El aroma de su perfume le invadió el olfato, no abrumador pero sí fascinante, algo rico, misterioso y sugestivo. El resplandor de su cabello, el centelleo de sus ojos… proyectaban un hechizo sobre él.
Mallory también lo sintió. Lo notó por el modo en que su voz salió lenta, densa, hasta que sonó como miel espesa.
– Todos quieren algo -afirmó, pero tenía los ojos clavados en su cara.
Dios, cuánto deseaba bajarla sobre él y tomarle la boca con tanto ardor y pasión que hiciera que ella deseara que la tomara toda con igual intensidad.
– Todo el mundo quiere algo -logró decir él con voz ronca.
Estaba desesperado por manifestarle lo que él quería. No, por demostrárselo, con la boca, con la lengua, con las manos, con el pene que le palpitaba dolorosamente por el anhelo de estar dentro de ella.
Pero eso era más de lo que podía esperar.
– Sí -corroboró Mallory-, y lo interesante de estos testigos es que todos ellos quieren lo mismo. Quieren… quieren…
A Carter se le paralizó el corazón cuando la boca de ella se acercó más y más, hasta que de pronto la tuvo allí, con los labios pegados a los suyos. La rodeó con los brazos y le recorrió el cuerpo largo, esbelto y dulce. Luego, al final, con un gemido que vibró por todo su ser, ella extendió las piernas sedosas e interminables y las situó encima, estirándolas sobre toda la extensión de su cuerpo.
Mallory ya se encontraba en un estado de semejante éxtasis, que no supo cómo podría soportar más. Él era todo dureza masculina, la lengua se mezclaba con la suya, las manos le aferraban los glúteos y la moldeaban contra la parte de él que estaba más firme y era más exigente… En una agonía de deseo suspendido, separó los muslos y los cuerpos se fundieron, calor y humedad, e instintivamente se movió sobre él, paladeando el poder de Carter mientras ella buscaba la liberación que con tanta desesperación necesitaba.
La besó con una pasión que no requería palabras ni explicaciones. El torso estaba pegado a sus pechos y Mallory frotaba los pezones contra el vello rizado, enloquecida por el placer que le brindaba, disolviéndose en un torrente de fuego líquido.
– No podemos hacer esto -intentó apartarla.
Ella supo que tanto su corazón como su cuerpo no compartían sus palabras.
– Sí que podemos -le susurró al oído con absoluta determinación-. Lo estamos haciendo.
– No, no, no deberíamos… oh, Dios -musitó cuando ella le introdujo la lengua entre los labios para apoderarse otra vez de su boca.
– ¿Por qué no deberíamos? -le mordisqueó la mandíbula.
– Porque tú realmente no quieres -jadeó a medida que los labios llegaban a su cuello-. Es sólo el momento. Es la noche y la navidad y la tensión del caso…
Sin aliento, se encontró tendida al lado de él. Era agradable, pero no donde quería estar.
– ¿Y qué tiene de malo eso? -preguntó, la voz tan ronca por el deseo, que apenas podía hablar.
– Oh, Mallory -musitó-. Nada, excepto… por la mañana vas a respetarme incluso menos.
Antes de que pudiera organizar su mente para preguntarle qué quería decir con esa declaración, Carter la rodeó rápidamente con el brazo y le tomó la boca.
Habían pasado el punto de no retorno.
Capítulo 10
«De modo que esto es el éxtasis». Derrumbada en sus brazos, hormigueando todavía por los espasmos que la habían sacudido minutos antes, quiso pellizcarse para asegurarse de que no se trataba de un sueño nacido de sus sueños más profundos. Nunca le había pasado algo así. Unas relaciones breves e insatisfactorias que habían terminado de mutuo acuerdo y con igual alivio, pero en ningún momento se había sentido de esa manera. Se había jurado sentir eso con Carter, y al fin sucedía. Debía de haberse estado reservando para él todos esos años.
