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La Sonrisa Perpetua se ensanchó.

—¿Le gustaría ver las herramientas de esta vieja alquimista?

Jacob se echó a reír.

—Bueno, nuestro amigo el pil tiene la piedra filosofal. ¿Qué milagrosos aparatos tiene usted para mezclar los efluvios, y exorcisar los espectros caloríficos?

—Además de los detectores psi normales, como éstos de aquí, no hay mucho. Un aparato de ondas cerebrales, un sensor de movimiento inerte que probablemente es inútil en un campo de supresión temporal, una cámara taquistoscópica en tres dimensiones y un proyector…

—¿Puedo verlo?

—Claro, está al fondo del cofre.

Jacob metió la mano y sacó la pesada máquina. La colocó sobre la cubierta y examinó las cabezas de grabación y proyección.

—¿Sabe? —dijo en voz baja—. Es posible…

—¿Qué pasa? —preguntó Martine.

Jacob la miró.

—Esto, más el lector de pautas retínales que usamos en Mercurio, podría ser un perfecto medidor de proclividades mentales.

—¿Se refiere a uno de esos aparatos que se usan para determinar un estatus condicional?

—Sí. Si hubiera sabido que teníamos esto, habríamos examinado a LaRoque en la base. No habríamos tenido que contactar con la Tierra vía máser y atravesar capas de burocracia falible en busca de una respuesta que podría estar equivocada. ¡Podríamos haber descubierto su índice de violencia en el acto!

Martine se quedó inmóvil. Entonces miró al suelo.

—Supongo que no habría servido de nada.

—¡Pero si estaba usted segura de que pasaba algo con el mensaje de la Tierra! —dijo Jacob—. Si tuviera razón, esto podría salvar a LaRoque de pasarse dos meses en una prisión. ¡Es posible que hubiera podido estar con nosotros ahora! Y también tendríamos más seguridad sobre el posible peligro de los Espectros.

—¿Y su intento de huida en Mercurio? ¡Dijo usted que fue violento!

—La violencia producida por el pánico no implica que sea un condicional. ¿Qué pasa con usted? ¡Creí que estaba segura de que habían inculpado a LaRoque!

Martine suspiró. Evitó mirarle a los ojos.

—Me temo que me puse un poco histérica allá en la base. ¡Imagine, crear toda una conspiración sólo para tenderle una trampa al pobre Peter! Sigue pareciéndome difícil creer que sea un condicional, y tal vez se cometió un error. Pero ya no creo que fuera a propósito. Después de todo, ¿quién querría echarle la culpa de la muerte de ese pobre chimpancé?

Jacob se quedó mirándola durante un instante, sin saber a qué achacar su cambio de actitud.

—Bueno… el asesino auténtico, por ejemplo —dijo suavemente.

Lo lamentó al instante.

—¿De qué está hablando? —susurró Martine. Miró rápidamente a ambos lados para asegurarse de que no había nadie cerca. Ambos sabían que Bubbacub, a unos pocos metros de distancia, era sordo a los susurros.

—Hablo de que Helene deSilva, por mucho que le desagrade LaRoque, cree que es improbable que el aturdidor pudiera haber dañado el mecanismo del campo de estasis de la nave de Jeff. Cree que la tripulación cometió un error, pero…

— ¡Entonces Peter será liberado por insuficiencia de pruebas y tendrá otro libro para escribir! Averiguaremos la verdad sobre los solarianos y todo el mundo estará contento. Cuando se establezcan buenas relaciones, estoy segura de que no importará que mataran al pobre Jeff en un arrebato de ira. Será considerado un mártir de la ciencia y toda esta charla de asesinatos podrá terminar de una vez por todas. Es muy desagradable, de todas formas.

Jacob empezaba a sentir que la conversación con Martine también era desagradable. ¿Por qué se comportaba así? Era imposible seguir con ella un argumento lógico.

—Tal vez tenga usted tazón —dijo, encogiéndose de hombros.

