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No podía sentir celos. No tenía ningún derecho sobre Mallory. Pero sí se sentía responsable por ella, sentía la necesidad de protegerla de los lobos y de otra clase de depredadores.

– ¿Tiene algo que ver con ese tal Kevin? -insistió cuando el camarero se hubo marchado. Vio que se ruborizaba y que exhibía una expresión de gran culpabilidad.

– Su vino, señor -indicó el sumiller, ofreciendo la botella a la inspección de Carter.

– Perfecto -repuso sin mirarla-. No, no quiero probarlo. Simplemente, sírvalo.

Mallory había recorrido la distancia desde Bergdorf's hasta el restaurante con la esperanza de que sus elegantes botas nuevas fallaran en la primera prueba. Resbalaría en la helada acera y se caería. Con lo bien que se le daba no llamar la atención, podía quedarse quieta en las frías baldosas hasta congelarse y morir, lo que parecía infinitamente preferible a contarle a Carter que Kevin conocía su deseo má profundo.

Les había contado a los testigos de la oposición que para Navidad quería conseguir al abogado de la defensa. Kevin podría chantajearla. ¿Hasta dónde llegaría ella para evitar que le revelara a Carter lo que sentía por él? Peor aún, ¿y si Kevin le estaba contando en ese momento a Phoebe que tenían a la abogada de la defensa en un aprieto? Gimió.

– ¿Perdona? -Carter enarcó las cejas.

– Me da pánico contarte lo que tengo que contarte -al menos ya había dado un paso.

Él dio la impresión de ponerse un poco tenso.

– Siempre es mejor no reservarse nada y quitárselo de encima.

Ella suspiró.

– Kevin era el Santa Claus de los grandes almacenes.

– ¿Cómo lo sabes?

Había llegado el momento de mentir.

– Preferiría no contártelo -apretó los labios y supo que él no iba a conformarse con esa respuesta, pero le daría un segundo para pensar en otra.

– Yo preferiría que me lo contaras -también él apretó los labios.

– Una Torre de Roquefort y Pera para la dama -entonó el camarero-. Y mejillones al curry para usted, señor, además de unos deliciosos aros de cebolla.

Mallory atacó la ensalada con fingido ímpetu, pero incluso con la vista baja podía sentir que le perforaba un agujero a través de la frente.

– Lo adiviné -anunció de repente.

– Lo adivinaste.

– Sí.

– ¿Cómo?

– Oh, su voz. Algo.

– De modo que sólo se trata de una conjetura por tu parte.

– No, luego se lo pregunté.

– ¿Cuándo?

– En un momento en que tú… no estabas presente.

Él frunció el ceño, tratando de recordar un momento durante la tarde en el que Kevin y ella hubieran podido estar a solas, y ella esperó que no se concentrara demasiado. No iba a encontrar ninguno porque ninguno había habido.

– Comprendo -aceptó Carter al final-. Bueno, ahora que hemos aclarado eso, quizá podamos volver a trabajar. ¿Cómo crees que deberíamos llevar a la mujer con los dientes verdes que vamos a interrogar mañana?

Carter pensó que podría hablar y rumiar al mismo tiempo. No creía que se lo hubiera preguntado a Kevin. No creía que hubiera habido un momento en el que hubiera salido de la sala mientras Kevin y ella seguían dentro. Aún mantenía secretos. Por no mencionar quiénes habían sido sus citas.

Y lo peor era que le importaba. Ese era el problema. No era el momento idóneo para que su relación se volviera física, pero se la veía tan hermosa, tan deseable, con esos pechos blancos. Podría haberse acostado con esa mujer cinco años atrás si hubiera activado su encanto cuando tuvo la oportunidad, y el hecho de no haber aprovechado esa oportunidad lo estaba matando.

Tenía que quitársela de la cabeza, aunque no era su mente la que le planteaba problemas, hasta que hubiera cerrado con éxito el caso y ella se desmayara de admiración. De modo que saldría con Brie al día siguiente por la noche y con otra el viernes, y luego ya pensaría en algo para salvar el fin de semana.

Mallory discutía con él incluso en ese momento, y no podía culparla, porque había estado fantaseando con ella y dicho algo estúpido. Se acabaron las estupideces. Su vida dependía de ello.

