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– Soy abogada -respondió con más humildad.

– Puede que sea el siguiente diploma que consiga declaró Maybelle-. La media naranja de Dickie está involucrado en una demanda con un montón de gente, y he de decirte que el abogado que los lleva se va a forrar cuando acabe todo.

Mallory se puso tensa.

– Ah, ¿qué clase de demanda?

Maybelle regresó al escritorio y Mallory volvió a seguirla.

– Sucedió algo descabellado -comenzó mientras se sentaba-. Tiene el gusanillo del mundo del espectáculo, e iba a una audición para un papel en el que querían a un pelirrojo… No podía ser. Era imposible.

– Ahora que hemos llegado a conocernos, ¿te importa si me quito la chaqueta? -Maybelle se interrumpió a sí misma, quitándosela sin aguardar una respuesta.

– Por supuesto que… -miró la camiseta que había debajo de la chaqueta- no -no exhibía el habitual motivo de piel de serpiente. Retrataba a una pitón enroscada en torno al cuerpo flaco de Maybelle, con la cabeza bajando por un hombro.

– … y ese líquido le tiñó la cabeza de verde.

– ¡No! -exclamó, quebrando el contacto visual con la pitón al darse cuenta de que tenía algo mucho peor que una serpiente de lo que preocuparse.

– Oh, sí -corroboró, malinterpretando la reacción explosiva de Mallory-. Y es muy minucioso en eso del desarrollo del personaje, ¿sabes? De modo que no sólo se tiñó el pelo de la cabeza, no señor. Se tiñó todo, si entiendes por dónde voy.

Mallory, sentada en el mismo borde del sillón, preguntó:

– ¿Quiere decir que…?

– Quiero decir que durante un tiempo hasta sus genitales fueron verdes -respondió Maybelle-. Y quiero asegurarte que estaba muy disgustado -hizo una pausa momentánea-. Tienen un apartamento aquí, en la casa. La conversación a veces se vuelve muy personal.

– Maybelle, hay algo que debo decirle -comenzó Mallory. ¿Cómo iba a poder ayudarla si tenía un conflicto de intereses?

Maybelle se adelantó.

– Desde luego, y aquí estoy yo hablando de otras cosas. Todas venís en busca de ayuda. Mallory sopesó sus opciones. Esa mujer podía estar chiflada, pero tenía todos esos diplomas y esos diamantes, y poseía ojos inteligentes. ¿Por qué debía saber que estaba en el bando contrario en la demanda de su inquilino? Sólo porque ella se sentía moralmente obligada a contárselo. Pero, ¿por qué? Si Maybelle estuviera involucrada en el caso, sería diferente, pero…

Mientras su mente daba vueltas en círculos, Maybelle continuó:

– No sé qué es lo que te preocupa tanto. Eres bonita. Eres inteligente. ¿Qué quieres cambiar?

¿De lugar? ¿Volver al hotel y recordar esa experiencia únicamente como una velada interesante? Después de sopesar todas las pruebas, la conclusión a la que llegó fue que en el transcurso de un día trascendental, había pedido algo a Santa Claus, se había presentado allí, había empleado una aldaba fálica y no había huido. Quizá nunca volviera a mostrar ese valor. «Es ahora o nunca».

– A mí -susurró-. Quiero cambiarme, desde dentro.

Capítulo 5

– La boda fue un éxito -comentó Athena-. Tenía que competir con todas esas esnobs con que se acompaña la princesa y sabía que no había un diseñador en la faz de la tierra que las impresionara, de modo que bajé a la Cuarenta Oeste y compré toneladas y toneladas de chifón de seda en distintos colores, y entonces…

«Quizá se hizo la liposucción y por accidente le succionaron el cerebro junto con la grasa». Carter forzó una sonrisa dedicada a la mujer que tenía sentada frente a él en Le Bernardin. Athena medía un metro ochenta y estaba aún más flaca que la última vez que la había visto, cuando había pesado unos cuarenta y cuatro kilos. La cena que no estaba tomando, le iba a costar, tranquilamente, unos doscientos cincuenta dólares.