—Claro que sí. —Ella le palmeó la mano y luego se volvió hacia el aparato de ondas cerebrales—. ¿Por qué no va a buscar a Fagin? Voy a estar ocupada durante un rato, y es posible que no se haya enterado todavía de lo del parto.

Jacob asintió y se puso en pie. Mientras cruzaba la cubierta, que temblaba levemente, se preguntó qué extrañas cosas estaría pensando su receloso otro yo. La expresión «asesino auténtico» le preocupaba.

Encontró a Fagin donde la fotosfera llenaba el cielo en todas direcciones, como una pared enorme. Delante del kantén, el filamento en el que viajaban rodaba en espiral hacia abajo y se disipaba en rojo. A derecha e izquierda, y muy por debajo, los bosques de espículas rebullían como filas efervescentes de hierbas gigantescas.

Contemplaron en silencio el espectáculo.

Cuando un tentáculo de gas ionizado pasó ante la nave, Jacob recordó por enésima vez las algas flotando en la marea.

Sonrió al imaginar a Makakai, ataviada con un traje mecánico de cermet y estasis, saltando y zambulléndose entre aquellas fuentes de llamas y hundiéndose, dentro de su concha de gravedad, para jugar entre los hijos de este océano, el más grande de todos.

¿Distraen los eones los Espectros Solares como nuestros cetáceos? ¿Cantando?

Ninguno tiene máquinas (ni la prisa neurótica que causan las máquinas, incluyendo la enfermedad de la ambición), porque ninguno tiene los medios. Las ballenas no tienen manos y no pueden usar el fuego. Los Espectros Solares carecen de materia sólida y tienen demasiado fuego.

¿Ha sido para ellos una bendición o una maldición?

(Pregúntale a la ballena corcovada, mientras gime en la tranquilidad submarina. Probablemente no se molestará en contestar, pero algún día tal vez añada la pregunta a su canción.)

—Llega a tiempo. Estaba a punto de llamar. —La capitana avanzó entre una neblina rosada.

Una docena o más de toroides giraba pintorescamente ante ellos.

Este grupo era diferente. En vez de vagar pasivamente se movían buscando colocarse alrededor de algo en las profundidades de la multitud. Un toro que se hallaba a sólo un kilómetro de distancia se apartó, y entonces Jacob pudo ver el objeto de su atención.

El magnetóvoro era más grande que los demás. En vez de las formas geométricas cambiantes y multifacetadas, bandas claras y oscuras alternaban en torno a su cuerpo, que se hinchaba perezosamente mientras su superficie ondulaba. Sus vecinos se congregaban en todas direcciones, pero a distancia, como frenados por algo.

DeSilva dio una orden. El piloto tocó un control y la nave giró, enderezándose de forma que la fotosfera pronto quedó bajo ellos una vez más. Jacob se sintió aliviado. Por mucho que lo indicaran los campos de la nave, tener el sol a su izquierda le hacía sentirse ladeado.

El magnetóvoro que Jacob había bautizado como «El Grande» giró al parecer ajeno a su séquito. Se movía con torpeza, con un pronunciado temblor.

El halo blanco que bañaba a los demás toroides fluctuaba tenuamente en torno a los contornos de éste, como una llama moribunda. Las bandas claras y oscuras latieron con pulsación irregular.

Cada pulsación evocaba una respuesta en el grupo de toroides. Las pautas de los bordes destacaron en los brillantes diamantes y espirales azules cuando cada magnetóvoro respondió al ritmo cada vez más fuerte de los latidos del Grande.

De repente, el más cercano de los toros se abalanzó hacia el Grande, enviando brillantes destellos verdes a lo largo de su rumbo giratorio.

Alrededor del toro grávido, un puñado de brillantes puntos azules voló hacia el intruso. Se colocaron ante él un instante, danzando, como temblequeantes gotas de agua sobre una cacerola caliente, cerca de su enorme masa. Los puntos brillantes empezaron a repelerlos, mordisqueando y empujando, al parecer, hasta que quedó por debajo la nave.