Jacob oyó la puerta abrirse muy despacio, por encima del rugido subjetivo de su propia respiración entrecortada. Palpó los bolsillos de su mono. La mitad de sus herramientas de ladrón estaban allí fuera, en lo alto de uno de los archivadores.
Afortunadamente, su espejo de dentista todavía estaba en el bolsillo de su pecho.
Los pasos del intruso sonaron suavemente en la sala a unos pocos metros de distancia. Jacob sopesó con cuidado las posibilidades en contra de los beneficios potenciales y luego sacó muy despacio el espejo. Se arrodilló y asomó el extremo redondo y brillante, a unos pocos centímetros por encima del suelo.
La doctora Martine se detuvo delante de un archivador, mientras escogía una llave. Dirigió una mirada furtiva hacia la puerta exterior. Parecía agitada, aunque era difícil decirlo por la imagen que se repetía en el diminuto espejo que se agitaba en el suelo a dos metros de sus pies.
Jacob notó que Donaldson se inclinaba sobre él, a su espalda, intentando asomarse. Irritado, trató de hacer retroceder al hombre, pero el ingeniero perdió el equilibrio. Lanzó la mano izquierda para agarrarse y aterrizó sobre la espalda de Jacob.
—¡Uf! —El aire de los pulmones de Jacob salió expulsado cuando el peso del ingeniero jefe cayó sobre él. Sus dientes entrechocaron mientras recibía la fuerza del impacto a través del brazo izquierdo estirado. De algún modo, impidió que ambos cayeran al umbral, pero el espejo resbaló de su mano y cayó al suelo con un diminuto chasquido.
Donaldson regresó a la oscuridad, respirando pesadamente, intentando guardar silencio de un modo patético. Jacob sonrió amargamente. Si había alguien que no había oído aquella debacle tenía que ser sordo.
—¿Quién… quién anda ahí?
Jacob se puso en pie y se sacudió el polvo deliberadamente. Dirigió una breve mirada de reproche al jefe Donaldson, que estaba sentado con expresión sombría, y evitó mirarle a los ojos.
Unos rápidos pasos se alejaron en la sala exterior. Jacob salió al pasillo.
—Espere un momento, Millie.
La doctora Martine se detuvo junto a la puerta. Sus hombros se encogieron mientras giraba lentamente, el rostro convertido en una máscara de miedo hasta que reconoció a Jacob. Entonces sus oscuros rasgos patricios se volvieron de un rojo intenso.
—¿Qué demonios está haciendo aquí?
—Observándola, Millie. Un pasatiempo interesante, pero ahora todavía más.
—¡Me estaba espiando! —jadeó ella.
Jacob avanzó, esperando que a Donaldson no se le ocurriera salir de donde permanecía oculto.
—No sólo a usted, querida. A todo el mundo. Algo huele mal en Mercurio. Todos silban una melodía diferente, y todos tienen algo que ocultar. Tengo la sensación de que sabe usted más de lo que dice.
—No sé de qué está hablando —dijo Martine fríamente—. Pero no es de extrañar. No está usted en sus cabales y necesita ayuda… — empezó a retroceder.
—Es posible —asintió Jacob seriamente—. Pero tal vez sea usted quien necesite ayuda para explicar su presencia aquí.
Martine se envaró.
—Dwyane Kepler me dio sus llaves. ¿Y usted?
—¿Cogió las llaves con su conocimiento?
Martine se sonrojó y no respondió.
—Faltan varias cintas de datos de la última inmersión… todas referidas al período en que Bubbacub hizo su truquito con la reliquia lethani. No sabrá por casualidad dónde están, ¿verdad?
Martine miró a Jacob.
—¡Está bromeando! ¿Pero quién…? No… —sacudió la ca beza lentamente, confundida.
—¿Las cogió usted?
—¡No!
—¿Entonces quién lo hizo?
—No lo sé. ¿Cómo podría saberlo? ¿Qué derecho tiene a preguntar…?
