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Kepler alzó la cabeza tristemente.

—Jacob, por favor. Todos sabemos que ha estado usted bajo presión. Millie piensa que deberíamos ser amables con usted y estoy de acuerdo. Pero hay límites.

Jacob extendió las manos.

—Si ser amable significa seguirme la corriente, hágalo, por favor. Estoy harto de que me ignoren. Si usted no me escucha, estoy seguro de que las autoridades terrestres lo harán.

La sonrisa de Kepler se congeló. Se echó atrás en su asiento.

—Adelante. Escucharé.

—Primero: Pierre LaRoque ha negado fehacientemente haber matado al chimpancé Jeffrey o usado su aturdidor para sabotear la Nave Solar pequeña. Niega ser un condicional y sostiene que los archivos de la Tierra han sido manipulados de algún modo.

»Sin embargo, desde nuestro regreso del sol, se ha negado a pasar una prueba-C, que podría demostrar su inocencia. Al parecer cree que los resultados de la prueba también pueden ser falsificados.

—Eso es —asintió LaRoque—. Otra mentira más.

—¿Aunque el doctor Laird, la doctora Martine y yo lo supervisáramos?

LaRoque gruñó.

—Podría perjudicar mi juicio, sobre todo si decido interponer una demanda.

—¿Por qué ir a juicio? No tenía usted motivos para matar a Jeffrey cuando abrió la placa de acceso al sintonizador R.Q…

—¡Cosa que niego haber hecho!

—…y sólo un condicional mataría a un hombre en un arrebato. ¿Por qué permanecer entonces detenido?

—Tal vez esté cómodo aquí —comentó el enfermero. Helene frunció el ceño. La disciplina se había ido al infierno últimamente, junto con la moral.

—¡Se niega a hacer la prueba porque sabe que no la pasará! — gritó Kepler.

—Por eso los Hombres-Solares lo eligieron para que matara — añadió Bubbacub—. Eso es lo que me dijeron.

—¿Y yo soy un condicional? Algunas personas parecen pensar que los Espectros me hicieron intentar suicidarme.

—Su-fría estrés. La doc-tora Mar-tine lo dice. ¿Verdad? — Bubbacub se volvió hacia Millie. Sus manos se retorcieron, pero no dijo nada.

—Llegaremos a eso dentro de unos minutos —dijo Jacob—. Pero antes de empezar me gustaría tener unas palabras en privado con el doctor Kepler y con el señor LaRoque.

El doctor Laird y su ayudante se apartaron amablemente. Bubbacub puso mala cara al verse obligado a moverse, pero obedeció.

Jacob rodeó el sofá. Mientras se inclinaba entre los dos hombres, se puso una mano a la espalda. Donaldson se inclinó y le entregó un objeto pequeño.

Jacob miró alternativamente a Kepler y a LaRoque.

—Creo que deberían dejarlo. Sobre todo usted, doctor Kepler.

—Por el amor de Dios, ¿de qué está hablando? —siseó Kepler.

—Creo que tiene algo que pertenece al señor LaRoque. No importa que lo consiguiera ilegalmente. Lo quiere. Tanto que no le importa soportar temporalmente una acusación que sabe no aguantará. Tal vez sea suficiente para cambiar el tono de los artículos que escribirá sobre esto.

»No creo que el trato aguante. Verá, yo tengo el aparato ahora.

—¡Mi cámara! —susurró LaRoque roncamente, con los ojos brillantes.

—Vaya cámara. Un espectógrafo sónico completo. Sí, la tengo. También tengo las copias de las grabaciones que estaban ocultas en las habitaciones del doctor Kepler.

—T-traidor —tartamudeó Kepler—. Creía que era un amigo…

—¡Cállese, piel bastardo! —gritó LaRoque—. ¡El traidor es usted! —El desdén pareció hervir en el pequeño escritor como vapor largamente contenido.

Jacob dio una palmadita a cada hombre.

—¡Los dos se encontrarán en órbitas sin retorno si no bajan la voz! ¡LaRoque puede ser acusado de espionaje, y Kepler de chantaje y complicidad en el espionaje!

