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– Yo no lo llamaría perder -suspiró con pesar-. No estoy seguro de poder continuar hasta no haber desayunado y tomado una ducha.

– No pasa nada -aseguró ella-, aunque no era lo que había esperado de ti, pero… Carter, no te atrevas. Para ya. Sólo bromeaba. Necesitamos café. Ducharnos. Desayunar. Quiero cepillarme los dientes… Carter…

Su cita con Maybelle era a las cuatro de esa tarde, y ésta le había anunciado que tomarían el té en el Salón de Té de Lady Mendl, en Gramercy Park. Tomar el té en una tarde invernal sonaba maravilloso. Tenía que pensar en una razón plausible para separarse de Carter… y al fin la había encontrado.

– Esta tarde tengo una cita para que me arreglen las puntas del pelo -le dijo mientras almorzaban una sopa de pescado y quiche de cangrejo en la mesa redonda del salón-. Puede que esté ausente un par de horas. Necesito algunas cosas, pantys… -calló y se preguntó si era imaginación suya o por la cara de Carter había pasado una expresión de alivio. Tampoco podía culparlo. Ella misma se sentía exhausta. Y hambrienta. Rara vez tomaba más de una ensalada en las comidas, pero atacaba el cangrejo como si llevara días sin comer.

– A mí tampoco me vendría mal un corte de pelo, aparte de que me he quedado sin crema de afeitar.

– No me he dado cuenta -le dedicó una sonrisa íntima.

– Te habrías dado cuenta mañana.

De modo que aún no estaba aburrido. Eso era bueno.

– De acuerdo, entonces, podemos irnos a…

– Me gustaría irme a las dos y media -la interrumpió-. Puede que llegue al final del partido de fútbol si me voy pronto.

– Yo me quedaré un rato más y ordenaré mi ropa para la semana próxima. Volveré a eso de las cinco y media.

Lo miró y notó que él parecía mirarla de la misma manera, del modo en que las personas se observan cuando no han contado toda la verdad.

La mentira de ella, desde luego, era perfectamente inocente. Compraría unos pantys en Saks y, antes de ir a tomar el té, se metería en una de las innumerables peluquerías de Nueva York para que le retocaran las puntas. Lo único que hacía era no mencionar su cita con Maybelle, eso era todo. Tenía la impresión de que el plan de Carter no era tan inocente.

Quizá tenía que despedirse de alguien. Para siempre.

Quizá tenía que calmar a alguien hasta que se aburriera de ella.

Quizá necesitaba un corte de pelo y crema de afeitar, pero para ella su pelo estaba bien. Y allí donde su cara la había tocado, lo había sentido maravillosamente suave. Tembló.

– Lo que pienso, Jack -le dijo Maybelle-, es que te has enamorado de alguien y que te da miedo no ser lo bastante bueno para ella.

– No lo sé… enamorarse puede ser una palabra excesiva. O tal vez no. Desde luego, me ha obsesionado. En cuanto a lo de no ser demasiado bueno, no se, quizá sea lo bastante bueno, pero no lo bastante inteligente. O tal vez sí lo sea. Lo que pasa es que no consigo que nadie me vea de esa manera -se sentía aturdido de tanto desayuno, tanto almuerzo, tanta excitación, poco sueño e insuficiente información acerca de dónde diablos tenía que ir Mallory esa tarde. Había mostrado algo evasivo en el modo en que había mencionado su corte de pelo.

Por supuesto, tampoco él había dicho la verdad, pero sabía sobre qué mentía y era perfectamente inocente.

– Bueno, háblame de tu chica -pidió Maybelle-. De cómo os conocisteis. Quizá algo haga clic en mi cabeza.

– La conozco desde hace mucho tiempo. Fuimos juntos a la facultad de Derecho.

– ¿Los dos sois abogados?

– Sí.

– Es una coincidencia -musitó Maybelle, más para sí misma que para él.

– En realidad, no -indicó Carter-. La gente se conoce en la facultad. Es lo que nos pasó a nosotros. Estudiamos juntos.

– ¿Estudiasteis juntos? ¿Nada más?

– No.

– ¿No la considerabas bonita?

– Sí, me parecía muy bonita.

– Pero no era sexy.

– No se comportaba de forma, mmm, accesible -reconoció Carter.

