– La pistola, Nannie. Tengo que efectuar un par de importantes llamadas y no quiero correr ningún riesgo. Dame la pistola.
Nannie le dirigió una cariñosa sonrisa.
– Me la tendrás que arrebatar a la fuerza, James, y puede que no te sea tan fácil como supones. Mira, he utilizado el arma para ayudarte. Sukie me ha dado las órdenes y voy a colaborar. Puedes estar seguro de que, si me hubiera dado otro tipo de instrucciones, te hubieras enterado en seguida.
– ¿Que Sukie te dio órdenes? -preguntó Bond, perplejo.
– Es mi jefa, por lo menos de momento. Recibo órdenes suyas y…
Sukie Tempesta apoyó una mano en un brazo de Bond.
– Creo que debo explicártelo, James. Nannie es una amiga mía del colegio. Y es también presidente del NUB.
– ¿Y qué demonios es el NUB?
Bond estaba ahora francamente enojado.
– Norrich Universal Bodyguards – Guardaespaldas Universales Norrich.
– ¿Cómo?
– Guardianas -dijo Nannie jovialmente.
– ¿Guardianas? -preguntó Bond en tono incrédulo.
– Guardianas, como esas personas que cuidan de otras por dinero. Guardianas. Protectoras. Guardaespaldas. James -añadió Nannie-, el NUB es una organización exclusivamente femenina, con personal altamente especializado en todo tipo de armas, karate y otras artes marciales, conducción de automóviles, pilotaje de aviones… Cualquier cosa que puedas imaginarte, nosotras la hacemos. Somos francamente buenas y tenemos una clientela muy distinguida.
– ¿Y la principesca Sukie Tempesta forma parte de esta clientela?
– Naturalmente. Siempre procuro hacer yo misma este trabajo.
– Pues, tu gente no lo hizo demasiado bien la otra tarde en Bélgica -dijo Bond en tono despectivo-. En la gasolinera. Tendría que exigirte una comisión.
– Fue muy lamentable… -contestó Nannie, lanzando un suspiro.
– Yo tuve en parte la culpa -terció Sukie-. Nannie quería recogerme en Bruselas cuando su delegada se tuvo que marchar. Yo le dije que llegaría a casa sin ninguna dificultad. Pero me equivoqué.
– Pues claro que te equivocaste. Mira, James, tú tienes problemas. Sukie también los tiene. Sobre todo, porque es una multimillonaria que se empeña en vivir en Roma la mayor parte del año. Es un blanco muy fácil. Ve a hacer las llamadas telefónicas y confía en mí. Confía en nosotras. Confía en el NUB.
Al final, Bond se encogió de hombros, descendió del vehículo y dejó a las dos mujeres encerradas en su interior. Se sacó el CC-500 de la bota y se encaminó hacia la cabina telefónica. Tuvo que efectuar unas conexiones un poco más complicadas para acoplar el desmodulador al teléfono público. Luego marcó el número de la centralita y llamó al residente de Viena.
La conversación fue muy corta y, a su término, el residente accedió a solventar los problemas con la policía austríaca. Sugirió incluso la posibilidad de que una patrulla se reuniera con Bond en el claro del bosque, incluyendo en ella, a ser posible, al oficial encargado del secuestro de May y Moneypenny.
– Quédate ahí -dijo el residente-. Estarán contigo dentro de aproximadamente una hora.
Bond colgó, volvió a llamar a la centralita y, a los pocos segundos, ya estaba hablando con el oficial de guardia del Cuartel General londinense de Regent's Park.
– Los hombres de Roma han muerto -le dijo el oficial-. Fueron encontrados en una zanja con un disparo en la nuca. No te retires. «M» quiere hablar contigo.
Al cabo de unos instantes, Bond oyó la enfurruñada voz del jefe.
– Mal asunto, James.
«M» sólo le llamaba James en circunstancias muy especiales.
– Muy malo, señor. Moneypenny y mi ama de llaves han desaparecido.
– Sí, y quienquiera que las tenga en su poder pretende cerrar un trato muy duro.
– ¿Cómo dice, señor?
– ¿Nadie te lo ha dicho?