»De hecho, ya que la prueba del espionaje de LaRoque es también una evidencia circunstancial de que no tuvo tiempo de sabotear la nave de Jeffrey, la sospecha inmediata recaería en la ultima persona que inspeccionó los generadores de la nave. Oh, no creo que lo hiciera usted, doctor Kepler. ¡Pero me andaría con cuidado si estuviera en su pellejo!

LaRoque guardó silencio. Kepler se mordisqueó la punta del bigote.

—¿Qué quiere? —dijo por fin.

Jacob intentó resistirse, pero su yo reprimido estaba ahora demasiado despierto. No pudo evitar una pequeña pulla.

—Bueno, todavía no estoy seguro. Ya se me ocurrirá algo. Pero no dejen que su imaginación se desborde. Mis amigos en la Tierra lo saben ya todo.

No era cierto. Pero Mister Hyde era cauteloso.

Helene deSilva se esforzó por oír lo que decían los tres hombres. Si creyera en posesiones diabólicas habría pensado que los rostros familiares se movían siguiendo las órdenes de espíritus invasores. El amable doctor Kepler, taciturno y silencioso desde su regreso del sol, murmuraba como un sabio furioso a quien niegan su voluntad. LaRoque, pensativo y cauto, se comportaba como si todo el mundo dependiera de una cuidadosa selección de situaciones.

Y Jacob Demwa… Gestos anteriores apuntaban que había carisma bajo aquel silencio reflexivo y a veces acuoso. Era algo que la había atraído a pesar de que la frustraba. Pero ahora radiaba. Ardía como una llama.

Jacob se enderezó.

—Por ahora el doctor Kepler ha accedido amablemente a olvidar los cargos contra Fierre LaRoque —anunció.

Bubbacub se levantó de su cojín.

—Está loco. Si los hu-manos perdonan la muer-te de sus pupilos, es su pro-blema. ¡Pero los Hombres Solares pueden obligarle a causar daño otra vez!

—Los Hombres Solares nunca le obligaron a hacer nada —dijo Jacob lentamente.

—Ya le he dicho que está loco —replicó Bubbacub—. Hablé con ellos. No mintieron.

—Como usted diga. —Jacob inclinó la cabeza—. Pero me gustaría continuar con mi sinopsis.

Bubbacub bufó con fuerza y se desplomó sobre el cojín.

— ¡Loco! —exclamó.

—Primero —dijo Jacob—, me gustaría dar las gracias al doctor Kepler por habernos dado permiso al jefe Donaldson, a la doctora Martine y a mí mismo para visitar los Laboratorios Fotográficos y estudiar las películas de la última inmersión.

La expresión de Bubbacub cambió ante la mención del nombre de Martine. De modo que así expresan los pila su disgusto, pensó Jacob. Sintió lástima por el pequeño alienígena. Había sido una trampa maravillosa, y ahora estaba completamente desactivada.

Jacob contó una versión corregida de su descubrimiento en el laboratorio, la desaparición de las cintas del último tercio de la misión. El único sonido en la sala, aparte de su voz, era el sacudir de las ramas de Fagin.

—Me pregunté durante algún tiempo dónde podrían estar las cintas. Sospechaba quién podía tenerlas, pero no estaba seguro de si las había destruido o las había ocultado. Finalmente decidí confiar en que un «acumulador de datos» nunca tira nada. Registré las habitaciones de cierto sofonte y encontré las cintas perdidas.

—¡Se atrevió! —siseó Bubbacub—. ¡Si tuvieran a-mos adecuados le haría a-zotar! ¡Se atrevió!

Helene se recuperó de su sorpresa.

—¿Quiere decir que admite haber escondido cintas de datos del Proyecto Navegante Solar, Pil Bubbacub? ¿Por qué?

Jacob sonrió.

—Oh, eso quedará claro. De hecho, tal como se desarrollaba este caso, pensé que sería más complicado. Pero la verdad es que es muy simple. Verán, esas cintas dejan muy claro que Pil Bubbacub ha mentido.

Un rugido se alzó en la garganta de Bubbacub. El pequeño alienígena se quedó muy quieto, como si no se atreviera a moverse.

—Bueno, ¿dónde están las cintas? —preguntó deSilva.

Jacob cogió el saco de la mesa.