– De acuerdo, os conocíais desde hacía tiempo, pero no había ocurrido nada y de pronto quieres hacer algo. ¿Qué ha cambiado?

– Ella -soltó-. Quiero decir, más o menos.

– ¿Qué cambió? ¿Su pelo? ¿Su ropa?

– Su pelo no -respondió con rapidez-. Más le vale no cambiarlo. Su pelo… -empezaba a excitarse con sólo pensar en su condenado pelo-. Es como maíz de seda, pero incluso de un tono más claro -concluyó.

La expresión de Maybelle cambió. Fue un cambio infinitesimal, pero Carter había pasado demasiado tiempo en los tribunales como para no notar los matices en las caras de las personas. La estudió con detenimiento.

– ¿Te han dicho alguna vez que tienes alma de poeta? -fue lo que dijo ella.

– No.

– De modo que ella no cambió su pelo. ¿Qué me dices de su ropa?

– Siempre tuvo un aspecto agradable -jugó con la pluma entre los dedos-. Lo que pasa es que su ropa no te hacía pensar que debajo había un cuerpo.

– ¿Y ahora sí?

Carter frunció el ceño.

– Bueno, después de que le ensuciara el traje negro… -Maybelle se sobresaltó de forma visible-. ¿Estás bien?

– Sólo una punzada de la artritis, cariño. Continúa. ¿Cómo le ensuciaste el traje?

– Le eché mostaza encima. Luego apareció con esa chaqueta roja… -calló porque Maybelle había tirado al aire su taza de café.

– Oh, diablos -dijo, sonando realmente nerviosa-. ¡Dickie! -chilló-. Ven y tráeme unas toallas de papel.

Sí, estaba loco. Se enfrentaba al momento más importante de su vida, y se ponía en manos de una chiflada declarada.

Ahí demostraba lo inteligente que era. ¡Recurriendo a alguien que había descubierto al recoger una tarjeta en el pasillo del hotel! Si Mallory lo supiera, podría despedirse de cualquier posibilidad de ganarse su respeto.

Maybelle jamás llegaba tarde, de modo que Mallory notó cuando esa vez lo hizo. Llegó como un viento huracanado, con un abrigo que parecía compuesto por trozos de arco iris.

– Lo siento, cariño -dijo mientras, prescindía de la encargada del guardarropa y usaba el respaldo de su sillón para dejar el abrigo, cuyas mangas alcanzaron el suelo- Qué día he tenido.

– Lamento oírlo. ¿Algún problema personal o se trata de uno de sus clientes? -la sorprendió ver que apretaba los labios.

– No voy a decir ni una palabra de ninguno de mis clientes. Dickie siempre comenta que tengo la lengua suelta. Pensaba que si no mencionaba nombres… quiero decir, no es mi intención causarle ningún perjuicio a nadie, pero son todos tan interesantes… Pero ya no, voy a ser recta -frunció el ceño para indicar que hablaba en serio, y su rostro se colapsó en un millón de arrugas finas.

– Percibo que ha sucedido algo que te ha hecho sentirte de esta manera -comentó Mallory.

– Aún no ha sucedido -afirmó Maybelle con tono sombrío-, pero podría. Y ahora, cariño, te toca a ti. ¿Funcionó anoche tu plan?

Mallory asintió.

– Avanzamos -fue lo único que dijo, ya que no pretendía hablar de su vida sexual con nadie. Además, su vida sexual había sido tan escasa, que ya había adquirido la costumbre.

– Bueno, eso está bien -Maybelle la estudió-. ¿Crees que todo se ha debido a la ropa y a los zapatos, a todo ese maquillaje?

– ¿Qué otra cosa podría haber sido? -contrarrestó, desconcertada por la pregunta.

– Podrías haber sido tú, que al fin has tenido la oportunidad de estar con el hombre que siempre has querido -comentó con nostalgia.

Mallory contuvo el aliento. Maybelle se había aproximado demasiado a la verdad.

– Y por el modo en que lo hiciste, finalmente te has desviado.

– Has estado leyendo el libro de mi madre.

– Todas y cada una de sus palabras.

– ¿Qué te ha parecido?

Maybelle suspiró.

– Tenías razón, cariño. Que lo leyera nos ha ahorrado un montón de tiempo. Tu madre y tu padre te hicieron tal como eres, una persona muy dulce, pero tienes mezcladas tus prioridades.