Выбрать главу

¡Si tuviera tiempo! Si la cúpula central hubiera sido más grande o el trabajo de Bubbacub más lento, podría haber encontrado un medio de bajar a aquella abertura en el campo de fuerza para conseguir una muestra de lo que estaban recogiendo, fuera lo que fuese. Jacob se estremeció ante la idea, pero habría merecido la pena intentarlo.

¡O una foto de Culla y Bubbacub trabajando! ¿Pero dónde podría conseguir una cámara en los pocos minutos que le quedaban?

No había ningún modo de demostrar que Bubbacub era un traidor, pero Jacob decidió que la teoría IIB había recibido un gran impulso. En un pedazo de papel, garabateó: LA ASPIRADORA DE B, O LO QUE SEA… ¿ALUCINÓGENOS LANZADOS A BORDO DE LA NAVE? La colocó en el montón, y luego se apresuró hacia la oficina del mecánico jefe.

El hombre protestó cuando Jacob le pidió que le acompañara. Dijo que tenía que estar sentado ante el teléfono y que no podía imaginar dónde podría encontrar una cámara fotográfica normal. A Jacob le pareció que estaba mintiendo, pero no tenía tiempo para discutir. Tenía que conseguir un teléfono.

Había un aparato en la pared cerca de la esquina donde había visto a Culla y Bubbacub subir la rampa. Pero al descolgarlo se preguntó a quién podría llamar, y qué diría.

¿Hola, doctor Kepler? ¿Me recuerda? Jacob Demwa. El tipo que intentó matarse en una de sus Naves Solares. Sí… bueno, me gustaría que viniera aquí abajo y viera a Pil Bubbacub limpiando un poco…

No, eso no serviría. Para cuando llegara, Culla y Bubbacub se habrían marchado y la llamada sería otro punto en su lista de aberraciones públicas.

La idea golpeó a Jacob.

¿Lo he imaginado todo? Ahora no sonaba ninguna aspiradora. Sólo había silencio. Todo el asunto era además tan condenadamente simbólico…

Del otro lado de la esquina llegó un chirrido. Maldiciones pilanas, y el sonido de una máquina al caerse. Jacob cerró los ojos durante un instante. El sonido era hermoso. Se arriesgó a asomarse.

Bubbacub se hallaba al pie de la rampa sujetando un extremo de la aspiradora, las cerdas alrededor de sus ojos prominentes, y el pelaje encrespado en torno al cuello. El pil miraba a Culla, que tenía en la mano el asa de la bolsa de la máquina. Un montoncito de polvo rojo manaba de la abertura.

Bubbacub bufó disgustado mientras Culla cogía el polvo a puñados y luego conectaba la máquina ya montada. Jacob estuvo seguro de que un puñado no fue al montón sino al bolsillo de la túnica plateada de Culla.

Bubbacub dispersó a patadas el polvo restante hasta que se mezcló con el suelo. Luego, tras dirigir una furtiva mirada a los lados, lo que hizo que Jacob se apretujara contra la pared, ladró una rápida orden y guió a Culla de regreso a los ascensores.

Cuando regresó al banco de trabajo, Jacob descubrió al mecánico jefe observando los papeles de su análisis morfológico. El hombre alzó la cabeza cuando se acercó.

—¿Qué pasaba? —Hizo un ademán hacia la Nave Solar.

—Oh, nada —respondió Jacob. Se mordió un instante el interior de la mejilla—. Sólo algunos etés trasteando con la nave.

—¿Con la nave? —El mecánico jefe se puso rígido—. ¿Eso era lo que murmuraba antes? ¿Por qué no lo dijo?

—¡Espere! —Jacob agarró al hombre por el brazo, pues se abalanzó hacia el emplazamiento de la nave—. Es demasiado tarde, ya se han ido. Además, para descubrir qué pretenden hará falta algo más que sorprenderlos haciendo algo extraño. De todas formas, lo que mejor hacen los etés son cosas raras.

El ingeniero miró a Jacob como si lo viera por primera vez.

—Sí —dijo lentamente—. Tiene razón. Pero tal vez sería mejor que me dijera lo que ha visto.

Jacob se encogió de hombros y contó toda la historia, desde que oyó el sonido de la compuerta al abrirse, a la comedia del polvo vertido.

