable. Repulsivo.

Olor en parte debido a los bienes que la finada Cenicienta había legado a Jesús y a la cruz, y en parte a las moscas que zumbaban alrededor tanto de su cabeza como de su cuerpo. Otro olor todavía más nauseabundo fluía del ataúd del pequeño Emil.

El hedor me hizo recordar algo que Fierre Anthon había gritado unos días antes.

– ¡Un olor nauseabundo es tan aceptable como un buen olor! -Ya no le quedaban ciruelas para tirar, así que para acompañar sus palabras golpeaba con la palma de la mano en la rama donde estaba sentado-. Es a podrido a lo que huele. Y cuando algo se descompone se está convirtiendo en algo nuevo. Y lo nuevo que se crea huele bien. Por eso no hay diferencia entre algo que huele bien y algo que huele mal, los dos forman parte del eterno carrusel.

Yo no le di respuesta, tampoco Rikke-Ursula y Mai-ken que iban conmigo. Sólo nos encogimos un poco y nos apresurarnos hacia la escuela sin comentar lo que acabábamos de oír.

^ Ahora me hallaba en la ordenada serrería tapándome la nariz y supe de pronto que Pierre Anthon tenía razón: algo que olía bien pronto se convertiría en algo que despediría un olor nauseabundo. Y algo que olía mal iba en camino de convertirse en algo que olería bien. Pero también sabía que yo prefería algo que olía bien a algo que olía mal. ¡Lo que no sabía era cómo explicárselo!

Era hora de darle un final al significado.

¡Hora ya! ¡La hora final! ¡El último momento!

Ya no era tan divertido como antes.

En todo caso no para Jan-Johan.

Ya el viernes empezó a lamentarse mientras limpiábamos sin que sirviera de nada que Ole lo mandara callar.

– Me chivaré -respondió Jan-Johan.

Entonces se hizo el silencio.

– No te chivarás -dijo Sofie con frialdad, pero él no se dejó impresionar.

– Me chivaré -repitió-. ¡Me chivaré! ¡Me chivaré! ¡Me chivaré! -repetía como una canción sin melodía.

Jan-Johan quería chivarse diciendo que la historia -que habíamos inventado para que explicara a sus padres era pura mentira. Que no era verdad ni mucho menos que él hubiera hallado el desaparecido cuchillo de su padre y que se hubiera cortado el dedo al arrancarlo de la madera donde estaba clavado.

Era insoportable escuchar esos continuos lamentos, así que Ole dijo gritando que se callara o le caerían un par de tortas. Ni eso le hizo efecto. Y Ole tuvo que atizarle un par de ellas, pero eso sólo transformó los lamentos en un agudo aullido que no cesó hasta que Richard y Dennis sujetaron a Ole diciendo que ya era suficiente. Entonces mandamos a Jan-Johan a casa con el encargo de que volviera al día siguiente a la una.

– ¡Si no apareces te daremos una paliza! -le gritó Ole.