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– Mañana compraremos algunos.

– Yo los compraré. Tú compraste la luz.

– ¿Crees que podremos cargarlos a nuestras cuentas de gastos?

– No.

– Me temía que dirías eso.

– Y tú también lo habrías dicho.

Tenía razón. Jamás engañaría en una cuenta de gastos. Pero, ¿cómo lo sabía ella?

– Deberíamos llamar a Bill antes de salir esta mañana -dijo Mallory el lunes. Llevaba puesta una de esas faldas largas con la chaqueta que hacía juego con sus ojos.

Carter se encendió al recordar el top revelador que había lucido debajo de esa chaqueta la semana anterior. Esa noche, cuando llegaran a casa, le quitaría la chaqueta con rapidez para explorarla debajo del top. Gruñó.

– ¿Qué te parece?

– Ah. Sí. Llamar a Bill. Podemos comentarle tu idea, ver si piensa que podemos hacer algo con ella.

Pero media hora más tarde, Mallory dijo:

– No sonó especialmente entusiasmado, ¿verdad?

– No tiene tu imaginación. Yo sigo añadiendo esa pregunta a mi interrogatorio… «¿Qué es lo que quiere de verdad?»

– Eres muy brillante interrogando a los testigos. Eres educado, pero no cedes un ápice. La verdad es que estoy impresionada.

– Gracias -aquel comentario le había sonado a música celestial-. Podemos ver si emerge algún patrón, algo con lo que podamos trabajar.

Lo que no podía decirle a Mallory era que Bill tenía su propia idea para solucionar el caso, a saber, que aceptara una de las no tan sutiles sugerencias de Phoebe de que fueran a cenar y vieran alguna película en la tele. En casa de ella.

Aquella segunda semana de interrogatorios, ella intensificó su persecución. Lo único que tenía que hacer Mallory era solicitar un descanso para ir al tocador entre sesiones con los testigos, y Phoebe reanudaba el caso de ambos en un abrir y cerrar de ojos.

– El que seamos oponentes profesionales -solía concluir- no significa que no podamos ser amigos personales.

Él aducía estar ocupado, tener concertada ya una cita o simple cansancio, lo que era verdad. Porque vivía para las noches, cuando Mallory y él podían olvidarse de sus fachadas distantes del día y entregarse al fuego devorador de sus actividades sexuales.

El viernes por la noche, después de otra semana larga de interrogar a los testigos, Mallory extrajo una copia de las transcripciones de la estenógrafa y sugirió que empezaran a repasarlas en busca de pistas sobre los deseos especiales de cada testigo.

Carter tenía otras ideas sobre cómo podían pasar el tiempo, que compartió libremente con ella.

– Podemos trabajar en la cama -sugirió Mallory con una caída de ojos.

– Oh, de acuerdo -cedió él.

Pero ella se centró exclusivamente en el trabajo. De forma metódica, leyeron las transcripciones y subrayaron las respuestas de los testigos que podrían indicar sus deseos más profundos. En el portátil, Mallory escribió los nombres de los testigos, la página en la que aparecía la respuesta y un breve resumen de ésta.

– ¿Tienes que ser tan organizada? -se quejó él.

– Sí -respondió.

– De acuerdo -se encogió de hombros. Fuera lo que fuere lo que necesitara ella para ser feliz, creía poder sobrellevarlo. Volvió al trabajo con su rotulador verde.

Una hora más tarde, ya habían reunido la siguiente información:

Kevin Knightson: Un buen papel en una producción, de teatro o de cine.

Tammy Sue Teezer: Quiero salir en un anuncio.y ganar toneladas de dinero y comprarme una casa en el campo y un perro grande.

McGregor Ross: Quiero que todo el mundo sepa que tengo el bebé más hermoso que jamás haya nacido.

Compton: (Inaudible)

Trent: (Inaudible)

– No tenías que copiar toda la conversación -volvió a quejarse él, porque en realidad ya tenía ganas de pasar a las Fases Dos, Tres, Cuatro y quizá Cinco de la noche.

