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– No, Carter, no está bien -se volvió para mirarlo, y esbozó una sonrisa deslumbrante-. Tienes que estar cansado. Quizá sea hora de que nos acostemos.

«Oh, vaya, ¿de verdad lo crees? ¿No piensas que necesitamos conocernos un poco mejor? ¿Compartir primero unos besos? ¿Una o dos citas románticas? De acuerdo, si para ti está bien ahora, por mí no hay problema».

Con gran dificultad, logró salir de su sueño utópico. Mallory no había querido decir que se acostaran juntos. Menos mal que se había tomado unos segundos para reflexionar antes de hablar.

Ella se puso de pie.

– Desde luego, si quieres tomar una infusión primero, o un café… -avanzó hacia él. Y Carter retrocedió un paso de forma instintiva.

Su cabello brillaba a la luz de la lámpara. Parecía un poco revuelto, lo que le preocupó, ya que Mallory jamás lo tenía revuelto, aunque el lápiz de labios estaba perfecto, lo que lo tranquilizó.

– ¿Ha llamado Phoebe para informarnos de los testigos que irán mañana? -lo que de verdad quería saber era el tiempo que llevaba en casa.

– Acabas de perderte su llamada -respondió Mallory. Movía la boca de forma diferente, más despacio-. La supermamá McGregor Ross consiguió una canguro, de modo que vamos a disponer de nuestros dos testigos -la sonrisa que exhibía se ampliar-. Phoebe pareció decepcionada de no encontrarte aquí.

– En tu imaginación -repuso Carter. Aún no la había llamado al teléfono de su casa que le había dado, y durante el almuerzo ella le había mencionado la omisión.

Mallory se acercó un poco más.

– No es mi imaginación. Tienes algo.

Él tragó saliva y retrocedió otro paso. Pero ella avanzó. Repitieron esa coreografía un par de ocasiones hasta que se dio cuenta de que lo había hecho retroceder hasta la puerta de su dormitorio. ¿Qué pretendía ella?

Mallory lo miró directamente a los ojos. Entreabrió los labios.

– Mira arriba -pidió-. Te he atrapado bajo el muérdago.

– ¿Qué muér…? -soltó, pero la súbita presión de la boca de Mallory le cortó la palabra. No era más que un beso amistoso, una tradición navideña, entonces, ¿por qué se sintió tan acalorado?

La sintió jadear sobre su boca. Ésa era la señal que había estado esperando. La sangre pasó de temperatura ambiente a hervir en un segundo al experimentar la súbita visión de cómo sería Mallory en la cama. Tímida al principio, por una vez sin tomar la iniciativa, aunque tampoco fingiendo que era reacia, para estallar bajo su contacto en calor y llamas, en oro líquido vertiéndose sobre él con una intensidad ardiente.

El sudor rompió en su frente y las rodillas estuvieron a punto de cederle cuando la sangre se precipitó hacia su creciente erección. Apoyó una mano a cada lado de la cara e ella, la mantuvo quieta y se permitió besarla como había anhelado hacerlo, de una forma profunda, cálida y apasionada. Pero quería más, quería sentirla en sus brazos y por ello la rodeó y extendió las manos en la espalda de ella, aplastándole los pechos contra su torso. Luego bajó las manos a la cintura, empujando las deliciosas curvas contra la dura tensión de su cuerpo.

Ni siquiera eso fue suficiente. Quería aferrar ese pequeño trasero, apretarla más contra él, pero cuando las manos comenzaron a descender por la espalda de Mallory, una voz dijo: «¿Qué diablos estás haciendo?»

No fue la voz de Mallory, sino una voz dentro de su cabeza. Ella no había solicitado eso de él… sólo un beso inocente bajo el muérdago. A regañadientes, se obligó a soltarla.

Estaba acalorada, con la boca inflamada, los ojos entornados. Carter se preguntó si lo había imaginado o si de verdad los labios de ella se habían aferrado a los suyos hasta el último momento. Lo había imaginado. No encajaba con Mallory que no lo instara a parar.