—Podría llamar a Helene deSilva ahora mismo —amenazó Jacob—. Podría decir que acabo de llegar, que he descubierto la puerta abierta y a usted dentro, y la llave con sus huellas. Ella investigaría y descubriría que faltan las cintas y se acabó. Ha estado usted encubriendo a alguien, y tengo algunas pruebas independientes de quién se trata. Si no dice ahora mismo todo lo que sabe, le juro que va a tener que tragarse toda la culpa, con o sin su amigo. Sabe tan bien como yo que el personal de esta base está deseando quemar a alguien.
Martine vaciló. Se llevó una mano a la cabeza.
—No sé… no sé…
Jacob la ayudó a sentarse en una silla. Entonces cerró la habitación con llave.
Tómatelo con calma, dijo una parte de él. Cerró los ojos un momento y contó hasta diez. Lentamente, el brutal picor en sus manos remitió.
Martine se cubrió el rostro con las manos. Jacob vio a Donaldson que asomaba por la puerta. Hizo un movimiento con la mano, y la cabeza del ingeniero jefe desapareció.
Jacob abrió el archivador que la mujer había estado examinando.
Aja. Aquí está.
Cogió la estenocámara y la llevó a la mesa, conectó el interruptor en uno de los visores y encendió ambas máquinas.
La mayor parte del material era bastante interesante, notas de LaRoque sobre los sucesos acaecidos entre el aterrizaje en Mercurio y la mañana que llevó la cámara a la Caverna de las Naves Solares, justo antes del aciago viaje de la nave de Jeffrey. Jacob ignoró el sonido. LaRoque tendía a ser aún más exhuberante a la hora de dejar notas para sí mismo que en su prosa escrita. Pero de repente el personaje de la porción visual cambió, justo después de una panorámica del exterior de la Nave Solar.
Durante un momento, Jacob se sorprendió al ver pasar las imágenes. Luego se echó a reír en voz alta.
Millie Martine se sorprendió tanto que alzó los ojos llorosos. Jacob le hizo un gesto de simpatía.
—¿Sabía lo que venía a coger?
—Sí. —La voz de ella era ronca. Asintió lentamente—, Quería devolverle a Peter su cámara para que pudiera escribir su historia. Pensé que después de que los solarianos fueran tan crueles con él, utilizándole de esa forma…
—Todavía está detenido, ¿no?
—Sí. Consideraron que era lo más seguro. Los solarianos le manipularon una vez, ya sabe. Podrían hacerlo de nuevo.
—¿Y de quién fue la idea de devolverle la cámara?
—De él, por supuesto. Quería las grabaciones y no me pareció que fuera malo…
—¿Dejarle poner las manos en un arma?
—¡No! El aturdidor sería desconectado. Bubb… —Sus ojos se dilataron y su voz se apagó.
—Adelante, dígalo. Ya lo sé.
Martine bajó los ojos.
—Bubbacub dijo que se reuniría con Peter en su habitación y desconectaría el aturdidor, como un favor y para demostrar que no le guardaba rencor.
Jacob suspiró.
—Eso lo colma todo —murmuró.
—¿Qué…?
—Déjeme ver sus manos.
Se adelantó cuando ella se mostró indecisa. Los dedos largos y finos temblaron mientras los examinaba.
—¿Qué pasa?
Jacob la ignoró. Recorrió lentamente la estrecha habitación.
La simetría de la trampa le atraía. Si salía bien, no quedaría un solo humano en Mercurio con la reputación intacta. Él mismo no podría haberlo hecho mejor. La única pregunta era cuándo se suponía que iba a dispararse.
Se volvió y miró de nuevo a la entrada del cuarto oscuro. Una vez más, la cabeza de Donaldson se perdió de vista.
—Muy bien, jefe. Salga. Va a ayudar a la doctora Martine a borrar sus huellas de este sitio.
Martine abrió la boca cuando el grueso ingeniero jefe apareció sonriendo mansamente.
—¿Qué va a hacer usted? —preguntó.
En vez de responder, Jacob descolgó el teléfono de la puerta interna y marcó.