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Era irresistible.

Pero debía resistir. Necesitaba distraerse. Miró en torno al salón.

– ¿Has perdido otra cosa?

– No, no, bueno, buscaba la tarjeta de una peluquería que me dio alguien, porque voy a necesitar un corte si nos quedamos mucho más tiempo o pareceré una reencarnación de los setenta, y quería estar preparada, ya sabes, pedir una cita para luego poder cancelarla si volvíamos a casa antes…

Arrojaba tarjetas profesionales como una loca. De pronto, las recogió todas y dijo:

– La verdad es que me siento muy abochornada por lo sucedido anoche. Me siento realmente estúpida.

Por una vez en la vida, Carter iba a comportarse como un verdadero caballero.

– ¿Qué pasó anoche? -preguntó, con la esperanza de exhibir una expresión desconcertada.

– ¿No lo recuerdas? -dejó de hurgar entre las tarjetas.

– Anoche. Claro que recuerdo anoche. Llegué, tú investigabas las fundas de porcelana en Internet, nos regalaron un árbol y me besaste bajo el muérdago.

Ella se ruborizó.

– Me dejé llevar por el espíritu navideño. Pero después de eso… ¿no recuerdas nada después de eso?

– Sí, hoy a las siete de la mañana.

Lo miró fijamente.

– Pero me hablaste.

– Siempre te hablo. ¿De qué me estás hablando?

– De nada -esbozó una sonrisa leve y bonita-. Creo que ya estamos listos para bajar a desayunar.

Aunque las pestañas no parecían tan largas como el día anterior, sí estaban mucho más largas que de costumbre y no quería empezar a obsesionarse con ellas o en lo que pudo haber pasado y no pasó, de modo que se situó detrás de ella y la guió hacia la puerta, sin permitirse mirarle el trasero en esa ocasión.

Casi habían salido cuando tuvo una ocurrencia. Sería una nimiedad, pero ayudaría a que la habitación se impregnara aún más del espíritu navideño. Después de todo, ella había comprado muérdago para recordar las fiestas.

– He olvidado una cosa dijo-. Ve delante y elige mesa. Bajaré en el siguiente ascensor -la empujó hacia el pasillo y cerró la puerta.

Tardó tres minutos en localizar lo que buscaba debajo del montón de ropa que se había puesto y quitado desde que habían llegado. Cinco minutos más tarde, el árbol de navidad exhibía un único adorno, el que había comprado en Bloomingdale's como su contribución a la fiesta de navidad que iba a celebrarse en su bufete. Era una bola de cristal enorme con líneas doradas y plateadas. Empequeñecía el árbol diminuto, pero le pareció que quedaba muy bonita. Esperó que Mallory la notara.

De camino al ascensor, vio una tarjeta en el suelo del pasillo. Se agachó para recogerla. Y como tuvo que esperar unos minutos a que llegara, la leyó.

M. Ewing. Creadora de Imagen.

¿Creadora de imagen?

Pensó en su imagen. En la imagen que quería cambiar.

Esa gente solía engañar.

Aunque algunos expertos no lo hacían. Importantes figuras públicas pagaban por los servicios de creadores de imagen.

Nunca sabría si esa persona era una impostora o no. No necesitaba que nadie lo ayudara. Sólo necesitaba…

O quizá sí. Tal vez necesitara ayuda. No estaría de más que guardara la tarjeta. Llegó el ascensor. Guardó la tarjeta en el bolsillo y bajó para desayunar con Mallory, y esa mañana pensaba volver a los huevos. Al cuerno su corazón. Necesitaba toda la energía que pudiera conseguir.

Capítulo 9

– ¿Las manchas verdes le produjeron alguna incomodidad al bebé?

– No, y no gracias a su tinte -resopló McGregor Ross-. Se lo lavé de inmediato y le pasé loción por el pecho.

Aquella mujer se había teñido el pelo con el producto defectuoso. Al mirarse en el espejo y ver que su pelo estaba verde había agitado las manos y dejado caer tinte en el pecho del bebé.

Carter jugó con la pluma entre los dedos. Pensó que podría ser una mujer bonita si no tuviera esa expresión de mal genio.

– ¿Cuánto tiempo persistieron las manchas?

– El tiempo suficiente para que se perdiera una audición importante, que podría haber lanzado su carrera de modelo.