– No he visto a nadie con quien poder hablar.
Hubo una prolongada pausa.
– Las mujeres serán devueltas sanas y salvas dentro de cuarenta y ocho horas a cambio de tu persona.
– Ya -dijo Bond-, suponía que iba a ser algo por el estilo. ¿La policía austríaca lo sabe?
– Creo que están al corriente de ciertos detalles.
– En tal caso, ya me los comunicarán cuando lleguen. Tengo entendido que ya están en camino. Por favor, dígale a Roma que lamento mucho lo de sus dos muchachos.
– Cuídate, cero cero siete. En el Servicio no cedemos a las exigencias de los terroristas. Tú lo sabes y debes atenerte a ello. No se te ocurra hacer actos de heroísmo. Ni desperdiciar tu vida. No deberás, repito, no deberás someterte a estas condiciones.
– Puede que no haya otro camino, señor.
– Siempre hay otro camino. Búscalo y procura hacerlo en seguida.
«M» cortó la comunicación.
Bond retiró el CC-500 y volvió lentamente al automóvil. Sabía que su vida podía ser el precio de las de May y Moneypenny. Si no había más remedio, tendría que morir. Sabía también que llegaría hasta el final, por amargo que éste fuera, y que correría cualquier riesgo capaz de resolver su angustioso dilema.
Los dos vehículos de la policía tardaron exactamente una hora y treinta y seis minutos en llegar. Mientras aguardaban, Nannie le explicó a Bond los pormenores de la fundación de Norrich Universal Bodyguards. En sólo cinco años, la organización había conseguido establecer filiales en Londres, París, Roma, Los Angeles y Nueva York, pese a que ella jamás había hecho la menor propaganda del servicio.
– Si lo hiciera, la gente acabaría pensar que somos unas prostitutas. Todo fue desde un principio una labor puramente oral. Y te aseguro que ha sido muy divertido.
Bond se preguntó cómo era posible que ni él ni el Servicio jamás hubieran tenido noticia de la existencia de aquella organización. El NUB era, al parecer, un secreto muy bien guardado dentro de los estrechos círculos de los multimillonarios.
– Apenas se nos nota -añadió Nannie-. Los hombres acompañados de una guardiana dan la impresión de ir con su pareja; y, cuando protejo a una mujer, siempre procurarnos ir con hombres de confianza -se echó a reír-. La pobre Sukie tuvo que soportar dos dramáticas relaciones amorosas sólo el año pasado.
Sukie abrió la boca con las mejillas encendidas de rabia, pero, justo en aquel momento, llegó la policía. Dos automóviles con las bocinas mudas penetraron en el claro del bosque en medio de una nube de polvo. Había cuatro oficiales uniformados en un vehículo y tres en el otro, más un cuarto vestido de paisano. Este descendió de la parte trasera del segundo automóvil y desdobló su largirucha figura. Iba impecablemente vestido, pero su cuerpo era tan desproporcionado que sólo un experto sastre hubiera podido conferirle una apariencia medianamente presentable. Sus largos brazos terminaban en unas minúsculas manitas que parecían colgar, como las de un simio, casi hasta las rodillas. Su rostro, coronado por una mata de lustroso cabello, era demasiado grande en comparación con los estrechos hombros. Tenía las mejillas tan mofletudas y sonrosadas como las de un rubicundo granjero, y unas enormes orejas que semejaban las asas de una jarra.
– Oh, Dios mío -susurró Nannie-. Muéstrales las manos. Que te vean las manos.
Bond ya lo había hecho instintivamente.
– ¡Der Haken! -musitó Nannie.
– ¿El gancho? -tradujo Bond sin apenas mover los labios.
– Su verdadero nombre es Inspektor Heinrich Osten. Ha superado con mucho la edad de la jubilación y pasa por inspector, pero es el más despiadado y corrupto hijo de perra de toda Austria -Nannie seguía hablando en susurros, como si el hombre que ahora se acercaba a ellos pudiera oír sus palabras-. Dicen que nadie se ha atrevido jamás a pedir su jubilación porque sabe demasiadas cosas acerca de todo el mundo… a ambos lados de la ley.