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– Buena suerte -le deseó.

Dejó el maletín en el pasillo, justo al lado de la sala de conferencias, y fue hacia el despacho de Phoebe, donde oyó voces a través de la puerta entreabierta. En realidad, sólo una voz; la de ella.

– Hago lo que puedo, padre -decía-. Pero no me gusta. No es ético y… Lo sé -añadió tras escuchar largo rato. Sonaba vencida-. Sí, padre, lo sé. Dura y pragmática -recitó un momento más tarde-. Seguiré intentándolo, desde luego.

Mallory se alejó con sigilo. Alphonse Angell controlaba las decisiones de Phoebe desde Minneapolis. Se preguntó qué querría que hiciera su hija que ésta consideraba poco ético.

– ¿Aceptó? -preguntó Carter al verla regresar a la sala de conferencias.

– Hablaré con ella más tarde -respondió-. Estaba ocupada.

– Te acobardaste -los ojos le brillaron con expresión perversa.

– ¡No es verdad!

– Apuesto que sí.

– Si es así, que mis dientes se vuelvan verdes -juró-. Y ahora calla. Aquí viene nuestra testigo.

– Lo que no entiendo -dijo Maybelle- es por qué esa mujer no se hace blanquear los dientes.

– Lo que yo no entiendo -dijo la experta en maquillaje-, es por qué abrió la boca al máximo y echó la cabeza atrás en pleno proceso de teñirse el pelo.

Mallory contuvo un suspiro impaciente, más que nada para no soplarle en la cara a la experta. Maybelle había decretado que se reunieran en Bergdorf's a las siete, y Mallory casi había llegado bañada en lágrimas, queriendo contarle a Maybelle que, a pesar de la chaqueta roja, de los pantalones con los que apenas podía sentarse y de las coquetas botas, la noche anterior no había pasado nada. De hecho, lo primero que había hecho Carter cuando llegaron al hotel, había sido llamar a Brie para repetir la cita esa noche.

En realidad, había llorado un poco al quitar las etiquetas de la ropa nueva para colgarla… había llorado por Carter y por el dinero que había gastado. O no gastado, ya que aún no había llegado a pagar por los artículos. Y luego, para rematarlo, Carter había invitado a Phoebe Angell a comer.

– Quiero decir, esos tratamientos de blanqueado son increíbles -decía Maybelle. Convencí al presidente de que se sometiera a uno.

La experta en maquillaje se detuvo en seco con el lápiz para los labios.

– ¿El presidente?

No el nuestro -intervino Mallory, orgullosa de poder añadir algo a la conversación-. El presidente de una nación emergente que necesita cambiar de imagen para ser reelegido.

– Exacto -dijo Maybelle-. Desde luego, comprendo que esa mujer de la que hablas espere hasta después del juicio…

– No va a haber ningún juicio -intervino Mallory.

– Quédese quieta -pidió la maquilladora.

– Claro que no va a haber ningún juicio, pero supón que lo hubiera, ella querría esperar a que terminara, pero Kevin me ha dicho que la mujer afirma que es permanente.

– Tiene fundas -explicó Mallory con los labios cerrados-. Ése es el problema.

– Pero, ¿por qué abrió la boca y echó la cabeza atrás? -insistió la maquilladora.

– Porque -silbó Mallory a través de los dientes- se estaba tiñendo el pelo de rojo y…

– Ya puede abrir la boca.

– … tiñendo el pelo de rojo para el papel de Annie Ado en la obra teatral Oklahoma, y de repente tuvo ganas de ensayar la canción I Can't Say No.

– Gracias. Me siento mejor al saberlo.

– ¿Y qué pasa con las fundas? -Maybelle se ciñó al tema.

– Se pueden blanquear los dientes pero no las fundas de porcelana -explicó Mallory.

– Vaya. Desde luego, me alegro de que el presidente tenga todos sus dientes.

– Ya está -anunció la maquilladora-. Mírese.

Mallory tuvo que reconocer que los colores eran sutiles. Pero no le convencieron las pestañas.

– La gente pensará que son falsas -le susurró a Maybelle, ya que no quería herir los sentimientos de la experta.