– Pero ahora puede presentarse a las audiciones -Carter sonrió con gesto de ánimo.

– ¡Está creciendo! ¡Perdió seis meses cruciales de oportunidades!

– ¿Tuvo algún encargo en los meses anteriores al incidente del tinte?

– No, pero… -la señora Ross reaccionó como una gallina enfadada.

– ¿Tuvo algún encargo después de que desaparecieran las manchas verdes?

– Bueno, no, pero…

– Me opongo a esta línea de interrogatorio -intervino Phoebe.

Carter necesitaba un descanso… un descanso de la avariciosa señora Ross, un descanso de los ojos invitadores de Phoebe y del modo en que los contradecía con sus protestas y comentarios agudos, y por encima de todo, necesitaba un descanso de la presión que le producía tener a Mallory sentada al lado, tan cerca, que casi podía sentir cómo el calor de los cuerpos de ambos se combinaban en una reacción química explosiva.

La oportunidad le llegó en forma de llamada telefónica. Se excusó y siguió al pasante que le había llevado el mensaje, que lo guió a un despacho vacío.

– Carter. Bill Decker.

– Hola, Bill. ¿Qué sucede? -Mallory y él informaban al jefe tres veces al día, de modo que debía de haber tenido una idea lo bastante buena como para no poder esperar a que uno de los dos lo llamara.

– He estado pensando -se detuvo.

– Pensando… -empleó el mismo tono de impaciencia que con la señora Ross.

– Bueno, odio sacar el tema.

Carter controló su impaciencia.

– ¿Cómo os lleváis Phoebe Angell y tú?

– Bien, creo. ¿Se ha quejado de algo que haya dicho o hecho?

– No, no se apresuró a decir-. Bueno, sólo quiso saber qué clase de relación teníais Mallory y tú, lo que hizo que me preguntara…

En ese momento Carter simplemente esperó. Tenía el mal presentimiento de que sabía lo que se avecinaba.

– Le aseguré que Mallory y tú sólo erais compañeros. Quiero decir, Mallory es Mallory.

«Ya no». Apretó la pluma entre los dedos. Sin analizar las alternativas, Bill descartaba cualquier posibilidad de que pudiera sentir algún interés físico en Mallory.

– Mi relación con Mallory no es asunto de Phoebe -manifestó, sonando tan tenso como se sentía.

– Desde luego que no -se apresuró a corroborar Bill-, pero…

Carter suspiró.

– ¿Pero qué, Bill? Suéltalo.

– Me preguntaba si un poco de atención personal a Phoebe podía facilitar el camino, suavizar la atmósfera, recanalizar sus intereses. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?

«¿Cómo no entenderlo? Lo has explicado de tres maneras»

– ¿Por eso me asignaste el caso? -preguntó. Era directo y no lo idóneo para decirle al hombre que, en ese momento, era su jefe, pero tenía que saberlo-. ¿Quieres que me prostituya para sacar a Sensuous del apuro?

– Por supuesto que no -exclamó; luego continuó con suavidad-: Te quería en este caso porque estaba seguro de que podrías alcanzar un acuerdo… -titubeó- empleando todos los medios a tu disposición.

Sonó tan conmocionado, que le confirmó que ésa era precisamente la causa por la que le había dado el caso.

– Yo también tengo la certeza de que puedo alcanzar un acuerdo, Bill -afirmó, llegando a la conclusión de que la indignación no iba a aportarle nada-. Sin embargo, prefiero llevarlo de una forma más directa.

– ¿Se te ha ocurrido alguna idea directa? -preguntó Bill con sequedad.

– Mallory y yo estamos llenos de ideas -mintió-. Es sólo cuestión de elegir la que mejor funcione.

Concluyeron la llamada en términos amistosos, pero Carter no se sentía bien consigo mismo. Era la gota que colmaba el vaso. Durante los últimos cinco minutos, había estado jugando en el bolsillo con la tarjeta de los Creadores de Imagen y en ese momento la sacó. Necesitaba cambiar su imagen… no sólo para que Mallory lo valorara, sino para conseguir también su propia aprobación. Emplearía un nombre falso, pagaría en efectivo, nadie tendría que saber que el prometedor Carter Compton tenía, a la avanzada edad de veintinueve años, una crisis de seguridad.