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Se levantó del ordenador. La suite parecía vacía sin Carter. Sentía como si su vida hubiera estado vacía sin él, y que continuaría estándolo. Era un buen consejo el que le había dado a Macon. Ella tampoco lo sabría jamás hasta no intentarlo.

– Esta noche vamos a comprar ropa interior -le informó a Maybelle cuando se reunieron en la primera planta de Bergdorf's, en el departamento de joyería.

La miró a los ojos.

– Oh, cariño, esto empieza a sonar bien -entonó Maybelle-. Pensaba dejar lo de la ropa interior para más tarde, pero si te sientes preparada, adelante. ¿Hoy ha sucedido algo interesante?

Subieron por la escalera mecánica hacia lencería.

– Carter ha salido con alguien -dijo, sintiéndose desanimada-. No con Phoebe, y no mencionó ni a Athena ni a Brie, de modo que es un desafío nuevo. Explicó que había ido a que le hicieran una endodoncia. Quizá haya mentido, pero tenía un aspecto horrible al volver.

Maybelle soltó una carcajada.

– Hoy recibí a un hombre que actuó como si hablar conmigo fuera peor que una endodoncia -movió la cabeza.

– Hombres -dijo Mallory-. Odian abrirse, ¿verdad?

– Sí, son como ostras -los ojos le brillaron victoriosos-. Con sólo mirar a éste supe que curiosear en su vida no serviría de nada. Tuve que aplastarle la coraza con un mazo. Lo hice venir una segunda vez en el mismo día. Es un récord.

Mallory sintió una cierta simpatía por el sujeto.

– ¿Cuál era su problema, ya que no mencionamos nombres? -quiso saber.

– Oh, uno de los corrientes -indicó Maybelle-. Siempre se le han dado bien las mujeres, pero ahora quiere que lo miren de manera diferente. Si quieres saber mi opinión, está enamorado de una chica, pero todavía no lo sabe, y aunque lo supiera, no tendría ni idea de cómo decírselo.

Al llegar a lencería, Maybelle se perdió entre sedas, nylon, tonos pastel, negro y motivos de leopardo. Mientras daba vueltas y recogía cosas, charlando con otra vendedora obsequiosa, Mallory permanecía paralizada, contemplando un maniquí con un camisón y una bata de color rosa intenso. La bata era de estilo kimono, con mangas amplias y un cinturón. Era corta, y el camisón aún más corto, con rebordes de encaje y unas sencillas tiras finas en los hombros. Maybelle pasó de camino a un probador.

– Quiero esto -anunció Mallory.

Maybelle se detuvo en seco.

– Es muy bonito -se dirigió a la vendedora-. Tráele un juego para que se lo pruebe, ¿quieres, cariño?

En el vestidor, tuvo una sensación con el camisón, y se intensificó cuando se lo puso. Debajo estaba desnuda y le rozaba el cuerpo como una caricia. Se movió con placer. El palpitar familiar del deseo se intensificó hasta que creyó que las rodillas le cederían. Si Carter hubiera estado con ella en el vestidor…

Se probó la bata. La cruzó sobre los pechos y la sujetó con el cinturón, luego vio cómo empezaba a separarse por la parte frontal, seda contra seda. Durante un momento, se apoyó en la pared del vestidor.

– ¿Va todo bien? -quiso saber Maybelle.

– Sí -susurró.

– ¿Eh?

– Al fin he descubierto lo que quiere decir -dijo con sonoridad suficiente para atravesar la puerta-. Me siento sexy.

– Sea lo que sea lo que tenga puesto -le susurró Maybelle a la vendedora-, nos lo llevaremos -luego la voz llegó con debilidad a través de la puerta -cerrada-. Ahora que lo sientes, cariño, ¿qué vas a hacer al respecto?

Se parecía mucho a lo que debería ser una confesión. En el anonimato del vestidor, hablando en voz baja a través de la puerta, le contó a Maybelle exactamente lo que pretendía hacer.

Entró en su habitación con su nueva ropa interior, luego salió de puntillas otra vez. No pudo evitarlo, tenía que colgar su abrigo. De pronto muerta de hambre, regresó al dormitorio y llamó al servicio de habitaciones.