– Era demasiado graciosa como para no hacerlo -Mallory frunció los bonitos labios rosados.

Trabajaron un rato más.

– Todos tienen en común el mundo del espectáculo, Carter -observó ella.

– Y es una suposición bastante lógica -indicó él-. La gente que se tiñe el pelo de color rojo zanahoria, o lo intenta -añadió con una mueca-, tiene un objetivo.

– Trata de llamar la atención -acordó Mallory.

– Haciendo algo tan diferente que capte la atención de los demás.

Ella suspiró.

– Me parece que vamos a tener que montar un espectáculo en el granero de papá.

– ¿De qué estás hablando?

– ¿Nunca has visto esas viejas películas en blanco y negro con Judy Garland y Mickey Rooney?

– ¿Esas en que Judy y Mickey montan un espectáculo para recaudar dinero para la escuela o la orquesta?

– Sí, las mismas.

– No, jamás las vi.

Ella le dio un golpe en el brazo. Pero Carter se adelantó, se la atrapó, se la abrió, se llevó el dedo índice a la boca y lo rodeó con la lengua.

– Consultémoslo con la almohada -indicó ella con voz somnolienta.

– O no -la miró fijamente-. Por favor, ¿quieres deshacerte de ese portátil?

– Encantada.

Capítulo 11

Carter entró en el despacho de Maybelle el martes por la noche y la descubrió repasando lo que parecía ser un catálogo de universidades.

– Hola, Jack -saludó, guardando el catálogo con celeridad en un cajón.

El miró el conjunto impresionante de diplomas, tardó un segundo en especular si estaría pensando en añadir otra experiencia académica, luego se sentó y comenzó a hablar. Lo primero que mencionó fue la idea de Mallory de determinar lo que quería cada demandante para tratar de conseguírselo como un modo de solucionar el caso.

– Parece una mujer verdaderamente brillante -afirmó Maybelle.

Exhibía esa expresión peculiar que él ya le había notado varias veces. Pero había renunciado a tratar de descifrar su significado.

– Lo es -convino-. Y creo que empieza a pensar que yo también soy bastante brillante -bajó la cabeza.

– ¿Qué ha dicho? -Maybelle sonó encantada.

Carter parafraseó el cumplido de ella acerca de lo bien que manejaba el interrogatorio de los testigos. No quería sonar como si alardeara.

– ¡Hurra! -exclamó ella-. ¡Querías hacer ese pequeño cambio en tu imagen y lo has conseguido! -por su cara pasó una expresión de alivio-. Ya no me necesitas más.

– Sí que te necesito.

Ella hizo un gesto de cansancio. Con el ceño fruncido, Carter pensó si sus problemas serían tan aburridos.

– Mi jefe sigue siendo un problema -desde el principio, había tenido cuidado de no mencionar nombres-. Prácticamente me pidió que sedujera a la oposición si quería solucionar este caso lejos de los tribunales.

– ¿Hombre o mujer?

– Mujer.

– En todo caso, eso es un plus -cuando él la miró con ojos centelleantes, ella preguntó-: ¿Quieres seducir a la dama?

– No.

– Entonces, no lo hagas.

– No pretendo hacerlo.

– Bien. Ya hemos aclarado eso -Maybelle pareció satisfecha.

– No hemos aclarado nada -Carter sintió que enrojecía-. La cuestión es que prácticamente me pidió que le hiciera el amor a la abogada de la oposición. Es poco ético y profesional.

– Inverosímil.

– Mucho.

– Supongo que porque estás cautivado por esa otra chica.

– No, sólo porque es poco ético y profesional.

Maybelle bufó y él cruzó los brazos.

– Me da la impresión de que estás más interesada en ella que en mí.

– ¿Qué ella?

– En la mujer por la que… tengo ciertos sentimientos… aunque decir que estoy «cautivado» es ir demasiado lejos. Creo que buscas una respuesta fácil a mi problema.

También ella lo imitó y cruzó los brazos.

– Quizá es porque tu problema tiene una respuesta fácil. Abre los ojos, y de paso la boca. Ve a casa y piensa en ello.