Mallory aprovechó la oportunidad para deslizarle la nota a Carter. Él la leyó y frunció el ceño. Comenzó a escribir con rapidez, luego le devolvió a Mallory el bloc de notas.
Ésta leyó la respuesta y jadeó en voz alta. «¿Quieres decir que te has acostado con él?» Al darse cuenta de que tanto Phoebe y Kevin como el cámara la miraban, dijo:
– Lo siento. Hace un poco de calor aquí, ¿verdad? -se abanicó con el bloc de notas.
Nadie respondió. Al parecer, no lo creían. Mientras Carter pasaba a la siguiente pregunta, ella escribió: «¡Claro que no me he acostado con él!» Golpeó a Carter en el codo con el bloc, pero estaba ocupado interrogando.
– ¿Cuáles fueron sus ingresos como actor antes de tomar la decisión de teñirse el pelo de rojo para la audición en cuestión? Deje que lo exponga de esta manera. ¿Cuáles fueron sus ingresos el año pasado?
Mmm… -musitó Kevin-. Quinientos del espectáculo del barco, doscientos cincuenta de la Feria de juguetes… -continuó musitando para sí mismo durante varios minutos y al final anunció una cantidad que no habría cubierto una mensualidad de la hipoteca de Mallory.
– ¿Y cuánto gana en su trabajo actual?
– Mmm… -Kevin desvió la vista antes de tartamudear una cantidad.
– ¿De modo que ahora gana más que antes del supuesto incidente desafortunado con el tinte?
Hasta Mallory se sobresaltó por la sequedad de la voz de Carter.
– Pero habría podido conseguir ese papel -insistió Kevin-, si no me hubiera…
Carter se dedicó a hacer preguntas y a escribir en el bloc al mismo tiempo. Luego le deslizó el bloc a ella.
«Entonces, ¿de qué os conocéis?»
«No es asunto tuyo», replicó ella, acercando el bloc hacia él.
«Desde luego que lo es. Es testigo en un caso en el que me he comprometido para ganar».
– Quizá este sea un momento adecuado para un descanso -intervino Phoebe con mordacidad-. Los dos podréis discutir verbalmente vuestros problemas en vez de marear ese bloc de notas.
– Perfecto -aceptó Carter.
– Perfecto -convino Mallory.
Se miraron con ojos centelleantes mientras Phoebe, Kevin, el cámara y la estenógrafa se retiraban.
– ¿Y bien? -dijo él con ojos centelleantes.
– Él no me conoce. Yo conozco a alguien que lo conoce a él, eso es todo. La información sobre Kevin surgió en una conversación desligada del interrogatorio. Es pura coincidencia.
Carter la observó largo rato, luego pareció calmarse un poco.
– Se comportó de forma peculiar al entrar.
– Es imposible que me conociera -insistió ella-. A menos que Richard o Maybelle le mencionaran mi nombre. Pero eso no sería ético.
Carter la observaba con atención.
– ¿Conocerlo te impediría hacer bien tu trabajo?
– Claro que no -«sólo podría impedirme obtener mi nueva imagen, eso es todo».
– ¿Estás segura?
– Absolutamente.
– De acuerdo -gruño-. Supongo que me excedí en mi reacción. ¡Phoebe! -gritó a través de la puerta cerrada. Estamos listos para continuar.
– Aquí tienes tu otra chaqueta -dijo él, pasándole la bolsa de plástico del tinte una vez en el hotel-. Refréscate y podremos tomar una copa juntos antes de que salgamos. Tengo cosas de las que hablar contigo… ah, cosas sobre los interrogatorios de hoy -carraspeó-. Varias cosas.
– Gracias. Me siento lo bastante tensa como para aceptar algo fuerte. Me apetecería un margarita -se marchó con un leve contoneo de las caderas.
En el dormitorio, se desabotonó despacio la chaqueta roja, se quitó la blusa negra por la cabeza y se quedó quieta un momento, mirándose en el espejo. El sujetador era negro, pero sin encaje. Había llevado otro sujetador.
Era blanco… aunque tampoco con encaje. Se quitó el negro.
