Se detuvo en seco al darse cuenta de que estaba facilitando demasiada información y recuperó rápidamente la compostura. No importaba demasiado que el prisionero lo supiera. En cuestión de dos horas, la hoja bajaría como un rayo y separaría la cabeza de Bond de su cuerpo en una fracción de segundo.
– A la celda -dijo en voz baja-. Ya es suficiente… Supongo que debería preguntarte si tienes una última petición -añadió mientras él cruzaba la puerta.
Bond se volvió a mirarla sonriendo.
– Pues, claro. Nannie, pero no estás en condiciones de satisfacerla.
– Me temo que no, mi querido James. Eso ya te lo di…, y fue muy agradable, por cierto. Incluso puede que te guste saber que Sukie se puso furiosa. Está absolutamente loca por ti. Hubiera debido traerla. Te hubiera complacido de mil amores.
– Te iba a preguntar por Sukie.
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Por qué no la liquidaste? Eres una profesional y conoces los procedimientos. Yo nunca hubiera dejado a alguien como Sukie por ahí, aunque estuviera bajo los efectos de un narcótico. Hubiera procurado silenciarla para siempre.
– Puede que lo haya hecho. La dosis era casi letal -dijo Nannie, bajando la voz con cierta tristeza-. Pero tienes mucha razón, James. Hubiera tenido que asegurarme. En nuestra profesión no puede haber lugar para los sentimientos. No sé…, supongo que no me atreví. Hemos estado muy unidas y siempre he procurado ocultarle esta faceta más oscura de mi personalidad. Cuando haces estas cosas, necesitas a alguien que te aprecie, ¿o acaso tú no lo crees así? ¿Sabes? Cuando estaba en la escuela con Sukie (antes de conocer a los hombres), yo le tenía un cariño enorme. Ha sido muy buena conmigo. Pero tienes razón. Cuando terminemos contigo, tendré que regresar y liquidarla también a ella.
– ¿Cómo te las arreglaste para organizar el encuentro entre Sukie y yo?
– Eso, en realidad, fue un accidente -dijo Nannie, soltando una carcajada-. Yo iba un poco a tientas. Sabía dónde estabas porque había instalado un dispositivo en tu Bentley. Mandé que lo colocaran en el barco. Sukie insistió en hacer aquella parte del viaje sola y tú la salvaste. Yo iba a preparar algo, según donde estuvieras, porque sabía que te dirigías a Roma igual que ella. Es muy gracioso, pero los dos vinisteis a parar directamente a mis manos. Bueno, ¿alguna otra cosa?
– ¿Puedo hacer una última petición?
– Sí.
– Tengo gustos muy sencillos, Nannie -dijo Bond, encogiéndose de hombros-. Tomaré un plato de huevos revueltos y una botella de champán Taittinger… del setenta y tres a ser posible.
– En mi experiencia, todo es posible con ESPECTRO. Veré qué puedo hacer.
Tras lo cual, Nannie se fue y cerró la puerta de la celda produciendo un sordo rumor. La celda era una pequeña estancia en la que sólo había una cama de metal con una manta. Bond aguardó un instante antes de acercarse a la puerta. La mirilla estaba cerrada, pero tendría que actuar con mucha rapidez y precaución. El silencio del lugar era una desventaja: podía haber alguien al otro lado de la puerta sin que él lo supiera.
Poco a poco, Bond se descosió la cinturilla de los pantalones. Ultimamente raras veces dejaba las cosas al azar. Nannie le había quitado el cinturón en el que ocultaba la caja de herramientas de la Rama Q. El equipo de repuesto que había sacado de la cartera en el hotel Pier House era el que ahora necesitaba. Los pantalones negros también habían sido confeccionados por la Rama Q y contenían unos compartimentos ocultos cosidos a la cinturilla y casi de imposible localización. Tardó algo más de un minuto en sacar el equipo de sus seguros escondrijos. Por lo menos, sabía que tenía una buena posibilidad de descerrajar la puerta y salir a la cámara de la ejecución. Después, ¿quién sabía?
Calculó que tardarían una media hora en llevarle la comida. Durante aquel tiempo, debería averiguar si podía abrir la puerta de la celda. Por segunda vez en pocos días, Bond empezó a trabajar con las ganzúas.