– ¿La subimos su cena con la del señor Compton? -preguntó la voz que contestó el teléfono.

Tuvo ganas de preguntar si era sólo una cena o dos, pero no podía hacerlo. Pensó un minuto.

– No, suba la suya cuando esté lista.

Desde su dormitorio, oyó el timbre, luego a Carter salir de puntillas para recibir su cena. Mallory tenía la oreja pegada a la puerta. De modo que, cuando el timbre volvió a sonar treinta minutos después, fue ella quien salió de puntillas y condujo al camarero con el carrito hacia su habitación. Cuando el camarero abandonó su cuarto, oyó a Carter salir con sigilo para entregarle la bandeja vacía.

Sintió que la tensión crecía. Cuando hiciera lo que tenía intención de hacer, tal vez lo sorprendiera. Su plan era lo que se podía llamar una emboscada, muy poco deportivo, pero altamente eficaz.

La noche siguió su curso. Al terminar de cenar, fue otra vez de puntillas a depositar la bandeja fuera de la puerta de la suite. Desde la habitación de Carter llegaban los sonidos apagados de una película de acción: ¡Bam! ¡Bang! ¡Crash! A continuación, se dio un baño de espuma. Se lavó el pelo, se lo secó hasta dejarlo como una cascada de seda, se maquilló otra vez y luego puso una película romántica.

Cuando ya no pudo soportarlo más, se acercó con sigilo hasta la puerta de Carter. Estaba dormido. El ronquido suave era una señal inconfundible.

Había llegado la hora.

Como si fuera una campaña de guerra, volvió a comprobar sus municiones. El maquillaje, ni poco ni mucho, el pelo, el camisón y la bata rosados, las uñas de las manos y de los pies.

«Deja de titubear. De acuerdo, primero puedes ponerte un poco de perfume».

Se dijo que quizá empezaba demasiado pronto.

«¡Cruza ese condenado pasillo!»

Avanzó por el salón, se situó en el exterior de la puerta de Carter…

Había olvidado los papeles que se suponía que tenía que agitar ante su cara.

Volvió a atravesar el salón. Recogió los papeles. Regresó a la puerta de Carter. «Basta de tonterías. Adelante».

Abrió la puerta con un ruido ensordecedor.

– ¡Carter, se me ha ocurrido algo! -anunció-. Despierta. Tengo que hablar contigo ahora, mientras sigue fresco en mi mente -había llegado junto a la cama, donde él se debatía, tratando de sentarse. Se dejó caer en el borde y subió una rodilla hasta que lo tocó.

– ¿Es por la mañana? -graznó él.

– Todavía no. Esto es demasiado importante para esperar hasta la mañana.

El acto de separar las piernas de esa manera, sintiendo que la bata se abría y que el aire fresco de la habitación penetraba entre sus muslos mientras en todo momento permanecía tan cerca de la masculinidad abrumadora de Carter, empezaba a surtir un efecto sorprendente en ella. Dejó los papeles del otro lado, lo que le brindó la excusa de inclinarse sobre él y rozarle el torso con los pechos. É1 daba la impresión de tratar de cubrirse más, pero la posición que mantenía ella se lo imposibilitaba.

– ¿Puedes despertar lo bastante como para escuchar?

Estaba tan despierto como nunca lo había estado en la vida. Quizá no tuviera los ojos plenamente abiertos, pero debajo del edredón todo cobraba vida. En la luz que entraba por el umbral, podía ver con bastante claridad como para reaccionar a la suavidad de la escueta bata que llevaba puesta. La rodilla de ella le empujaba el muslo y la bata se abría, proporcionándole un vistazo de sus pechos, suaves, cremosos, como la copa de un helado que suplicara que la lamieran.

Bajo la bata llevaba un camisón, pero no ocultaba nada. Sus manos anhelaban deslizarse por la abertura de la bata, coronarle los pechos, llevarlos a la boca uno por vez, descubrir y explorar los pezones. Quería hacerla gritar de placer y que le suplicara más.

Su erección, súbita y poderosa, palpitaba con insistencia.

– Hay un punto en común que aparece en todas las declaraciones -dijo ella, pero sus sentidos se pusieron en alerta cuando se acercó más, se inclinó más y apoyó la mano en el pecho de él con los dedos abiertos.