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– Si tú lo dices…

– Lo digo y, por favor, no cometas ninguna tontería. Al menor movimiento no vacilaré en arrancarte las piernas con esa pistola.

El cañón de la Uzi se movió una fracción.

Poco a poco y con cierta dificultad, Bond empezó a quitarse el traje impermeable. Entretanto, seguía haciendo preguntas cuidadosamente escogidas para conseguir que Nannie siguiera hablando.

– Desde luego, me engañaste como a un estúpido, Nannie. Al fin y al cabo, me salvaste la vida varias veces.

– Más de las que tú sabes -dijo la joven sin la menor emoción-. Ese era mi trabajo o, por lo menos, el trabajo que me había propuesto.

– Tú liquidaste al alemán (¿cómo se llamaba? Conrad Tempel) en la carretera de Estrasburgo, ¿verdad?

– Claro, y antes hubo otros dos que también iban por ti. Les ajusté las cuentas. En el transbordador de Ostende.

Bond asintió para dar a entender que se acordaba de los dos hombres del barco.

– ¿Y Cordova, la Rata… ., el Enano Venenoso?

– Culpable.

– ¿Y el Renault?

– Eso me pilló un poco por sorpresa. Fuiste muy útil, James. Quinn era una espina que teníamos clavada, pero tú volviste a ser útil. Yo me limité a ser tu ángel de la guarda. Ese era mi trabajo.

Al fin, Bond consiguió quitarse el traje impermeable y se quedó tan sólo con los pantalones negros y el jersey de cuello de cisne.

– ¿Y qué me dices de Der Haken? El policía loco.

– Allí me echaron una mano -contestó Nannie, esbozando una sonrisa glacial-. Mi propio timbre de alarma. Der Haken fue informado y me creía una intermediaria entre su persona y ESPECTRO. Una vez agotada su utilidad, el coronel Rahani envió a un equipo especial para liquidarlo. También querían liquidarte a ti, pero el coronel me permitió seguir, aunque con una cláusula de penalización: sería eliminada en caso de que te perdiera. Y estuve en un tris de perderte porque yo fui la responsable del vampiro. Tuviste suerte de que te salvara. Pero yo las pasé moradas con ESPECTRO. Han estado haciendo experimentos con estos animales, aquí. Querían inocularte la rabia. Tú eras como un conejillo de Indias y el plan era llevarte a la isla del Tiburón antes de que se te declararan los síntomas. El coronel quiere tu cabeza, pero asimismo quería ver el efecto de la rabia antes de que te dieran el pasaporte, como vulgarmente se dice. Ponte contra la pared, James -añadió Nannie, moviendo imperceptiblemente la Uzi-. La posición habitual, pies separados y brazos extendidos. No nos gustaría descubrir que llevas algún juguetito escondido, ¿comprendes?

Le cacheó hábilmente y empezó a quitarle el cinturón. Era el momento que más temía Bond.

– Los cinturones son muy peligrosos -dijo Nannie, abriendo la hebilla y sacándolo de las presillas-. Vaya, vaya. Sobre todo, éste. Muy astuto.

Acababa de descubrir la minúscula caja de herramientas.

– Si ESPECTRO tiene a una persona como tú en nómina, Nannie, no veo por qué razón ha tenido que organizar esta payasada de la Caza de Cabezas.

– No me tiene -contestó Nannie-. En nómina, quiero decir. Entré en la competición por mi cuenta. Había trabajado para ellos otras veces y llegamos a un acuerdo. Hicimos un contrato en virtud del cual yo cobraría un porcentaje del premio en caso de que ganara…, tal como ha ocurrido. El coronel me tiene mucha confianza. Le pareció una buena manera de ahorrar dinero.

Como si hubiera oído su nombre, la figura que yacía en la cama se agitó.

– ¿Quién es? ¿Qué…, quién?

La voz, tan firme y autoritaria la primera vez que Bond la oyó, estaba ahora tan devastada como el cuerpo.

– Soy yo, coronel Rahani -contestó Nannie respetuosamente.

– ¿La chica Norrich?

– Nannie, sí. Le traigo un regalo.

– Ayúdeme… a incorporarme -graznó Rahani.

– En este instante, no puedo. Pero tocaré el timbre.

