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Jacob se acercó tras el pring para observar. Era una oportunidad para aprender más del funcionamiento de Fagin. El kantén le dijo una vez que su especie no tenía ningún tabú, así que seguramente no le importaría que Jacob intentara averiguar qué clase de orificio usaba el alienígena semivegetal.

Estaba empinado detrás de Culla cuando el pring se echó atrás de repente, soltando el liquitubo. Su codo chocó dolorosamente encima del ojo de Jacob, derribándole.

Culla castañeteó ruidosamente. Los liquitubos cayeron de sus manos, que colgaron flaccidas a sus costados. Helene tuvo problemas para contener la risa. Jacob se puso rápidamente en pie. Su mueca hacia Helene («Ya me desquitaré algún día») sólo la hizo toser con más fuerza.

—Olvídelo, Culla. No me ha hecho daño. Ha sido culpa mía. Además, todavía me queda un ojo sano. —Resistió el impulso de frotarse el punto dolorido.

Culla le miró con ojos resplandecientes. El castañeteo remitió.

—Esh ushted muy amable, Amigo-Jacob —dijo por fin—. En una shituación adecuada, pupilo-mayor, la culpa fue mía por deshcuidado. Le doy lash graciash por perdonarme.

—No importa, amigo mío —concedió Jacob. Podía sentir el principio de un feo chichón. Con todo, sería aconsejable cambiar de tema para ahorrar más vergüenza a Culla.

—Hablando de ojos, he leído que su especie y la mayoría de las de Pring, tenían un solo ojo antes de que llegaran los pila y comenzaran su programa genético.

—Shí, Jacob. Losh pila nosh dieron dosh ojosh por cuesh-tionesh eshtéticash. La mayoría de los bípedosh de la galaxia son binocularesh. No querían que lash demásh razash jóve-nesh she burlaran de noshotrosh.

Jacob frunció el ceño. Había algo… sabía que Mister Hyde lo tenía ya pero lo contenía, todavía de mal humor.

¡Maldición, es mi inconsciente!

No tenía sentido. Oh, bueno.

—Pero también he leído, Culla, que su especie era arborí-cora… incluso braquial, si no recuerdo mal…

—¿Y eso qué signifca? —susurró Donaldson a deSilva.

—Significa que solían columpiarse en las ramas de los árboles — respondió ella—. ¡Ahora, cállese!

—Pero si sólo disponían de un ojo, ¿cómo podían tener sus antepasados suficiente percepción de profundidad para no fallar cuando intentaban agarrar la siguiente rama?

Antes de terminar la frase, Jacob se sintió contento. ¡Ésa era la pregunta que Mister Hyde estaba conteniendo! ¡De modo que el pequeño demonio no tenía un cerrojo completo sobre la reflexión inconsciente! Helene le estaba haciendo bien. Apenas le importó la respuesta de Culla.

—Creía que lo shabía, Amigo-Jacob. Oí a la comandante deShilva explicar durante nueshtra primera inmershión que tengo diferentesh receptoresh. Mish ojosh pueden detectar fashe ademásh de intenshidad.

—Sí. —Jacob empezaba a divertirse. Tendría que mirar a Fagin. El viejo kantén le avisaría si se metía en un terreno que a Culla le resultara molesto—. —Sí, pero la luz del sol, sobre todo en un bosque, sería totalmente incoherente… de fase aleatoria. Los delfines usan un sistema parecido en su sonar, conservando la fase y todo lo demás. Pero proporcionan su propio campo de fase coherente emitiendo trinos bien sintonizados.

Jacob dio un paso atrás, disfrutando de una pausa dramática. Pisó uno de los liquitubos que Culla había dejado caer. Lo recogió con gesto automático.

—Entonces, si los ojos de sus antepasados no hacían más que retener la fase, todo el asunto seguiría sin funcionar si no tenían una fuente de luz coherente en su entorno —dijo Jacob, excitado—. ¿Láseres naturales? ¿Tienen sus bosques alguna fuente natural de luz láser?

—¡Por Júpiter que eso sería interesante! —comentó Donaldson.

Culla asintió.

—Shí, Jacob. Losh llamamosh lash… —Sus mandíbulas se unieron en un complicado ritmo—… plantash. Esh increíble que dedujera shu exishtencia a partir de tan pocash pishtash. Hay que felicitarle. Le moshtraré fotosh de uno cuando re-greshemosh.