Maybelle suspiró.

– Oh, cariño, casi eres un caso perdido. De verdad. Pero si piensas que me voy a rendir contigo, olvídalo. Vamos a dar con algo que te haga sentir sexy, eso es lo único que cuenta -pasó de amiga exasperada a consejera en una fracción de segundo-. No suelo meterme en temas freudianos, pero creo que en tu caso podría ser interesante saber de dónde sacaste la idea de lo que se supone que debe ser una mujer.

La dejó sorprendida. Lentamente, metió la mano en su voluminoso bolso y sacó el último libro de su madre. Lo extendió hacia Maybelle.

– Lea esto -dijo-. Nos ahorrará mucho tiempo.

– Santo cielo. ¿Quién lo escribió? -alejó el libro, en apariencia para verlo mejor.

– Mi madre.

– Eso debe de ser interesante. Gracias, cariño, lo leeré. Aquí tienes tu maquillaje -aunque Mallory no había visto que se intercambiara dinero ni tarjetas de crédito, la vendedora había presentado una bolsa llena de maquillaje, que Maybelle le entregó a ella-. Ve a casa y sorprende a ese hombre con tu nueva cara. Observa qué sucede. Volvamos a quedar aquí mañana por la noche. Parece que aquí nos va mejor que en la oficina. Quizá sea por el escritorio y tanto cuerno.

Y se marchó. Entonces, Mallory se volvió hacia la maquilladora.

– ¿No tengo que pagar por estas cosas?

– Oh, no. Ya está solucionado.

– No puedo dejar que vaya comprando cosas que tendré que pagar más adelante -dijo, perdiendo su natural necesidad de discreción por el pánico que la dominó-. No sé el precio de ningún artículo que he comprado en los dos últimos días. Podría estar en la bancarrota sin saberlo.

– Oh -la joven descartó la idea con un movimiento displicente de la mano-, no se preocupe por eso. Deje que Maybelle se divierta.

– No puedo evitar que me caiga bien -comentó Mallory con más desesperación-, pero hay un límite a la diversión que le puedo permitir.

La joven rió.

– Puede que acabe sin pagar por nada -afirmó.

– ¿Qué?

– No conoce a Maybelle, ¿verdad?

– Tiene muchos, muchos diplomas -anunció con tono sombrío.

– Y también muchas, muchas parcelas de tierra de Texas -explicó la experta-. Las heredó cuando murió su marido.

– ¿Qué tamaño tiene cada parcela?

– ¿Cómo voy a saberlo? -respondió la muchacha-. Pero son muchos acres, y algunos están justo a las afueras de la ciudad -la sonrisa se amplió, y en ese momento fue simplemente una joven bonita y agradable que era realmente buena con el maquillaje.

– ¿Qué ciudad?

– Dallas.

– Ahhh.

– Sí, y en las tierras que estaban en West Texas, donde Maybelle vivía, había mucho petróleo -rió entre dientes.

– Petróleo -soltó otro «ahhh».

– Hablo de un montón de petróleo. Maybelle decía que se volvió deprimente vivir con ese olor -la joven rió abiertamente-. Yo le dije que era la clase de depresión que no me importaría tener.

– Entonces… tiene cuenta aquí y acaba de…

– Las vendedoras reciben una pequeña sesión de orientación cuando empiezan a trabajar en Bergdorf's -explicó la joven-. Maybelle elige, nosotros lo sumamos y lo enviamos a contabilidad, contabilidad habla con el contable de ella y éste envía dinero. Todos felices.

Mallory se vio reducida a murmurar estupideces del tipo de «Ya veo», «Bmmm», «Ohhh». Le dio las gracias a la joven por la información y se preparaba para marcharse cuando la maquilladora dijo:

– Puse algunas instrucciones en la bolsa. No estoy segura de que prestara atención mientras le maquillaba la cara.

– Gracias dijo Mallory-. Tiene razón.

– No se preocupe. Si tiene algún problema, venga a verme. Yo puedo arreglar las cosas pequeñas, Maybelle puede arreglar las grandes.

– ¿De verdad lo cree?

La cara de la joven exhibió una expresión misteriosa.