– Vaya -murmuró ella con voz ronca-. Besa a Phoebe Angell de esa forma una vez y no tendremos ningún problema en convencerla de alcanzar un acuerdo.

Lenta, dolorosamente, dejó caer las manos a los lados. ¿Bromeaba o hablaba en serio? Retrocedió, alejándose del muérdago, de la mirada de esos ojos que en una ocasión había considerado fríos y que en ese momento veía como el interior de una sauna.

– No es así como quieres que solucione este caso, ¿verdad?

– No -repuso con expresión inescrutable.

– Bien, porque yo tampoco quiero solucionarlo así -entró en su habitación y cerró la puerta con un clic definitivo. Habría sido… infantil dar un portazo.

Mallory no podía dormir. Al final se levantó, se puso una práctica bata de viaje, que de pronto odió, y salió de puntillas al salón. Había una mezcla de chocolate caliente en la pequeña cocina. Se prepararía una taza para ver si así conseguía dormir.

Desde donde se hallaba, podía ver la puerta de Carter a través del arco del que colgaba el muérdago. No pudo resistirlo. Los pies se dirigieron hacia esa puerta. Con cuidado, apoyó la oreja contra la superficie. Desde dentro le llegó el ronquido suave que había imaginado en la fantasía con él, el ronquido que vibraría contra su piel desnuda. Un ronquido que la ayudaría a dormir.

El palpitar que sentía entre los muslos se hizo casi insoportable. Se apoyó en la puerta y dejó que ésta la mantuviera erguida mientras lo deseaba con una intensidad de la que no se creía capaz. La puerta se abrió y, con un chillido, cayó en el dormitorio.

La luz se encendió. Él se sentó en la cama y parpadeó con gesto somnoliento.

– ¿Mallory? -la miró con ojos apenas abiertos.

– Mmm, sí -se levantó del suelo-. Cielos, lo siento tanto. No podía dormir, así que fui a prepararme un chocolate caliente y…

«Está desnudo bajo las sábanas. Y su habitación es un caos».

– Y tropecé con la banqueta, ya sabes, la pequeña que hay delante del sillón de terciopelo beige -continuó, agrandando la mentira a medida que proseguía-. Temí haberte despertado, así que escuché detrás de la puerta para cerciorarme de que seguías dormido.

Pudo ver que él empezaba a despertarse. La miraba con expresión extraña, incluso mientras se subía la sábana por el pecho.

Probablemente fuera por su bata. No la hacía sentirse nada sexy.

– Entonces la puerta se abrió y me caí. Lo siento mucho, mucho, vuelve a dormirte porque no volverá a suceder.

Ya estaba. Había logrado salir viva. Después de volver a humillarse, huyó de la habitación, cerró la puerta y permaneció un momento fuera. De haber dejado pasar un minuto, se habría metido con él en la cama. O se habría puesto a ordenarle el cuarto.

Carter aún pensaba en lo sucedido mientras se duchaba al día siguiente y trataba de enfriarse. La había tenido a su alcance, y había tenido que luchar consigo mismo para no arrastrarla a la cama. Había estado preparado para ella, caliente, adormilado y drogado por un deseo que había ido creciendo tanto en su interior, que apenas te permitía mantener el control.

Pero no lo habría respetado por aprovecharse de ella. Habría lamentado haberlo despertado. Después de todo, el episodio se había debido a una casualidad.

Gruñó, salió de la ducha y se secó. Una casualidad más y no sabía cómo respondería. Tenía que hacer tantas cosas al mismo tiempo. Solucionar ese caso, impresionar a Mallory, hacerla desear hacer el amor con un hombre tan inteligente y con éxito como él.

Lo que tenía que hacer era lograr que lo considerara inteligente y con éxito, arreglara o no el caso. Se vistió deprisa. Luego fue al salón.

Como siempre, Mallory ya estaba allí, con un aspecto más nervioso que la mañana anterior, cuando no podía encontrar su tarjeta de crédito. Llevaba puesto el traje negro. La miró mejor. No era el traje negro de siempre, sino otro, completamente distinto. Hasta era posible que no llevara ningún top debajo, sólo la chaqueta ceñida y los pantalones ajustados.