Jacob vio que Helene le sonreía posesivamente. (Sintió en su interior un gruñido distante. Lo ignoró.)

—Sí. Me gustaría verlo, Culla.

El liquitubo en su mano estaba pegajoso. El aire olía a heno recién cortado.

—Tome, Culla —tendió el liquitubo—. Creo que se le ha caído esto. —Entonces su brazo se congeló. Miró el tubo durante un instante y luego soltó una carcajada.

— ¡Millie, venga aquí! —gritó—. ¡Mire esto!

Tendió el tubo a la doctora Martine y señaló la etiqueta.

—¿Una mezcla de alcalido-3-(alfa-acetonilbenzil)-4-hidroxi-cumarina? —Ella pareció insegura durante un instante—. ¡Vaya, eso es «Warfarin»! ¡De modo que es uno de los complementos dietéticos de Culla! Entonces ¿cómo demonios llegó una muestra a los medicamentos de Dwyane?

Jacob sonrió tristemente.

—Me temo que ese asunto fue culpa mía. Cogí sin darme cuenta una muestra de una de las tabletas de Culla a bordo de la Bradbury. Tenía tanto sueño cuando lo hice que lo olvidé. Debí meterlo en el mismo bolsillo donde más tarde guardé las muestras del doctor Kepler. Y fueron todas juntas al laboratorio del doctor Laird.

»Fue pura coincidencia que uno de los suplementos nutritivos de Culla fuera idéntico a un viejo veneno terrestre, pero sí que me hizo andar en círculos. Pensaba que Bubbacub se lo dio a Kepler para volverlo inestable, pero nunca me sentí satisfecho con esa teoría. —Se encogió de hombros.

— ¡Bueno, pues yo me alegro de que todo el asunto quede zanjado! —rió Martine—. ¡No me gustaba lo que la gente empezaba a pensar de mí!

Era un pequeño descubrimiento. Pero de algún modo aclarar un misterio transformó el estado de ánimo de los presentes. Charlaron animadamente.

La única mancha se produjo cuando pasó Fierre LaRoque, riendo en voz baja. La doctora Martine fue a pedirle que se reuniera con ellos, pero el hombrecito se limitó a sacudir la cabeza, y luego siguió dando vueltas alrededor de la nave.

Helene estaba junto a Jacob. Tocó la mano que aún sostenía el liquitubo de Culla.

—Hablando de coincidencias, ¿has echado un vistazo a la fórmula del suplemento de Culla? —Se detuvo y alzó la cabeza. Culla se acercó a ellos y saludó.

—Shi ya ha terminado, Jacob, me llevaré eshte tubo pega-josho.

—¿Qué? Oh, claro, Culla. Tome. ¿Qué decías, Helene?

Aunque el rostro de ella permanecía serio, resultaba difícil no sorprenderse de su belleza. Era la fase inicial del período de enamoramiento que, durante algún tiempo, dificulta escuchar a la amada.

—Decía que advertí una extraña coincidencia cuando la doctora Martine leyó en voz alta esa fórmula química. ¿Recuerdas cuando hablaste de láseres orgánicos teñidos? Bueno…

La voz de Helene se apagó. Jacob pudo ver cómo se movía su boca, pero todo lo que pudo distinguir fue una palabra:

—… cumarina…

Había problemas en erupción. Su neurosis controlada se había rebelado. Mister Hyde intentaba impedirle que escuchara a Helene. De hecho, de pronto advirtió que su otra mitad había estado dominando su habitual habilidad de reflexión desde que Helene había dado a entender, en su conversación al borde de la cubierta, que quería que él proporcionara los genes que llevaría consigo a las estrellas cuando la Calypso diera el salto.

¡Hyde odia a Helene!, advirtió con sorpresa. ¡La primera chica que conozco y que podría empezar a reemplazar lo que he perdido —un temblor, como una migraña, amenazó con hendir su cráneo—, y Hyde la odia! (El dolor vino y se fue instantáneamente.)

Más aún, aquella parte de su inconsciente lo había estado engañando. Había visto todas las piezas y no las había dejado salir a la superficie. Eso era una violación del acuerdo. ¡Era intolerable, y no era capaz de imaginar por qué!