– … Instituto de Moda, y la enrolló a mi alrededor como si fuera una toga -hizo una breve pausa-. Más o menos como una toga, porque las togas por lo general son blancas, ¿verdad? Pero esta no lo era… esta era de todos esos colores que yo había elegido, de modo…

«Gracias por aclarármelo». Trató de imaginar que mantenía una conversación de ese estilo con Mallory, pero no pudo. «Me pregunto con quién habrá salido. ¿Alguien a quien conoce desde hace tiempo? ¿Un amigo de la familia? ¿Un pariente?»

Era verdad que Mallory y él habían mantenido una conversación sobre calcetines. ¿Qué sentido había tenido toda esa escena? Se había acercado con aire remilgado para interferir en su compra de calcetines, como si supiera mejor que él los que iba a necesitar… y al tenerla allí de pie, bastante irritado con esa actitud de sabidilla, había experimentado el impulso extraño de besarla. Cuanto más cerca había estado, más fuerte el impulso. Había tenido que controlarse para no besarla en la tienda.

– Cuando esa anoréxica de Simonetta me vio, chilló. Luego se me acercó corriendo y me dijo: «¿Quién te hizo ese vestido tan divino?», pero lo dijo en italiano, y yo pensé que intentaba atacarme por haber subido la oferta por aquel apartamento que ella quería, así que me enfadé de verdad y estuve a punto de tirarle del pelo, pero Fernando se presento justo a tiempo y me tradujo al inglés lo que había dicho…

– ¿Postre? -preguntó, con la esperanza de no sonar tan desesperado como se sentía.

– En cuanto termine de contarte -respondió Athena-. De modo que le dije que había encontrado un diseñador nuevo del que no pensaba hablarle a nadie hasta estar segura de tener su más absoluta y total lealtad -frunció los labios brillantes y carnosos hasta formar una línea severa.

– Le robaste el apartamento -indicó Carter-. ¿No crees que le debes un diseñador de ropa? -santo cielo, me estoy metiendo en la conversación. Dentro de diez minutos le preguntaré si soy más un tipo de hombre Brioni o… ¿cómo se llamaba aquel tipo de los trajes cruzados amplios? Ambrose. Armand. Eso es, creo, Ar…»

Athena plantó los diez centímetros de tacón de aguja en el suelo debajo de la mesa. Fue lo bastante dramático como para sobresaltarlo.

– No había ningún diseñador -manifestó, con voz grave-. Era un estudiante del Instituto de Moda. Ahí estaba la gracia, que hice algo realmente creativo y dejé a Simonetta aturdida, y tú ni siquiera me escuchabas.

– Te escuchaba -protestó-. Te envolvió como en una toga. Quiero decir, las telas que compraste, las pasó a tu alrededor como en una toga de muchos colores -se sentía bastante avergonzado de sus modales. Cuando se salía tanto como él, tarde o temprano se vivía una de esas noches de aburrimiento, pero uno aprendía a comportarse con decencia lo que duraba la catástrofe, para luego no volver a llamar a la mujer.

Debía de haber disfrutado de su última cita con Athena, de lo contrario, no habría vuelto a llamarla. Lo gracioso era que no podía recordar cuándo había tenido lugar dicha cita.

– Estaba preciosa -la voz de Athena subió un poco-. Soy preciosa. Y tú no me estás prestando la más mínima atención -se puso de pie-. No tomaría tu postre ni aunque fuera el último postre que alguien fuera a ofrecerme. Voy a reunirme con Fernando en el bar Fressen. Él me presta atención -le lanzó una mirada de desaprobación-. Él -añadió como golpe final- se viste de Armani.

«Ese es el nombre. Armani». Sin lamentar nada salvo el hecho de haber sido grosero con Athena, llamó al camarero.

De vuelta al St. Regis, le pareció significativo no poder recordar la última cita con Athena. Pero una cosa era segura, no habría otra. Brie… Brie era una joven trabajadora y sensata, una vendedora de bonos en Wall Street.

Tomarían un chuletón y ella pediría el suyo medio hecho. La noche del día siguiente iría mejor.

Se preguntó cómo estaría yendo la noche de Mallory.

Después del discurso de Maybelle, Mallory seguía sintiéndose obstinada ante la insistencia de la mujer de que al día siguiente se pusiera la chaqueta roja de Carol. Había argüido que era demasiado sexy para un ambiente de trabajo. En uno o dos días compraría algo más luminoso.