Inesperadamente, comprobó que la cerradura era muy sencilla, una vulgar mortaja que se podía manipular sin dificultad con dos de las ganzúas. En menos de cinco minutos, la abrió y la volvió a cerrar. Después la abrió por segunda vez, empujó la puerta y salió a la cámara de la ejecución. La imagen de la guillotina en el centro de la estancia producía una tremenda impresión. Inmediatamente, Bond inició una labor de reconocimiento y observó que sólo podría encontrar la puerta de entrada gracias a que recordaba más o menos su localización. La puerta funcionaba electrónicamente y encajaba tan bien en la pared que parecía formar parte de ella. En caso de que colocara correctamente los explosivos, tal vez lo consiguiera; sin embargo, la posibilidad de encontrar la posición exacta para volar la cerradura electrónica sería más cuestión de suerte que de habilidad.
Regresó a la celda, cerró la puerta a sus espaldas y ocultó la caja de herramientas bajo la manta. Comprendió que las posibilidades de volar la puerta de la cámara de las ejecuciones eran muy remotas.
Se devanó los sesos en busca de una solución. Incluso consideró la posibilidad de destruir la guillotina. Pero sabía que hubiera sido un inútil acto de locura y un desperdicio de buenos explosivos. Seguirían teniéndole en su poder y había muchas maneras de cortarle la cabeza a un hombre.
Le sirvió la comida la propia Nannie, acompañada del calvo que empuñaba la Uzi.
– Dije que nada era imposible para ESPECTRO -comentó Nannie sin sonreír, mientras señalaba la botella de Taittinger.
Bond asintió en silencio y ellos se retiraron sin más. Mientras cerraban la puerta, a Bond le pareció que aún le quedaba un rayo de esperanza. Oyó que el calvo le decía a Nannie en voz baja:
– El viejo está durmiendo. Ahora le vamos a subir.
Tenían que trasladar a Rahani con tiempo para que pudieran despertar de la medicación en la sala de la ejecución. Mientras la enfermera no estuviera con él, Bond tendría una posibilidad. Empezó a pensarlo mientras se tomaba los huevos revueltos y bebía champán. Se alegró de haber pedido la cosecha del setenta y tres. Era un año excelente.
Le pareció oír ruido al otro lado de la puerta y acercó el oído al duro metal, tratando de captar el más leve rumor. Comprendió casi por intuición que alguien se acercaba a la puerta.
Se tendió rápidamente en la cama y oyó que abrían y volvían a cerrar la mirilla. Contó cinco minutos y sacó la caja de herramientas, dejando ocultos de momento los explosivos y los detonadores. Por segunda vez descerrajó la puerta y, al abrirla, vio que la cámara estaba casi a oscuras; sólo estaba encendida una lamparilla de noche a cuya luz pudo distinguir la cama electrónica de Tamil Rahani.
Cruzó rápidamente la cámara. Rahani seguía durmiendo. Bond tocó el mando electrónico de la cama, descubrió que el hilo salía de debajo del colchón y lo siguió hasta debajo de la cama. Exhaló un suspiro de alivio y regresó a la celda para recoger la caja de herramientas, los explosivos y la linterna de precisión.
Se deslizó rápidamente bajo la cama, boca arriba, y buscó la cajita del sensor eléctrico que permitía subir y bajar la cabecera de la cama de Rahani. El hilo llegaba hasta una caja de distribución fijada más o menos en el centro de la parte inferior de la cama. De ella partía un cable eléctrico conectado a un enchufe de la pared. De la caja de distribución salían varios hilos hasta los distintos sensores que levantaban la cama en distintos ángulos. A Bond le interesaban de un modo especial los hilos que conectaban la caja de distribución con el sensor de la cabecera. Estirando cautelosamente el brazo, cerró el interior de la pared y empezó a trabajar con los hilos del sensor de la cabecera.
Primero los cortó y les quitó aproximadamente un centímetro de su revestimiento de plástico. A continuación reunió todos los explosivos de plástico que llevaba consigo, los colocó en contacto con el canto del sensor e insertó finalmente el detonador electrónico con los dos hilos colgando.