Vuelto de espaldas e inclinado hacia adelante con las manos apoyadas en la pared, Bond le oyó moverse, pero comprendió que no tendría ninguna posibilidad de emprender una acción precipitada. Nannie era muy rápida y precisa. En este instante, con la presa acorralada, su dedo no vacilaría en apretar el gatillo.

– Ahora te puedes levantar muy despacio, James -dijo Nannie. Bond se apartó de la pared-. Date la vuelta poco a poco con los brazos extendidos y los pies separados, y después apóyate contra la pared.

Bond hizo lo que la chica le ordenaba y pudo ver de nuevo la habitación en el momento en que se abría la puerta y entraban dos hombres armados.

– Tranquilizaos -les dijo Nannie en voz baja-. Lo he traído.

Eran los habituales ejemplares de ESPECTRO, uno rubio y el otro calvo; ambos eran musculosos, miraban con recelo y sus movimientos eran rápidos y cautelosos.

– Vaya -dijo el rubio-. Buen trabajo, miss Norrich.

Hablaba inglés con ligero acento escandinavo. El calvo se limitó a asentir.

A continuación entró un hombre bajito, vestido con camisa y pantalones blancos, con la cara deformada por una extraña mueca de la comisura derecha de la boca que parecía permanentemente torcida hacia la oreja del mismo lado.

– Doctor McConnell -dijo Nannie, saludándole.

– Ah, es usted, miss Norrich. Ha traído al hombre de quien siempre habla el coronel, ¿verdad?

Su rostro le recordaba a Bond el de un muñeco de un extraño ventrílocuo que hablara con exagerado acento escocés. Poco después, entró en la habitación una alta y corpulenta enfermera de andares masculinos y cabello pajizo.

– Bueno, ¿cómo está mi paciente? -preguntó McConnell, acercándose a la cama.

– Creo que quiere ver el regalo que le he traído, doctor -dijo Nannie sin apartar los ojos de Bond.

Ahora que ya le tenía en su poder, no quería correr ningún riesgo.

El médico le hizo una seña a la enfermera y ésta se acercó a la blanca mesita de noche y tomó una aplanada caja de mandos del tamaño de un billetero conectada con un cable eléctrico que se perdía bajo la cama. Apretó un botón y la cabecera de la cama empezó a subir, dejando a Tamil Rahani en posición sentada. El mecanismo emitía un zumbido casi imperceptible.

– Aquí está. Dije que lo haría, coronel Rahani, y lo hice. Míster James Bond, a su servicio.

En la voz de Nannie se detectaba un leve matiz de triunfo.

– Ojo por ojo, míster Bond -dijo la cascada voz de Rahani-. Aparte el hecho de que ESPECTRO le quería muerto desde hace más años de lo que usted y yo quisiéramos recordar, yo tenía una cuenta personal que saldar con usted.

– Me alegro de verle en tan mal estado -dijo Bond con frío desprecio.

– ¡Ya! Pues, sí, Bond -graznó Rahani-. La última vez que nos vimos, usted me obligó a saltar para salvar el pellejo. El defectuoso aterrizaje me lesionó la columna y desencadenó la enfermedad incurable que me está llevando a la muerte. Puesto que usted provocó la caída de los anteriores dirigentes de ESPECTRO y diezmó la familia Blofeld, considero ahora un deber, e incluso un privilegio personal, borrarle de la faz de la tierra… De ahí el pequeño concurso -cada palabra le cansaba y suponía para él un esfuerzo sobrehumano-. Un concurso que era un juego en el que nosotros llevábamos todas las de ganar, ya que miss Norrich es una experta y habilísima operadora.

– Y usted manipuló a otros contendientes -dijo Bond, frunciendo el ceño-. Me refiero al secuestro. Confío en que…

– Ah, la deliciosa dama escocesa y la célebre miss Moneypenny. ¿En qué confía?

– Creo que ya ha hablado suficiente, coronel -dijo el doctor McConnell, acercándose un poco más a la cama.

– No…, no… -replicó Rahani casi en un susurro-. Quiero verle abandonar este mundo antes de que yo me vaya.

– Y así será, coronel -dijo el médico, inclinándose sobre la cama-. Pero primero tendrá que descansar un poco.

– Dice usted que confía… -añadió Rahani, tratando de seguir hablando con Bond.