Se acurrucó contra su hombro y le besó el cuello. Él le había estado mordisqueando el lóbulo de la oreja y en ese momento deslizó su boca hacia la mejilla de ella, para llenarla de besos hasta el mentón. Después de desnudarla, le besó los pechos y le mordisqueó los pezones. Se retorció contra él, sorprendida de sentir que el calor palpitante volvía a crecer. Había otra cosa que quería, algo con lo que había fantaseado. Seguro que a él no le importaría.
El cuerpo sudoroso se deslizó por el de él hasta que se situó a horcajadas y pudo sentir la deliciosa dureza presionando la parte más sensible de su cuerpo. Con un sonido bajo de sorpresa, Carter se acomodó debajo de ella, le coronó los glúteos con las manos y la movió con gentileza, bajándola más con cada oscilación de un modo que la iba a volver loca como no se moviera con fuerza y velocidad. Comenzó a mecerse contra él al tiempo que la palpitación crecía y se hacía más fuerte. Él se adaptó al ritmo y la instó a continuar, y cuando los espasmos volvieron a consumirla, Mallory gritó:
– ¡Dentro de mí! Te quiero dentro de mí ahora -sabía que era lo único que le hacía falta para sentirse completa.
– Sshhh -susurró él-. En un minuto, en un minuto…
– Oh, oh… -los temblores la recorrían como un terremoto, fragmentándola con su poder-. Ahora, por favor, ahora -gimió.
De algún modo, él estaba protegido y lo tuvo donde quería tenerlo, encima de ella, tomando el control, penetrándola. Jadeó ante el calor y la dureza de Carter y éste al principio la poseyó con suavidad. Luego, dominado por su propia necesidad, la embistió mientras ella se arqueaba a su encuentro, sintiendo la urgencia desesperada y suplicándole que compartiera su placer, hasta que al final, con un grito, la penetró una última vez y juntos se desplomaron en los profundos y palpitantes estremecimientos de la liberación.
Después, se aferró a ella, deslizándose a un costado, pero sin dejarla ir, sin dejar que se sintiera sola, y ella permaneció en sus brazos, jadeante en el aire fresco de la noche.
– ¿Lo lamentas? -susurró Mallory con voz extenuada.
– No -le mordisqueó el lóbulo de la oreja con suavidad-. ¿Y tú?
– Uh, uh. Ha sido agradable.
– Agradable. ¿Agradable?
Sintió la sonrisa de Carter contra su mejilla.
– Extremadamente agradable.
– Estoy seguro de que puedo mejorar eso -con las manos inició una lenta y enloquecedora exploración de su cuerpo. La noche no había hecho más que empezar.
Si eso era todo lo que podría tener de él, atesoraría esa única noche. Ella había provocado que tuviera lugar en un acto de atrevimiento del que nunca había soñado ser capaz, y lo mantendría para siempre en su corazón, aunque no pudiera tener a Carter para siempre en sus brazos.
– Vaya, prácticamente hemos destruido todo -Carter se sentó en la cama y contempló el caos del dormitorio con aparente satisfacción.
Todavía dormida a medias y tumbada boca abajo, Mallory pasó la mano por la alfombra y recogió varias piezas de celofán que él había tirado con descuido en dirección a la papelera. De hecho, algunas habían aterrizado dentro.
– Admiro tu aplomo -manifestó antes de bostezar-. Me refiero a que recordaras los preservativos cuando decidimos cambiar de dormitorio.
– Tú no eres la única que está preparada.
– No pienso entregarte la medalla de oro -indicó ella-, pero te subiré un poco la nota -aún tenía puesto el reloj y lo miró, sorprendida de que hubiera sobrevivido a las acrobacias de la noche-. Menos mal que es sábado.
– Sí. De lo contrario, estaríamos metidos en serios problemas -Mallory sintió que le pasaba los brazos por debajo del cuerpo y que le daba la vuelta-. Ha llegado el momento de la verdad -le recorrió el cuerpo con la vista.
– Ja -se burló, asombrada de lo descarada que se sentía-. Tú pierdes.
El le pasó los dedos por el vello púbico, que era de un rubio claro, e hizo que se moviera inquieta bajo las sábanas.