Jacob pensó en probar por su cuenta con la telepatía cuando la criatura volviera a acercarse. Le habían hecho pruebas una vez y descubrieron que no tenía aptitudes psi, a pesar de sus extraordinarias habilidades memorísticas e hipnóticas, pero de todas formas, tal vez debería intentarlo.
Un movimiento a su izquierda le llamó la atención. Culla, que miraba a un punto delante de él y a cuarenta y cinco grados del cénit, se llevó un micro a los labios.
—Capitana —dijo—. Creo que vuelve. —La voz del pring resonó por toda la nave—. Pruebe ángulosh de 120 a 30 gradosh.
Culla soltó el micro. El cable flexible lo introdujo en una rendija situada junto a su mano derecha y el tubo de bebida, ahora vacío.
La neblina roja se oscureció brevemente mientras un hilillo de gas pasaba ante la nave. Entonces el Espectro volvió, todavía empequeñecido por la distancia pero haciéndose más grande a medida que se aproximaba.
Esta vez era más brillante, y más concreto en los bordes. Pronto resultó doloroso contemplar su tono azul.
Volvió de nuevo como la figura de un hombre, los ojos y la boca ardiendo como brasas mientras gravitaba, a la mitad de camino del cénit.
Permaneció allí durante largos minutos, sin hacer nada. La figura era decididamente malévola. Jacob podía sentirlo! La exclamación de la doctora Martine le hizo darse la vuelta, y advirtió que había estado conteniendo la respiración.
— ¡Maldito sea! —Ella se quitó el casco—. ¡Hay demasiado ruido! ¡Pensé que había conseguido algo… un toque aquí y allá… y entonces desapareció!
—No se moleste —dijo Bubbacub. La voz entrecortada procedía del vodor, situado ahora sobre la cubierta junto al pequeño pil. Bubbacub tenía el casco puesto y contemplaba fijamente al Espectro—. Los humanos no tienen el psi que ellos usan. Su intento, de hecho, les causa dolor y algo de ira.
Jacob deglutió rápidamente.
—¿Ha entrado en contacto con ellos? —preguntaron Jacob y Martine casi al mismo tiempo.
—Sí —dijo la voz mecánica—. No me mo-lesten. —Los ojos de Bubbacub se cerraron—. Dígame si se mueve. ¡Sólo si se mueve!
Después de eso, no pudieron sacarle nada.
Jacob se preguntó qué le estaría diciendo. Observó la aparición. ¿Qué se podía decir a una criatura semejante?
De repente, el solariano empezó a agitar las «manos» y a mover la «boca». Esta vez sus rasgos eran más claros. No quedaba nada de la imagen convulsa que habían visto en su primera aparición. La criatura habría aprendido a manejar las pantallas de estasis. Un ejemplo más de su habilidad para adaptarse. Jacob no quiso pensar lo que aquello implicaba a la seguridad de la nave.
Un destello de color a la izquierda llamó su atención. Jacob se acercó al panel que tenía al lado, sacó el micro y lo conectó en modo personal.
—Helene, mire a uno ocho por sesenta y cinco. Creo que tenemos más compañía.
—Sí. —La voz de deSilva inundó suavemente la parte de la sala ocupada por su cabeza—. Lo veo. Parece hallarse en su forma estándar. Veamos qué hace.
El segundo espectro se aproximó, vacilante, desde la izquierda. Su estructura amorfa y ondulante era como una mancha de aceite en la superficie del océano. Su forma no se parecía en nada a la de un hombre.
La doctora Martine contuvo el aliento bruscamente cuando vio al intruso, y empezó a ponerse el casco.
—¿Cree que deberíamos avisar a Bubbacub? —preguntó Jacob rápidamente.
Ella lo pensó un instante, y luego miró al primer solariano. Todavía agitaba sus «brazos», pero no había cambiado de posición. Ni Bubbacub.
—Dijo que se le avisara si se movía —dijo.
Miró ansiosamente al recién llegado.
—Tal vez yo debería ocuparme de este nuevo y dejar que él siga con el primero, y no molestarle.
Jacob no estaba seguro. Hasta ahora Bubbacub era el único que había encontrado algo positivo. Los motivos de Martine para no informarle de la llegada del segundo solariano eran sospechosos. ¿Estaba envidiosa del éxito del pil?
