»Probablemente lo que más irritó a Bubbacub fue el fracaso de la Biblioteca para ofrecer datos. Y es la falsificación de ese mensaje lo que le traerá más problemas cuando vuelva a su planeta. ¡Por eso le castigarán más que por haber matado a Jeff!
Bubbacub se puso lentamente en pie. Alisó cuidadosamente su pelaje y luego dio una palmada.
—Es usted muy lis-to —le dijo a Jacob—. Pero habla mucho… y apunta demasiado alto. Construye demasiado con tan poco material. Los hu-manos siempre serán pe-queños. No volveré a hablar más su mierda de lengua terrestre.
Dicho esto, se quitó el vodor del cuello y lo dejó caer sobre la mesa.
—Lo siento, Pil Bubbacub —dijo deSilva—. Pero parece que vamos a tener que restringir sus movimientos hasta que recibamos instrucciones de la Tierra.
Jacob casi esperaba que el pil asintiera o se encogiera de hombros, pero el alienígena ejecutó otro movimiento que de algún modo contenía la misma indiferencia. Se dio la vuelta y marchó hacia la puerta, una figura pequeña y rechoncha guiando a los grandes guardias humanos.
Helene deSilva alzó la «reliquia lethani». La sopesó pensativa. Entonces sus labios se tensaron y lanzó el objeto con todas sus fuerzas contra la puerta.
—Asesino —murmuró.
—He aprendido mi lección —dijo Martine muy lentamente—. No confiar nunca en nadie de más de treinta millones de años.
Jacob estaba perplejo. La sensación de júbilo se difuminaba rápidamente. Como una droga, dejaba tras de sí un vacío, un regreso a la racionalidad, pero también una pérdida de totalidad.
Pronto empezaría a preguntarse si había hecho bien en soltarlo todo de una sola vez en una exhibición orgiástica de lógica deductiva.
La observación de Martine le hizo levantar la cabeza.
—¿En nadie? —preguntó.
Fagin estaba ayudando a Culla a sentarse. Jacob se acercó a él.
—Lo siento, Fagin —dijo—. Tendría que haberte advertido, haberlo discutido contigo primero. Puede que haya… complicaciones en este asunto, repercusiones en las que no he pensado. —Se llevó una mano a la frente.
Fagin silbó suavemente.
—Soltaste todo lo que habías estado conteniendo, Jacob. No comprendo por qué has sentido tanta reticencia para usar tus habilidades, pero en este caso la justicia demandaba todo tu vigor. Es una suerte que lo hicieras.
»No te preocupes demasiado por lo que ha sucedido. La Verdad era más importante que el daño causado por un menor exceso de ansiedad, o por el uso de técnicas dormidas durante demasiado tiempo.
Jacob quiso decirle a Fagin lo equivocado que estaba. Las «habilidades» que había liberado eran más que eso. Eran una fuerza letal en su interior. Temía que hubieran hecho más mal que bien.
—¿Qué crees que sucederá? —preguntó, cansado.
—Creo que la humanidad descubrirá que tiene un enemigo muy poderoso. Tu gobierno protestará. Tendrá mucha importancia cómo lo haga, pero no cambiará en nada los hechos esenciales. Oficialmente, los pila descalificarán las desafortunadas acciones de Bubbacub. Pero son rencorosos y orgullosos, si me permites una descripción dolorosa pero necesariamente desagradable de una raza sofonte.
»Esto no es más que el resultado de una cadena de acontecimientos. Pero no te preocupes demasiado. No es culpa tuya. Lo único que has hecho es advertir a la humanidad del peligro. Tenía que suceder. Siempre ha sucedido con las razas expósitas.
—¿Pero por qué?
—Mi querido amigo, eso es una de las cosas que intento descubrir. Aunque no te sirva de mucho consuelo, piensa por favor que hay muchos seres a quienes les gustaría ver sobrevivir a la humanidad. A algunos de nosotros nos importa mucho.
20. MEDICINA MODERNA
Jacob presionó contra el borde de goma de la pieza ocular del escáner retinal, y una vez más vio el punto azul danzar y titilar en el fondo negro. Intentó no concentrarse en él, ignorando su tentadora sugestión de comunión, mientras esperaba la tercera imagen taquistoscópica.
Destelló de repente, llenando todo su campo de visión con una imagen tridimensional en sepia oscuro. La impresión que tuvo en aquel primer instante desenfocado fue de una escena pastoril. Había una mujer al fondo, rolliza y bien alimentada, con las faldas pasadas de moda revoloteando mientras corría.
Nubes oscuras y amenazantes asomaban en el horizonte, por encima de las granjas emplazadas en una colina. Había gente a la izquierda… ¿bailando? No, luchando. Había soldados. Sus rostros estaban excitados y… tal vez temerosos. La mujer tenía miedo. Corría con los brazos sobre la cabeza mientras dos hombres con armaduras del siglo xvn la perseguían, alzando sus mosquetes con las bayonetas caladas. Su…
La escena se apagó, y el punto azul volvió a aparecer. Jacob cerró los ojos y se retiró del aparato.
—Ya está —dijo la doctora Martine. Se inclinó sobre una consola cercana, junto al médico Laird—. Jacob, dentro de un minuto tendremos los resultados de su test-C.
—¿Está segura de que no necesitan más? Sólo han sido tres. — De hecho, se sentía aliviado.
—No, tomamos cinco de Peter para hacer una doble comprobación. Usted es sólo un control. ¿Por qué no se sienta y se relaja mientras terminamos?
Jacob se acercó a una de las sillas, pasándose la mano izquierda por la frente para secar una fina capa de sudor. El test había sido una prueba de treinta segundos.
La primera imagen fue el retrato de la cara de un hombre, convulsionada y llena de preocupación, la historia de toda una vida que había examinado durante dos, tal vez tres segundos, antes de que desapareciera, tan breve como cualquier cosa efímera que pudiera haber en su memoria.
La segunda fue una confusa mezcla de formas abstractas que sobresalían y entrechocaban en un despliegue estático… algo parecido a las pautas del borde de un toroide solar pero sin el brillo o la consistencia general.
La tercera fue la escena en sepia, al parecer sacada de un viejo grabado de la Guerra de los Treinta Años. Jacob recordó que era explícitamente violenta, el tipo que cabría esperar en un test-C.
Después de la dramática «escena del salón», Jacob se sentía reacio a entrar siquiera en un leve trance para calmar sus nervios. Y descubrió que no podía relajarse sin ello. Se levantó y se acercó a la consola. Frente a la cúpula, cerca de la concha de estasis, LaRoque deambulaba mientras esperaba, contemplando las largas sombras y rocas fundidas del polo norte de Mercurio.
—¿Puedo ver los datos en bruto? —le preguntó Jacob a Martine.
—Claro. ¿Cuál le gustaría ver?
—El último.
Martine tecleó. Salió una hoja de una rendija situada bajo la pantalla. La arrancó y se la tendió.
Era la «escena pastoril». Naturalmente, ahora reconoció su verdadero contenido, pero todo el propósito de la visión anterior era seguir sus reacciones a la imagen durante los primeros instantes, antes de que interviniera la consideración consciente.
Una línea irregular corría arriba y abajo, adelante y atrás de la imagen. En cada vértice o punto de descanso había un número. La línea mostraba el camino de su atención durante la primera ojeada según había detectado el Lector Retinal al observar los movimientos de su ojo.
El número uno, y el principio de la línea, estaba cerca del centro. La línea se extendía hasta el número seis. Luego se detenía sobre la generosa hendidura presentada por el pecho de la mujer que corría. El número siete aparecía allí en un círculo.