Luego examinó con atención la falda. Era muy bonita, con un corte excelente y llegaba hasta la rodilla, incluso después de haber doblado la cintura. La enrolló otra vez, y otra. En ese momento mostró bastante más pierna sin abultarse demasiado en la cintura. Después de contemplar la chaqueta negra en la bolsa, volvió a ponerse la roja, se la abotonó y se miró otra vez de frente.
– Ayyy -musitó-. No puedo hacerlo.
Se quitó las manos de los ojos. El botón superior de la chaqueta llegaba justo debajo de sus pechos. Las solapas se curvaban sobre ellos, casi cubriéndolos, aunque no del todo. Si mantenía los hombros encorvados…
Pero ésa no era la idea. Un milímetro por vez, irguió los hombros y sintió que los pechos subían. Entraría en el salón de esa manera, mostrando todo lo que tenía y orgullosa de ello.
Una mujer lanzada a la seducción. Esa era la actitud que necesitaba.
De modo que era eso lo que haría, justo después de cepillarse los dientes, retocarse el lápiz de labios, lavar el sujetador y la blusa, sacarle brillo a los zapatos…
«Nunca te desvíes, nunca te desvíes, nunca te des…»
Esa era la voz inconfundible de Ellen Trent, débil, con menor presencia, pero aún allí. Maldijo en voz baja. No era como si pretendiera abandonar todo lo que había aprendido de su madre. Le gustaba la eficacia y la pulcritud. Sólo pensaba relajar un poco toda la rigidez para ver si eso le proporcionaba un poco más de suavidad, de feminidad.
Diablos. Se lavó los dientes, se puso carmín y regresó al lado de Carter.
Al salir al salón, él alzó la vista y pudo ver la expresión aturdida que pasó por su cara. Con rapidez volvió a centrarse en el documento que había estado leyendo.
– Te refrescas muy bien -musitó.
– Gracias -se sentó en el borde del sillón y con suma lentitud cruzó las piernas-. ¿Prefieres tomar la copa aquí o bajar al bar del hotel?
– Aquí. Ya las he pedido. Les dije que se dieran prisa.
– Bien. He de estar en otra parte a las siete.
– Yo también. ¿A qué hora tienes que salir?
– Debería irme a las siete menos cuarto.
– Yo también.
– Veo que tenemos el mismo horario.
– Exacto. Disponemos de unos treinta minutos para hablar -volvió a mirarla y se movió un poco en el sillón mullido que ocupaba. Ella se adelantó y le ofreció una sonrisa de ánimo-. Bien. ¿Qué impresión te causaron hoy los testigos? -preguntó, y clavó la vista en el escote de la chaqueta.
«Contrólate», gruñó para sus adentros. «Contrólate y no quieras devorarla. Eres un abogado. Actúa como tal. Ella es tu colega de profesión. Trátala como tal. No pienso dejarla ir a ver a nadie con ese aspecto. ¿Y cómo vas a detenerla?»
– El tiempo juega a nuestro favor -repuso Mallory, con expresión pensativa y al parecer ajena al hecho de que sus pechos prácticamente querían estallar la ropa.
Y qué pechos. Cuando iban a la facultad de Derecho no tenía esos pechos. No podría haberlos tenido, de lo contrario, los habría notado.
Las llamas le apuñalaron la entrepierna al darse cuenta de que no llevaba sujetador, o, de llevarlo, era el de escote más pronunciado del mercado. Maldición.
Volvió a cambiar de posición en un intento vano de esconder la clara evidencia de lo que tenía en la mente y dijo:
– Estoy de acuerdo. El ritmo lento de la ley juega a nuestro favor.
– Nadie se puso enfermo, el daño no es permanente y la dura experiencia ya casi ha pasado para los demandantes, al menos en términos de apariencia personal.
– Sí. Veamos -con el fin de tener algo que hacer con las manos al igual que algo con lo que cubrirse el regazo, Carter recogió el calendario impreso de los acontecimientos-. El incidente del tinte tuvo lugar el diecisiete de marzo. El lote salió el veinticuatro… estuvo a la venta el… exacto… el último frasco se compró el… y se utilizó una semana más tarde… De modo que la persona que adquirió ese último frasco ha dispuesto de seis meses para que le crezca el pelo. Si Kevin se hubiera cortado la mitad del pelo, ya sería rubio otra vez.
Había mencionado a Kevin adrede. Quería ver la reacción de ella. Se le ruborizó un poco.