Fue a la mañana siguiente cuando Mallory sintió el pleno impacto de su reciente desvío del sendero conocido de orden y serenidad.

Cuando Carter salió de la habitación que ocupaba con aspecto de estar listo para desayunar, ella se hallaba vestida con los nuevos pantalones ceñidos, la chaqueta azul verdosa, un escandaloso top que Maybelle había metido en la bolsa en el último instante y los Prada de tacones altos, mientras sacaba de forma metódica todo el contenido de su bolso.

– ¿Qué haces?

– No encuentro mi tarjeta de crédito.

– Llama y pide que te envíen otra.

Le lanzó una mirada que habría enorgullecido a su madre.

– De acuerdo -musitó él-. ¿Cuándo fue la última vez que la usaste?

Trató de centrarse en la tarjeta perdida y no en la boca cíe Carter.

– En Bloomingdale's, creo, cuando fuimos a comprar calcetines.

– Lo más probable es que la guardaras en algún lugar raro.

– Nunca, como dices tú, guardo mi tarjeta en un lugar raro. Tiene su sitio y es ahí donde la pongo.

– Debí imaginarlo -comentó con sarcasmo. Pero esta vez… -le apuntó con un dedo triunfal- no lo hiciste.

Ella apretó la boca.

– No necesito que alguien que ni siquiera es capaz de guardar unos calcetines me indique eso.

– No, supongo que no. Tú nunca olvidas nada, ¿verdad? -se acercó a la mesa, escudriñando los objetos diseminados sobre ella-. Veamos qué hay aquí -añadió con una sonrisa que no podría calificarse de amistosa.

– Mantente alejado de mi bolso -le ordenó.

– Sólo busco tu tarjeta de crédito, no toco nada -expuso-. Un bolso lleno de material de primeros auxilios no es muy privado, ¿no? Santo cielo. Qué tenemos aquí. Un equipo diminuto de herramientas. Un tubo de súper pegamento. ¿Guardas por alguna parte una grúa plegable? ¿Y dónde llevas la cinta aislante?

El rostro de ella se encendió. De hecho, siempre llevaba consigo un rollo de cinta adhesiva y de cinta aislante, al igual que unas tijeras, dos agujas, una con hilo negro y la otra con hilo blanco, dos imperdibles, discos de velero…

– Es bueno estar preparada para una emergencia.

– ¿Con cuánta frecuencia tienes una emergencia? -quiso saber.

– De vez en cuando tengo que repasar un bajo.

El alzó la cara hacia el techo.

– Oh… santo cielo, es una crisis. Que echen a esa mujer de la reunión. Le cuelga el bajo.

– Si exhibes tu mejor aspecto, trabajas mejor -repuso ella, aunque a sus propios oídos sonó poco convincente.

– No necesariamente. Por ejemplo, tengo un aspecto estupendo -comenzó a ayudarla a sacar cosas del bolso de mano. Cuando se encontró con una caja que contenía exactamente doce aspirinas, la abrió, puso una en su mano y se la tomó sin agua-. Y ahora voy a trabajar mejor. ¡Eh! Aquí tienes la tarjeta de crédito -la extrajo de un bolsillo interior y la alzó con gesto de triunfo.

– Gracias -dijo, sintiéndose cansada-. Jamás la habría buscado allí. Ese es el bolsillo para mi agenda electrónica, no el de la tarjeta de crédito. No me extraña no haber podido encontrarla.

– Creo que funciona mejor cuando no sabes dónde está todo -comentó él mientras Mallory volvía a guardar las cosas-. De ese modo, cuando pierdes algo, sabes que tendrás que buscarlo por todas partes.

– Veo un defecto en tu razonamiento -musitó ella.

– Podemos discutirlo durante el desayuno. ¿Lista? Esta mañana voy a pedir tortitas. Tantos huevos me están dando demasiada energía.

«Yo conozco una manera estupenda en que podrías utilizarla».

– Ve a la sala de conferencias -dijo cuando llegaron a Angell y Angell-. Voy a hablar con Phoebe acerca de acelerar la presentación de las pruebas fotográficas.