Oh, bueno, el eté odia ser interrumpido de todas formas, pensó Jacob, y se encogió de hombros.
El recién llegado se acercó cuidadosamente, con pequeños impulsos y paradas, hacia el lugar donde su primo más grande y brillante ejecutaba su representación de un hombre furioso.
Jacob miró a Culla.
¿Debería decírselo al menos a él? Parece tan concentrado en el primer espectro. ¿Por qué no lo ha anunciado Helene? ¿Y dónde está Fagin? Espero que no se esté perdiendo esto.
En algún lugar de las alturas se produjo un destello. Culla se agitó.
Jacob alzó la cabeza. El recién llegado había desaparecido. El primer espectro se encogió lentamente y se desvaneció.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jacob—. Tan sólo he vuelto la cabeza un momento…
—¡No lo shé, Amigo-Jacob! Eshtaba mirando para ver shi la conducta vishual del sher podría revelar algunash pishtas shobre shu naturaleza, cuando de repente apareció otro. El primero atacó al shegundo con un deshtello de luz, y lo hizo marcharshe. ¡Entoncesh también él she marchó!
—¡Tendrían que haberme anunciado la llegada del segun do —dijo Bubbacub. Estaba de pie, con el vodor una vez más alrededor de su cuello—. No im-porta. Sé todo lo que necesitaba sa- ber. Informaré a la hu-mana deSilva.
Se volvió y se marchó. Jacob se puso en pie para seguirle. Fagin les esperaba, junto a deSilva y la Cámara del Piloto. —¿Lo viste? —susurró Jacob.
—Sí. Bastante bien. Estoy ansioso por oír lo que ha descubierto nuestro estimado amigo.
Con un gesto teatral, Bubbacub pidió a todo el mundo que le escuchara.
—Dijo que es viejo. Lo cre-o. Es una ra-za muy vieja.
Sí, pensó Jacob. Eso es lo primero que Bubbacub querría averiguar.
—Los so-larianos di-cen que mataron al chimpancé. LaRo-que lo mató también. Empezarán a matar a hu-manos si no se mar-chan para siempre.
—¿Qué? —exclamó deSilva—. ¿De qué está hablando? ¿Cómo podrían ser responsables LaRoque y los Espectros?
—No pierda la cal-ma, se lo a-consejo. —La voz del pil, moderada por el vodor, tenía un tono de amenaza—. El so-lariano me dijo que hicieron que el hombre lo hiciera. Le dieron su ira. Le dieron su necesidad de matar. Le dieron también la verdad.
Jacob terminó de resumir las observaciones de Bubbacub a la doctora Martine.
—… y entonces terminó diciendo que sólo había una forma de que los solarianos pudieran haber influido en LaRoque desde tanta distancia. Y si usaron ese método quedaban explicadas las faltas de referencias en la Biblioteca. El uso de ese poder es tabú. Bubbacub quiere que nos quedemos el tiempo suficiente para comprobarlo y que luego salgamos de aquí.
—¿Qué poder? —preguntó Martine. Estaba sentada, con el burdo casco psi terrestre sobre el regazo. Culla escuchaba a su lado, con otro fino liquitubo entre los labios.
—No es pi-ngrli. Eso se usa a veces legalmente. Además no puede llegar tan lejos, y de todas formas él no pudo encontrar rastro. No, creo que Bubbacub planea usar esa cosa parecida a una piedra.
—¿La reliquia lethani?
—Sí.
Martine sacudió la cabeza. Miró hacia abajo y jugueteó con un mando del casco.
—Es tan complicado… No lo comprendo en absoluto. Nada ha salido bien desde que regresamos a Mercurio. Nada es lo que parece ser.
—¿Qué quiere decir?
La parapsicóloga hizo una pausa, y luego se encogió de hombros.
—Ya no se puede estar segura de nada… Yo estaba convencida de que el tonto pique entre Peter y Jeffrey era verdadero e inofensivo a la vez. Ahora descubro que fue inducido artificialmente y que resultó letal. Y supongo que también tenía razón respecto a los solarianos. Sólo que no fue idea suya, sino de ellos.