—No lo comprendo —el mecánico jefe se rascó la cabeza.

—Bueno, no se preocupe. Como le decía, hará falta más que una pista para poner en su sitio a ese culto peludo.

Jacob se sentó de nuevo en el taburete y empezó a escribir cuidadosamente en varias hojas.

C TIENE UNA MUESTRA DE POLVO… ¿POR QUÉ? ¿SERÁ PELIGROSO PEDIRLE QUE LO COMPARTA?

¿ES C UN CÓMPLICE VOLUNTARIO? ¿POR CUÁNTO TIEMPO?

¡¡¡CONSIGUE UNA MUESTRA!!!

—Eh, ¿qué está haciendo aquí, por cierto? —preguntó el mecánico jefe.

—Estoy siguiendo pistas.

Tras un momento de silencio, el hombre dio un golpecito a las hojas situadas en el extremo derecho de la mesa.

— ¡Chico, yo no podría ser tan frío si pensara que me estoy volviendo loco! ¿Cómo fue? Me refiero a cuando se volvió majareta y trató de beber veneno.

Jacob alzó la cabeza. Hubo una imagen. Una gestalt. El olor del amoníaco llenó su nariz y un poderoso latido golpeó sus sienes. Parecía que hubiera pasado horas ante el foco de un inquisidor.

Recordó vivamente la imagen. Lo último que vio antes de desplomarse fue la cara de Bubbacub. Los ojillos negros le miraban bajo el borde del casco psi. En toda la nave, sólo el pil había contemplado impasible cómo Jacob caía sin sentido a unos pasos de distancia.

La idea hizo que Jacob sintiera frío. Empezó a escribir pero se detuvo. Era demasiado. Esbozó una nota en el argot del trinario de los delfines y la arrojó sobre la pila IV.

—Lo siento —miró al ingeniero jefe—. ¿Decía algo?

El ingeniero sacudió la cabeza.

—Oh, de todas formas no es asunto mío. No tendría que haber asomado la nariz. Sólo sentía curiosidad por lo que está haciendo aquí.

El hombre hizo una pausa.

—Está intentando salvar el proyecto, ¿verdad? —preguntó por fin.

—Sí.

—Entonces debe de ser el único de los jefazos que lo está haciendo —dijo amargamente—. Lamento haberle tratado mal. Le dejaré tranquilo para que pueda trabajar.

Empezó a retirarse. Jacob reflexionó un instante.

—¿Le gustaría ayudarme? —dijo.

El hombre se volvió.

—¿Qué necesita?

Jacob sonrió.

—Bueno, para empezar me vendría bien un recogedor y una escoba.

—¡Marchando! —el mecánico jefe echó a correr.

Jacob tamborileó los dedos sobre la mesa. Luego recogió las hojas dispersas y se las guardó en el bolsillo.

18. FOCO

—Ya sabe que el director no quiere que nadie entre ahí dentro.

Jacob alzó la cabeza del trabajo.

—¡Caramba, jefe! —sonrió salvajemente—. ¡No lo sabía! ¡Intentaba forzar este candado por deporte!

El otro hombre se agitó nervioso y murmuró algo acerca de que no sospechaba que tomara parte en un robo.

Jacob se echó hacia atrás. La habitación osciló y se tuvo que agarrar a la pata de plástico de la mesa para guardar el equilibrio. Bajo la tenue luz del laboratorio fotográfico resultaba difícil ver bien, sobre todo después de veinte minutos de trabajo con las diminutas herramientas.

—Se lo he dicho antes, Donaldson. No tenemos elección. ¿Qué podemos mostrar? ¿Un puñado de polvo y una teoría descabellada? Use la cabeza. Estamos atascados. ¡No nos dejarán acercarnos a las pruebas porque no tenemos las pruebas necesarias para demostrarlo!

Jacob se frotó la nuca.

—No, vamos a tener que hacerlo nosotros mismos… es decir, si quiere quedarse…

—Sabe que me quedaré —gruñó el mecánico jefe.

—Muy bien, muy bien —asintió Jacob—. Discúlpeme. ¿Quiere acercarme esa pequeña herramienta de ahí, por favor? No, la que tiene el garfio en el extremo. Eso es.